sábado, 22 de julio de 2017

El profesor suplente [Cuento - Texto completo.]


Autor : Julio Ramón Ribeyro

Hacia el atardecer, cuando Matías y su mujer sorbían un triste té y se quejaban de la miseria de la clase media, de la necesidad de tener que andar siempre con la camisa limpia, del precio de los transportes, de los aumentos de la ley, en fin, de lo que hablan a la hora del crepúsculo los matrimonios pobres, se escucharon en la puerta unos golpes estrepitosos y cuando la abrieron irrumpió el doctor Valencia, bastón en mano, sofocado por el cuello duro.
-¡Mi querido Matías! ¡Vengo a darte una gran noticia! De ahora en adelante serás profesor. No me digas que no… ¡espera! Como tengo que ausentarme unos meses del país, he decidido dejarte mis clases de historia en el colegio. No se trata de un gran puesto y los emolumentos no son grandiosos pero es una magnífica ocasión para iniciarte en la enseñanza. Con el tiempo podrás conseguir otras horas de clase, se te abrirán las puertas de otros colegios, quién sabe si podrás llegar a la Universidad… eso depende de ti. Yo siempre te he tenido una gran confianza. Es injusto que un hombre de tu calidad, un hombre ilustrado, que ha cursado estudios superiores, tenga que ganarse la vida como cobrador… No señor, eso no está bien, soy el primero en reconocerlo. Tu puesto está en el magisterio… No lo pienses dos veces. En el acto llamo al director para decirle que ya he encontrado un reemplazo. No hay tiempo que perder, un taxi me espera en la puerta… ¡Y abrázame, Matías, dime que soy tu amigo!
Antes de que Matías tuviera tiempo de emitir su opinión, el doctor Valencia había llamado al colegio, había hablado con el director, había abrazado por cuarta vez a su amigo y había partido como un celaje, sin quitarse siquiera el sombrero.
Durante unos minutos, Matías quedó pensativo, acariciando esa bella calva que hacía las delicias de los niños y el terror de las amas de casa. Con un gesto enérgico, impidió que su mujer intercala un comentario y, silenciosamente, se acercó al aparador, se sirvió del oporto reservado a las visitas y lo paladeó sin prisa, luego de haberlo observado contra luz de la farola.
-Todo esto no me sorprende -dijo al fin-. Un hombre de mi calidad no podía quedar sepultado en el olvido.

Después de la cena se encerró en el comedor, se hizo llevar una cafetera, desempolvó sus viejos textos de estudio y ordenó a su mujer que nadie lo interrumpiera, ni siquiera Baltazar y Luciano, sus colegas del trabajo, con quienes acostumbraba reunirse por las noches para jugar a las cartas y hacer chistes procaces contra sus patrones de la oficina.
A las diez de la mañana, Matías abandonaba su departamento, la lección inaugural bien aprendida, rechazando con un poco de impaciencia la solicitud de su mujer, quien lo seguía por el corredor de la quinta, quitándole las últimas pelusillas de su terno de ceremonia.
-No te olvides de poner la tarjeta en la puerta -recomendó Matías antes de partir-. Que se lea bien: Matías Palomino, profesor de historia.
En el camino se entretuvo repasando mentalmente los párrafos de su lección. Durante la noche anterior no había podido evitar un temblorcito de gozo cuando, para designar a Luis XVI, había descubierto el epíteto de Hidra. El epíteto pertenecía al siglo XIX y había caído un poco en desuso pero Matías, por su porte y sus lecturas, seguía perteneciendo al siglo XIX y su inteligencia, por donde se la mirara, era una inteligencia en desuso. Desde hacía doce años, cuando por dos veces consecutivas fue aplazado en el examen de bachillerato, no había vuelto a hojear un solo libro de estudios ni a someterse una sola cogitación al apetito un poco lánguido de su espíritu. Él siempre achacó sus fracasos académicos a la malevolencia del jurado y a esa especie de amnesia repentina que lo asaltaba sin remisión cada vez que tenía que poner en evidencia sus conocimientos. Pero si no había podido optar al título de abogado, había elegido la prosa y el corbatín del notario: si no por ciencia, al menos por apariencia, quedaba siempre dentro de los límites de la profesión.
Cuando llegó ante la fachada del colegio, se sobreparó en seco y quedó un poco perplejo. El gran reloj del frontis le indicó que llevaba un adelanto de diez minutos. Ser demasiado puntual le pareció poco elegante y resolvió que bien valía la pena caminar hasta la esquina. Al cruzar delante de la verja escolar, divisó un portero de semblante hosco, que vigilaba la calzada, las manos cruzadas a la espalda.
En la esquina del parque se detuvo, sacó un pañuelo y se enjugó la frente. Hacía un poco de calor. Un pino y una palmera, confundiendo sus sombras, le recordaron un verso, cuyo autor trató en vano de identificar. Se disponía a regresar -el reloj del Municipio acababa de dar las once- cuando detrás de la vidriera de una tienda de discos distinguió a un hombre pálido que lo espiaba. Con sorpresa constató que ese hombre no era otra cosa que su propio reflejo. Observándose con disimulo, hizo un guiño, como para disipar esa expresión un poco lóbrega que la mala noche de estudio y de café había grabado en sus facciones. Pero la expresión, lejos de desaparecer, desplegó nuevos signos y Matías comprobó que su calva convalecía tristemente entre los mechones de las sienes y que su bigote caía sobre sus labios con un gesto de absoluto vencimiento.
Un poco mortificado por la observación, se retiró con ímpetu de la vidriera. Una sofocación de mañana estival hizo que aflojara su corbatín de raso. Pero cuando llegó ante la fachada del colegio, sin que en apariencia nada lo provocara, una duda tremenda le asaltó: en ese momento no podía precisar si la Hidra era un animal marino, un monstruo mitológico o una invención de ese doctor Valencia, quien empleaba figuras semejantes para demoler sus enemigos del Parlamento. Confundido, abrió su maletín para revisar sus apuntes, cuando se percató que el portero no le quitaba el ojo de encima. Esta mirada, viniendo de un hombre uniformado, despertó en su conciencia de pequeño contribuyente tenebrosas asociaciones y, sin poder evitarlo, prosiguió su marcha hasta la esquina opuesta.
Allí se detuvo resollando. Ya el problema de Hidra no le interesaba: esta duda había arrastrado otras muchísimo más urgentes. Ahora en su cabeza todo se confundía. Hacía de Colbert un ministro inglés, la joroba de Marat la colocaba sobre los hombros de Robespierre y por un artificio de su imaginación, los finos alejandrinos de Chenier iban a parar a los labios del verdugo Sansón. Aterrado por tal deslizamiento de ideas, giró los ojos locamente en busca de una pulpería. Una sed impostergable lo abrasaba.
Durante un cuarto de hora recorrió inútilmente las calles adyacentes. En ese barrio residencial sólo se encontraban salones de peinado. Luego de infinitas vueltas se dio de bruces con la tienda de discos y su imagen volvió a surgir del fondo de la vidriera. Esta vez Matías lo examinó: alrededor de los ojos habían aparecido dos anillos negros que describían sutilmente un círculo que no podía ser otro que el círculo del terror.
Desconcertado, se volvió y quedó contemplando el panorama del parque. El corazón le cabeceaba como un pájaro enjaulado. A pesar de que las agujas del reloj continuaban girando, Matías se mantuvo rígido, testarudamente ocupado en cosas insignificantes, como en contar las ramas de un árbol, y luego en descifrar las letras de un aviso comercial perdido en el follaje.
Un campanazo parroquial lo hizo volver en sí. Matías se dio cuenta de que aún estaba en la hora. Echando mano a todas sus virtudes, incluso a aquellas virtudes equívocas como la terquedad, logró componer algo que podría ser una convicción y, ofuscado por tanto tiempo perdido, se lanzó al colegio. Con el movimiento aumentó el coraje. Al divisar la verja asumió el aire profundo y atareado de un hombre de negocios. Se disponía a cruzarla cuando, al levantar la vista, distinguió al lado del portero a un cónclave de hombres canosos y ensotanados que lo espiaban, inquietos. Esta inesperada composición -que le recordó a los jurados de su infancia- fue suficiente para desatar una profusión de reflejos de defensa y, virando con rapidez, se escapó hacia la avenida.
A los veinte pasos se dio cuenta de que alguien lo seguía. Una voz sonaba a sus espaldas. Era el portero.
-Por favor -decía- ¿No es usted el señor Palomino, el nuevo profesor de historia? Los hermanos lo están esperando. Matías se volvió, rojo de ira.
-¡Yo soy cobrador! -contestó brutalmente, como si hubiera sido víctima de alguna vergonzosa confusión.
El portero le pidió excusas y se retiró. Matías prosiguió su camino, llegó a la avenida, torció al parque, anduvo sin rumbo entre la gente que iba de compras, se resbaló en un sardinel, estuvo a punto de derribar a un ciego y cayó finalmente en una banca, abochornado, entorpecido, como si tuviera un queso por cerebro.
Cuando los niños que salían del colegio comenzaron a retozar a su alrededor, despertó de su letargo. Confundido aún, bajo la impresión de haber sido objeto de una humillante estafa, se incorporó y tomó el camino de su casa. Inconscientemente eligió una ruta llena de meandros. Se distraía. La realidad se le escapaba por todas las fisuras de su imaginación. Pensaba que algún día sería millonario por un golpe de azar. Solamente cuando llegó a la quinta y vio que su mujer lo esperaba en la puerta del departamento, con el delantal amarrado a su cintura, tomó conciencia de su enorme frustración. No obstante se repuso, tentó una sonrisa y se aprestó a recibir a su mujer, que ya corría por el pasillo con los brazos abiertos.
-¿Qué tal te ha ido? ¿Dictaste tu clase? ¿Qué han dicho los alumnos?
-¡Magnífico!… ¡Todo ha sido magnífico! -Balbuceó Matías-. ¡Me aplaudieron! -pero al sentir los brazos de su mujer que lo enlazaban del cuello y al ver en sus ojos, por primera vez, una llama de invencible orgullo, inclinó con violencia la cabeza y se echó desconsoladamente a llorar.

jueves, 22 de junio de 2017

LA PIEL DE UN INDIO NO CUESTA CARO

                       
                               

                                                              Cuento

                        Julio Ramón Ribeyro


-¿Piensas quedarte con él? -preguntó Dora a su marido.
Miguel, en lugar de responder, se levantó de la perezosa donde tomaba el sol y haciendo bocina con las manos gritó hacia el jardín:
-¡Pancho!
Un muchacho que se entretenía sacando la yerba mala volteó la cabeza, se puso de pie y echó a correr. A los pocos segundos estuvo frente a ellos.

-A ver, Pancho, dile a la señora cuanto es ocho más ocho.
-Dieciséis.
-¿Y dieciocho más treinta?
-Cuarentiocho.
-¿Y siete por siete?
Pancho pensó un momento.
-Cuarentinueve.
Miguel se volvió hacia su mujer:
-Eso se lo he enseñado ayer. Se lo hice repetir toda la tarde pero se le ha grabado para toda la vida.
Dora bostezó.
-Guárdalo entonces contigo. Te puede ser útil.
-Por supuesto. ¿No es verdad Pancho que trrabajarás en mi taller?
-Sí, señor.
A Dora que se desperezaba:
-En Lima lo mandaré a la escuela nocturna.. Algo podemos hacer por este muchacho. Me cae simpático.
-Me caigo de sueño -dijo Dora.
Miguel despidió a Pancho y volvió a extenderse en su perezosa. Todo el vallecito de Yangas se desplegaba ante su vista. El modesto río Chillón regaba huertos de manzanos y chacras de panllevar. Desde el techo de la casa se podía ver el mar, al fondo del valle, y los barcos surtos en el Callao.
-Es una suerte tener una casa acá -dijo Miiguel-. Sólo a una hora de Lima. ¿No, Dora?
Pero ya Dora se había retirado a dormir la siesta. Miguel observó un rato a Pancho que merodeaba por el jardín persiguiendo mariposas, moscardones; miró el cielo, los cerros, las plantas cercanas y se quedó profundamente dormido.
Un griterío juvenil lo despertó. Mariella y Víctor, los hijos del presidente del club, entraban al jardín. Llevaba cada cual una escopeta de perdigones.
-Pancho, ¿Vienes con nosotros? -decían-. Vamos a cazar al cerro.
Pancho desde lejos, buscó la mirada de Miguel, esperando su aprobación.
-¡Anda no más! -gritó-, ¡y fíjate bien quee estos muchachos no hagan barbaridades!
Los hijos del presidente salieron por el camino del cerro, escoltados por Pancho. Miguel se levantó, miró un momento las instalaciones del club que asomaban a lo lejos, tras un seto de jóvenes pinos, y fue a la cocina a servirse una cerveza.. Cuando bebía el primer sorbo, sintió unas pisadas en la terraza.
-¿Hay alguien aquí? -preguntaba una voz.
Miguel salió: era el presidente del club.
-Estuvimos esperándolos en el almuerzo -dijo-. Hemos tenido cerca de sesenta personas.
Miguel se excusó:
-Usted sabe que Dora no se divierte mucho en las reuniones. Prefiere quedarse aquí leyendo.
-De todos modos -añadió el presidente- hay que alternar un poco con los demás socios. La unión hace la fuerza. ¿No saben acaso que celebramos el primer aniversario de nuestra institución? Además no se podrán quejar del elemento que he reunido en torno mío. Toda gente chic, de posición, de influencia. Tú, que eres un joven arquitecto...
Para cortar el discurso que se avecinaba, Miguel aludió a los chicos:
-Mariella y Víctor pasaron por acá. Iban al cerro. He hecho que Pancho los acompañe.
-¿Pancho?
-Un muchacho que me va a ayudar en mi oficina de Lima. Tiene sólo catorce años. Es del Cuzco.
-¡Que se diviertan, entonces!
Dora apareció en bata, despeinada, con un libro en la mano.
-Traigo buenas noticias para tu marido -diijo el presidente-. Ahora, durante el almuerzo, hemos decidido construir un nuevo bar, al lado de la piscina. Los socios quieren algo moderno, ¿Sabes? Hemos acordado que Miguel haga los planos. Pero tiene que darse prisa. En quince días necesitamos los bocetos.
-Los tendrán -dijo Dora.
-Gracias -dijo Miguel-. ¿No quiere servirse un trago?
-Por supuesto. Tengo además otros proyectos de más envergadura. Miguel tiene que ayudarnos. ¿No te molesta que hablemos de negocios en día domingo?
El presidente y Miguel se sentaron en la terraza a conversar, mientras Dora recorría el jardín lentamente, bebía el sol, se dejaba despeinar por el viento.
-¿Dónde está Pancho? -preguntó.
-¡En el cerro! -gritó Miguel-. ¿Necesitas algo?
-No; pregunto solamente.
Dora continuó paseándose por el jardín, mirando los cerros, el esplendor dominical. Cuando regresó a la terraza, el presidente se levantaba.
-Acordado, ¿no es verdad? Pasa mañana por mi oficina. Tengo que ir ahora a ver a mis invitados. ¿saben que habrá baile esta noche? Al menos pasarán un rato para tomarse un cóctel.
Miguel y Dora quedaron solos.
-Simpático tu tío -dijo Miguel-. Un poco hablador.
-Mientras te consiga contratos -comentó Dora.
-Gracias a él hemos conseguido este terrenno casi regalado -Miguel miró a su alrededor-. ¡Pero habría que arreglar esta casa un poco mejor! Con los cuatro muebles que tenemos sólo está bien para venir a pasar el week-end.
Dora se había dejado caer en una perezosa y hojeaba nuevamente su libro. Miguel la contempló un momento.
-¿Has traído algún traje decente? Creo quue debemos ir al club esta noche.
Dora le echó una mirada maliciosa:
-¿Algún proyecto entre manos?
Pero ya miguel, encendiendo un cigarrillo, iba hacia el garaje para revisar su automóvil. Destapando el motor se puso a ajustar tornillos, sin motivo alguno, sólo por el placer de ocupar sus manos en algo. Cuando medía el aceite, Dora apareció a sus espaldas.
-¿Qué haces? He sentido un grito en el cerro.
Miguel volvió la cabeza. Dora estaba muy pálida. Se aprestaba a tranquilizarla, cuando se escuchó cuesta arriba el ruido de unas pisadas precipitadas. Luego unos gritos infantiles. De inmediato salieron al jardín. Alguien bajaba por el camino de pedregullo. Pronto Mariella y Víctor entraron sofocados.
-¡Pancho se ha caído! -decían-. Está tiraddo en el suelo y no se puede levantar.
-¡Está negro! -repetía Mariella. Miguel llos miró. Los chicos estaban transformados: tenían rostros de adultos.
-¡Vamos allí! -dijo y abandonó la casa, guiado por los muchachos.
Comenzó a subir por la pendiente de piedras, orillada de cactus y de maleza.
-¿Dónde es? -preguntaba.
-¡Más arriba!
Durante un cuarto de hora siguió subiendo. Al fin llegó hasta los postes que traían la corriente eléctrica al club. Los muchachos se detuvieron.
-Allí está -dijeron, señalando al suelo.
Miguel se aproximó. Pancho estaba contorsionado, enredado en uno de los alambres que servían para sostener los postes. Estaba inmóvil, con la boca abierta y el rostro azul. Al volver la cara vio que los hijos del presidente seguían allí, espiando, asustados, el espectáculo.
-¡Fuera! -les gritó-. ¡Regresen al club ¡¡No quiero verlos por acá!
Los chicos se fueron a la carrera. Miguel se inclinó sobre el cuerpo de Pancho. Por momentos le parecía que respiraba. Miró el alambre ennegrecido, el poste, luego los cables de alta tensión que descendían del cerro y poniéndose de pie se lanzó hacia la casa.
Dora estaba en medio del jardín, con una margarita entre los dedos.
-¿Qué pasa?
-¿Dónde está la llave del depósito?
-Está colgada en la cocina. ¡Qué cara tieenes!
Miguel hurgó entre los instrumentos de jardinería hasta encontrar la tijera de podar, que tenía mangos de madera.
-¿Qué le ha pasado a ese muchacho? -insisttía Dora.
Pero ya Miguel había partido nuevamente a la carrera. Dora vio su figura saltando por la pañolería, cada vez más pequeña. Cuando desapareció en la falda del cerro, se encogió de hombros, aspiró la margarita y continuó deambulando por el jardín.
Miguel llegó ahogándose al lado de Pancho y con las tijeras cortó el alambre aislándolo del poste y volvió a cortar aislándolo de la tierra. Luego se inclinó sobre el muchacho y lo tocó por primera vez. Estaba rígido. No respiraba. El alambre le había quemado la ropa y se le había incrustado en la piel. En vano trató Miguel de arrancarlo. En vano miró también a su alrededor, buscando ayuda. En ese momento, al lado de ese cuerpo inerte, supo lo que era la soledad.
Sentándose sobre él, trató de hacerle respiración artificial, como viera alguna vez en la playa, con los ahogados. Luego lo auscultó. Algo se escuchaba dentro de ese pecho, algo que podría ser muy bien la propia sangre de Miguel batiendo en sus tímpanos. Haciendo un esfuerzo, lo puso de pie y se lo echó al hombro. Antes de iniciar el descenso miró a su alrededor, tratando de identificar el lugar. Ese poste se encontraba dentro de los terrenos del club.
Dora se había sentado en la terraza. Cuando lo vio aparecer con el cuerpo del muchacho, se levantó.
-¿Se ha caído?
Miguel, sin responder, lo condujo al garaje y lo depositó en el asiento del automóvil. Dora lo seguía.
-Estás todo despeinado. Deberías lavarte la cara.
Miguel puso el carro en marcha.
-¿A dónde vas?
-¡A Canta! -gritó Miguel, destrozando, al arrancador, los tres únicos lirios que adornaban el jardín.
El médico de la Asistencia Pública de Canta miró al muchacho.
-Me trae usted un cadáver.
Luego lo palpó, lo observó con atención.
-¿Electrocutado, no?
-¿No se puede hacer algo?? -insistió Miguel-. El accidente ha ocurrido hace cerca de una hora.
-No vale la pena. Probaremos, en fin, si usted lo quiere.
Primero le inyectó adrenalina en las venas. Luego le puso una inyección directa en el corazón.
-Inútil -dijo-. Mejor es que pase usted por la comisaría para que los agentes constaten la defunción.
Miguel salió de la Asistencia Pública y fue a la comisaría. Luego emprendió el retorno a la casa. Cuando llegó, atardecía.
Dora estaba vistiéndose para ir al club.
-Vino el presidente -dijo-. Está molesto porque Mariella ha vomitado. Han tenido que meterla a la cama. Dice que qué cosa ha pasado en el cerro con ese muchacho.
-¿Para qué te vistes? -preguntó Miguel-. No iremos al club esta noche. No irás tú en todo caso. Iré yo solo.
-Tú me has dicho que me arregle. A mí me da lo mismo.
-Pancho ha muerto electrocutado en los terrenos del club. No estoy de humor para fiestas.
-¿Muerto? -preguntó Dora-. Es una lástimaa. ¡Pobre muchacho!
Miguel se dirigió al baño para lavarse.
-Debe ser horrible morir así -continuó Dora-. ¿Piensas decírselo a mi tío?
-Naturalmente.
Miguel se puso una camisa limpia y se dirigió caminando al club. Antes de atravesar la verja se escuchaba ya la música de la orquesta. En el jardín había lagunas parejas bailando. Los hombres se habían puesto sombreritos de cartón pintado. Circulaban los mozos con azafates cargados de whisky, gin con gin y jugo de tomate.
Al penetrar al hall vio al presidente con un sombrero en forma de cucurucho y un vaso en la mano. Antes de que Miguel abriera la boca, ya lo había abordado.
-¿Qué diablos ha sucedido? Mis chicos estáán alborotados. A Mariella hemos tenido que acostarla.
-Pancho, mi muchacho, ha muerto electrocuttado en los terrenos del club. Por un defecto de instalación, la corriente pasa de los cables a los alambres de sostén.
El presidente lo cogió precipitadamente del brazo y lo condujo a un rincón.
-¡Bonito aniversario! Habla más bajo que te pueden oír. ¿Estás seguro de lo que dices?
-Yo mismo lo he recogido y lo he llevado a la asistencia de Canta.
El presidente había palidecido.
-¡Imagínate que Mariella o que Víctor hubiieran cogido el alambre! Te juro que yo...
-¿Qué cosa?
-No sé... Habría habido alguna carnicería..
-Le advierto que el muchacho tiene padre y madre. Viven cerca del Porvenir.
-Fíjate, vamos a tomarnos un trago y a conversar detenidamente del asunto. Estoy seguro que las instalaciones están bien hechas. Puede haber sucedido otra cosa. En fin, tantas cosas suceden en los cerros. ¿No hay testigos?
-Yo soy el único testigo.
-¿Quieres un whisky?
-No. He venido sólo a decirle que a las diez de la noche regresaré a Lima con Dora. Veré a los padres del muchacho para comunicarles lo ocurrido. Ellos verán después lo que hacen.
-Pero Miguel, estérate, tengo que enseñarte donde haremos el nuevo bar.
-¡Por lo menos quítese usted ese sombrero!! Hasta luego.
Miguel atravesó el camino oscuro. Dora había encendido todas las luces de la casa. Sin haberse cambiado su traje de fiesta, escuchaba música en un tocadisco portátil.
-Estoy un poco nerviosa -dijo.
Miguel se sirvió, en silencio, una cerveza.
-Procura comer lo antes posible -dijo-. A las diez regresaremos a Lima.
-¿Por qué hoy? -preguntó Dora.
Miguel salió a la terraza, encendió un cigarrillo y se sentó en la penumbra, mientras Dora andaba por la cocina. A lo lejos, en medio de la sombra del valle, se divisaban las casitas iluminadas de los otros socios y las luces fluorescentes del club. A veces el viento traía compases de música, rumor de conversación o alguna risa estridente que rebotaba en los cerros.
Por el caminillo aparecieron los faros crecientes de un automóvil. Como un celaje, pasó delante de la casa y se perdió rumbo a la carretera. Miguel tuvo tiempo de advertirlo: era el carro del presidente.
-Acaba de pasar tu tío -dijo, entrando a lla cocina. Dora comía desganadamente una ensalada.
-¿Adónde va?
-¡Qué sé yo!
-Debe estar preocupado por el accidente. -Está más preocupado por su fiesta.
Dora lo miró:
-¿Estás verdaderamente molesto?
Miguel se encogió de hombros y fue al dormitorio para hacer las maletas. Más tarde fue al jardín y guardó en el depósito los objetos dispersos. Luego se sentó en el living, esperando que Dora se arreglara para la partida. Pasaban los minutos. Dora tarareaba frente al espejo.
Volvió a sentirse el ruido de un automóvil. Miguel salió a la terraza. Era el carro del presidente que se detenía a cierta distancia de la casa: dos hombres bajaron de su interior y tomaron el camino del cerro. Luego el carro avanzó un poco más, hasta detenerse frente a la puerta.
-¿Viene alguien? -preguntó Dora, asomando a la terraza-. Ya estoy lista.
El presidente apareció en el jardín y avanzó hacia la terraza. Estaba sonriendo.
-He batido un récord de velocidad -dijo. Vengo de Canta. ¿Nos sentamos un rato?
-Partimos para Lima en este momento -dijo Miguel.
-Solamente cinco minutos -en seguida sacó unos papeles del bolsillo-. ¿Qué cuento es ese del muchacho electrocutado? Mira.
Miguel cogió los papeles. Uno era un certificado de defunción extendido por el médico de la Asistencia Pública de Canta. No aludía para nada el accidente. Declaraba que el muchacho había muerto de una "deficiencia cardiaca". El otro era un parte policial redactado en los mismos términos.
Miguel devolvió los papeles.
-Esto me parece una infamia -dijo.
El presidente guardó los papeles.
-En estos asuntos lo que valen son las pruuebas escritas -dijo-. No pretenderás además saber más que un médico. Parece que el muchacho tenía, en efecto, algo al corazón y que hizo demasiado ejercicio.
-El cerro está bastante alto -acotó Dora.<
-Digan lo que digan esos papeles, yo estoyy convencido de que Pancho ha muerto electrocutado. Y en los terrenos del club.
-Tú puedes pensar lo que quieras -añadió eel presidente-. Pero oficialmente éste es un asunto ya archivado.
Miguel quedó silencioso.
-¿Por qué no vienen conmigo al club? La ffiesta durará hasta media noche. Además, insisto en que veas el lugar donde construiremos el bar.
-¿Por qué no vamos un rato? -preguntó Doraa.
-No. Partimos a Lima en este momento.
-De todas maneras, los espero.
El presidente se levantó. Miguel lo vio partir. Dora se acercó a él y le pasó un brazo por el hombro.
-No te hagas mala sangre -le susurró al oíído-. A ver, pon cara de gente decente.
Miguel la miró: algo en sus rasgos le recordó el rostro del presidente. Detrás de su cabellera se veía la masa oscura del cerro. Arriba brillaba una luz.
-¿Tiene pilas la linterna? -preguntó.
-¿Qué piensas hacer?
Miguel buscó la linterna: todavía alumbraba. Sin decir una palabra se encaminó por la pendiente riscosa. Trepaba entre cantos de grillos e infinitas estrellas. Pronto divisó la luz de un farol. Cerca del poste, dos hombres reparaban la instalación defectuosa. Los contempló un momento, en silencio, y luego emprendió el retorno.
Dora lo esperaba con un sobre en la mano.
-Fíjate. Mi tío mandó esto.
Miguel abrió el sobre. Había un cheque al portador por cinco mil soles y un papel con unas cuantas líneas: "La dirección del club ha hecho esta colecta para enterrar al muchacho. ¿Podrías entregarle la suma a su familia?".
Miguel cogió el cheque con la punta de los dedos y cuando lo iba a rasgar, se contuvo. Dora lo miraba. Miguel guardó el cheque en el bolsillo y dándole la espalda a su mujer quedó mirando al valle de Yangas. Del accidente no quedaba ni un solo rastro, ni un alambre fuera de lugar, ni siquiera el eco de un grito.
-¿En que piensas? -preguntó Dora-. ¿Regreesamos a Lima o vamos al club?
-Vamos al club -suspiró Miguel.



(Escrito en París en 1961)


(Lima, 1929 - 1994) Escritor peruano, figura destacada de la llamada Generación del 50 y uno de los mejores cuentistas de la literatura hispanoamericana del siglo XX.


martes, 30 de mayo de 2017

La Educación y los hispanos en los Estados Unidos de América




 ¿CONOCEMOS LA ESCUELA DE NUESTROS HIJOS?         

                      Por: Héctor Rosas Padilla

Conocemos una parte de los Estados Unidos de América. Conocemos Disneylandia, Lake tahoe, Las Vegas, la Isla El Alcatraz, los pueblos donde nacieron Abraham Lincoln y Elvis Presley, y muchos otros lugares de este gran país. 
Para hacer realidad estos sueños, fue necesario ausentarnos de nuestro hogar por algunos días, o sea que empleamos nuestro valioso tiempo para realizar esos viajes que no son indispensables, pero que valen la pena hacerlos para que todo no sea trabajo en nuestras vidas. También, para ampliar nuestros conocimientos de geografía e historia.

Asimismo, fue necesario movilizarnos a lugares que se encuentran, algunos, a cientos o miles de millas de nuestras ciudades, a diferencia, por ejemplo, de la escuela de nuestros hijos, ubicada a pocos minutos de nuestra casa.

Sin embargo ¿cuántos de nosotros conocemos la escuela donde nuestros muchachos comienzan a preparase para el futuro? ¿Cuántos de nosotros hemos puesto los pies, alguna vez, en las aulas donde ellos aprenden a ver el mundo de una manera diferente a como nosotros lo concebimos? ¿Cuántos de nosotros conocemos a sus maestros y a sus mejores amigos?

No es necesario hacer una encuesta para saber el promedio de padres hispanos, por ejemplo, que han visitado la escuela de sus hijos. La cantidad es tan insignificante que da tristeza señalarla. Somos los que menos conocemos esos lugares (nada turísticos) y los que más brillamos por nuestra ausencia en las reuniones de padres de familia.

Recuerdo que cuando mi hijo estudiaba la secundaria en una escuela de Walnut Creeck, California, siempre éramos solamente dos los hispanos que estábamos presentes en las reuniones de padres de familia y profesores que se llevaban a cabo en su centro de estudios. La mayoría de progenitores eran estadounidenses y chinos. Pasaría por alto la escasez de padres hispanos en dichas reuniones si no fuera porque en esa escuela había un número bastante notorio de estudiantes de nuestra comunidad.

¿Por qué lo que menos nos gusta es visitar las escuelas? Y no salgamos con la excusa que no tenemos tiempo para darnos una vuelta por el lugar que debe tener una importancia de primer orden para nosotros, porque ahí se están formando los hombres en quienes recaerá la responsabilidad de llevar a este país más allá de donde se encuentra. Pero, sobre todo, porque ahí permanecen gran parte de su existencia. Tantas horas pasan en las escuelas que es ahí “donde ellos aprenden a socializar, a emprender nuevas tareas y a ser independientes”, según señala Kerr en Educational Research Service Spectrum.

Por su parte, el escritor peruano Danilo Sánchez Lihón manifiesta que “La vida en las aulas son depositarias de los sueños más acrisolados, vibrantes y conmovedores de las familias y de quienes constituyen el recurso más preciado de una comunidad de personas, como son los niños y jóvenes”.

Tenemos tiempo suficiente para embelesarnos con la Muralla China o las ruinas de Machu Picchu, pero no disponemos de tiempo para visitar la escuela de nuestros hijos o sentarnos con ellos en la sala o entrar a sus cuartos para hablar sobre asuntos relacionados con sus estudios o sobre sus predilecciones y preocupaciones. Claro, para nosotros es más importante el trabajo o los viajes o los programas televisivos. Sin embargo, lanzamos el grito al Cielo cuando los muchachos nos vienen con pésimas calificaciones o cuando nos llaman para avisarnos que tenemos que recogerlos de la comisaría local. O cuando nos enteramos que una de nuestras pequeñas hijas no asiste a clases porque tiene varios meses de gestación. 

Esto último se ha convertido en un serio problema, al igual que el suicido de las adolescentes de nuestra comunidad, debido, entre otras razones, al distanciamiento de las madres hispanas de sus hijas menores de edad, así como a la incomunicación entre ellas.

El medio de información online GLOBEDIA publica que de acuerdo al Centro Latino de Investigación “la falta de de una relación estrecha y positiva entre la madres y sus hijas incrementa la posibilidad de suicido en las adolescentes hispanas entre los 14 y los 18 años, que es una tasa más alta que en otros grupos”.

En cuanto a los embarazos, GLOBEDIA publica que “los hispanos tienen la tasa más elevada de embarazos de adolescentes y nacimientos entre todos los grupos raciales del país”, según un reporte proveniente de la Campaña para la Prevención del Embarazo no Planeado de la Adolescente y del Consejo Nacional de La Raza. 

Y a la vez que nos ensañamos con nuestros hijos, por lo que hicieron o por su pésimo rendimiento escolar, nos atrevemos a decir que los maestros son ineficientes y que el sistema educativo de los Estados Unidos de América es el peor del planeta.

Es cierto, la educación en este país no es la mejor y los maestros buenos son pocos. La mayoría son de baja calidad porque no se les ha preparado correctamente y por falta de capacitación. Ah, y si ellos no se desempeñan como debe ser en las aulas de clase es también por razones económicas. “Los maestros ayudan a cambiar el mundo” ha dicho el músico Carlos Santana, a quien una vez entrevisté. Por eso mismo, se debe mejorar su sueldo, porque es vox populi que a ellos no se les paga lo suficiente en relación a lo que aportan a la sociedad. No me cansaré de decirlo: ¿Cómo es posible que un profesor, con preparación universitaria, perciba menos, por ejemplo, que un carpintero o un motorista de autobuses? 

Es cierto, algunas escuelas dan mucho de qué hablar porque se han convertido en escondrijos de delincuentes y los mejores mercados para las drogas. Y porque muchas de ellas se encuentran en condiciones inapropiadas y carecen de los materiales más básicos para la enseñanza.

Pero nosotros, los padres, damos mucho más de qué hablar, porque los que llenan las escuelas son sangre de nuestra sangre y no de los maestros. Estamos tan ajenos a la vida escolar de nuestros vástagos que de lo que menos nos preocupamos es en conocer el segundo hogar de nuestros hijos, la escuela.
HÉCTOR ROSAS PADILLA (Cañete, 1951). Estudió periodismo en la Universidad de San Marcos de Lima. Es autor del poemario CUADERNO DE SAN FRANCISCO (2009), y del libro de ensayos LA EDUCACIÓN Y LOS HISPANOS EN LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA (2010). Escribe para revistas de California y otros países. Ha obtenido importantes premios en las áreas de la poesía y la fotografía. Figura en varias antologías poéticas mundiales.

Es miembro del comité editorial de la revista literaria peruana SOL & NIEBLA que dirige el poeta Juan Carlos Lázaro. Actualmente radica en California.

Libro disponible en amazon.com


Post publicado originalmente  Marzo/2012.

domingo, 14 de mayo de 2017

PALOMAS

Fuente: caretas.pe

Escribe: Julio César Buitrón 

Cuento ganador de las 1,000 palabras de Caretas.

Desde hace algunas semanas las palomas comenzaron a saber distintas. En un principio, creí que mi madre era la culpable. Una de esas tardes me asomé para verla en la cocina y no encontré nada especial. Los mismos cuadrados caían en la olla: tomates, cebollas, apios, zanahorias, también el sudor de su frente. Una nueva manera de preparar la sopa no era la génesis de mi desconcierto, porque ese sabor tampoco desaparecía cuando las palomas terminaban en guisos o frituras. Y estas dudas se diluyeron cuando me atreví a preguntárselo:
-¡Estás loco! ¡Cómo voy a perder mi tiempo con esos pajarracos!
Tenía razón, ella no malgastaría su tiempo en esos bichos con alas. Les guardaba tanto rencor como el que dirigía hacia mi padre.

Después de mi nacimiento, el negocio empezó a dar frutos. En diez se podían contabilizar los ejemplares que mi padre, un simple obrero, a quien le agradaba el canturrear de las palomas, tenía en unas jaulas, cinco a cada lado del corralón, como dos parlantes. Venía de trabajar, cogía el periódico, tomaba una silla y, mientras repasaba las noticias deportivas, las escuchaba. Para él no existía otro pasatiempo ni conocía la radio. Pero los semitonos de su apacibilidad se esfumaron con la divulgación de un alado sabor. La demanda por la carne de paloma se originó de un modo tan inexplicable como el Big Bang. El precio que se pagaba en los mercados despegó hasta las nubes. Mi padre, que situaba en un primer peldaño, jamás alcanzado por las palomas, economizar esfuerzos a la hora de conseguir dinero, decidió ofrecer sus concertistas al mejor postor.
Poco a poco, descubrió que si se dedicaba por completo a este oficio, esos ingresos superarían a los de su salario. Renunció a su empleo. Y las cosas fueron por buen rumbo, al menos por un tiempo. Sus cálculos no se habían equivocado: las ganancias se duplicaron, se triplicaron. Más por complacer el capricho de mi madre, se casó con ella.
La casa creció hacia arriba y el último piso, el cuarto, se acondicionó con mallas como un gran globo de flexibles rejas. Esa endemoniada arquitectura atemorizó al vecindario; luego la admiraron al igual que un castillo, y como mi padre buscaba rentabilidad hasta en sus yerros, se le ocurrió cobrar unos soles a quienes desearan ascender hacia ese boscaje de plumas.
Sin demasiadas virtudes de las cuales enorgullecerse, este sonriente usurero se convirtió en un referente indiscutible de la crianza de paloma, título que ratificaba con unánime asentimiento en las carreras aéreas que se celebraban a pocos días de la primavera y en las que las competidoras debían volar hasta la plaza, travestida en kermesse, y donde el criador las esperaba con los brazos estirados en cruz. Estas fiestas, que permitían a las alas victoriosas formar parte del banquete, concluían en abotargantes comilonas sazonadas con alcohol.
Y así como la vida nos coacciona a creer que existe, el sabor duró lo mismo que un vuelo de paloma. Su carne mudó en sinónimo de desprecio y de señal de mala suerte. Las personas dejaron de comprarlas. Además, quizá por apretujarse en una plumífera esfera que daba la impresión de arrancar en cualquier momento a mi casa de la tierra, comenzaron a salirle mocos de los picos.
Convertido en un ornitólogo heurístico, mi padre no abandonó la azotea. Ya no solo hacía sonidos raros ni pasaba las horas tendido en su perezoso. Llevaba las cervezas de tres en tres, hablaba con las palomas y al hacerlo parecía hallarse en un bar. No se molestaba en conversar conmigo. Su tratamiento no debía interrumpirse. De algún modo las curaba, no sé cómo, y solo sobrevivió un puñado de las más fuertes.
Hasta que un día mi madre se sublevó.
–¡No seas infantil! ¡No seas infantil! ¡Dale un plato de comida! –dijo apuntándome con el índice acusador de su mano derecha.
Pasó casi un año, mi madre simplemente tomó a mi padre por otro pajarraco. Todos sabían que desde meses atrás (¿cuántos?, no viene al caso) se veía con otro hombre. Para esas fechas, ese individuo amable venía a casa, se sentaba a la mesa y comía acompañándonos. No nos preocupó que pudiera encontrarse con quien afincado en su reducto debía ser considerado todavía su rival. En eso no me equivoqué, mi equivocación fue creer que las palomas sabían distintas debido a una receta diferente.
Conmovido por la paternidad que aún le sobraba, mi padre se desprendía de entre tres a cuatro de sus camaradas -interdiariamente amanecían desplumados en un balde en la cocina. Más tarde esa cuota se rebajó a dos, después a ninguna. La enfermedad, robustecida, había vuelto para derrocar a los vestigios de su imperio. Arrinconado en las escaleras que daban a la entrada de su reino, lo vi coger a las palomas, sobarlas frenéticamente y silbarles como preguntándoles qué les pasaba o dónde les dolía. En medio del piso empantanado de un verdor viscoso, ninguna de sus fórmulas tuvo éxito. En las mañanas, mi madre, amontonando en la acera los costales que iban en aumento, no se demoraba en llamar al camión de la basura.
Regresaba. Desde la esquina, vi mi casa despojada de su arboleda mágica. El silencio, mi nuevo silencio, me reveló cuán acostumbrado estaba al rumor de ese mar perpetuo. Vi a mi padre pararse en la orilla de su locura. Los enflaquecidos supervivientes de su séquito se alzaron con él. Muchos otros zureos arribaron desde ignotas direcciones. El cielo ennegrecido recibió el látigo de incontables alas. Quien las dirigía estiró los brazos para después abrazarse a sí mismo. Ululó, las palomas le respondieron y brincó. En ese instante imaginé que irían tras él. Veía que tiraban de su cuerpo hasta llevarlo de retorno hacia el punto de su salto. Sus dedos, su cabello y sus ropas eran halados para evitar el contacto contra el pavimento. Mi padre estaría suspendido en el cielo. Eso imaginé.
Las palomas continuaron llegando. 

                                     

                          Julio César Buitrón  - Autor -

lunes, 3 de abril de 2017

¿En qué momento se jodió el Perú? El dilema Vargasllosiano


Fuente: elcomercio.pe
Hoy, en el cumpleaños 81 de Mario Vargas Llosa, intelectuales y artistas buscan dar respuesta a la legendaria pregunta que Zavalita se planteara hace casi medio siglo en "Conversación en La Catedral", obra cumbre del Nobel peruano.
Gustavo Rodríguez
Escritor 
El Perú terminó de joderse una mañana de setiembre de 1750, cuando el virrey Manso de Velasco confirmó que había dejado de dolerle el canal del pene. 
La noche anterior el gaditano Agapito Morillas lo había asistido, orinal en mano, durante la expulsión de una piedra colosal y fue el único testigo de sus juramentos a Cristo y su madre. 
El criado ignoraba que aquel propósito de enmienda traía los ecos de una reciente carta de Fernando VI. En ella el rey le solicitaba aquilatar un informe confidencial de Antonio de Ulloa titulado “Discurso y reflexiones políticas sobre el estado presente de los reinos del Perú”. El virrey no tuvo que terminar el informe para saber que era acertado. Y aunque intuía que no iba a pasar a la historia como corrupto –aquella noche de evacuación renal ya era el héroe reconstructor de Lima tras el terremoto que cuatro años atrás había tumbado la ciudad–, también era consciente de que no había sido un paladín contra el contrabando, ni contra los sobornos a sus funcionarios, ni contra sus autoridades que expoliaban a los indios con tributos ilegales. La piedra, entonces, lo laceraba abajo, y arriba lo hacía el remordimiento. El virrey clamó que iba a ser mejor esposo, mejor cristiano y el cruzado más temerario contra las redes de patronazgo y soborno, donde era usual que cada virrey cobrara 4 mil pesos para indultar condenados. Verga en mano, lo juró fuerte: Dedicaría su vida y la de sus hijos, junto al rey y sus súbditos más íntegros –como el tal Ulloa–, a desatar esas oscuras marañas. 
Al día siguiente, cosa rara, salió el sol. Le llevaron chocolate a la cama y le alisaron las sedas. 
Qué coño, recapacitó. A los 62 años ya no estaba para mojigangas. 
Eduardo Tokeshi
Artista plástico
Mi país tiene vocación de variante de Pasamayo con niebla, por eso siempre estuvo y estuvimos jodidos. Ese momento cumbre del autofoul se lo inventó Zavalita mirando la avenida Tacna, y ahora, jodidos y enlodados, solo nos queda refugiarnos en esa ciega fe que dice que en este lugar todo está a punto de hacerse, nada está hecho y en eso tenemos toda la ventaja del universo.
Jeremías Gamboa
Escritor
La brillantez de esa pregunta es que no tiene respuesta, o tiene una respuesta demasiado quemante: el Perú se jodió al momento mismo de nacer. Su concepción tuvo como base un hecho asimétrico y brutal que fundó una nación herida y enemistada con una de sus mitades, la indígena. Ahora bien, como cada uno siente que el país nació cuando uno nació, puedo decirte que “mi” Perú se empezó a joder con Alan García y la aparición terrorífica de Abimael Guzmán, y terminó de joderse el 5 de abril de 1992 con el autogolpe de Alberto Fujimori. Aun no nos recuperamos.
Natalia Iguíñiz
Artista visual
Una terca esperanza me hace pensar que no está jodido el Perú, pero definitivamente las mujeres si estamos más jodidas. Un período clave: la Colonia, que institucionalizó al patriarcado y que, en su alianza con el capitalismo, convirtieron el trabajo doméstico en una extensión del “amor” asociado a naturalizar el rol de las mujeres en las tareas de cuidado y lo volvieron gratuito o muy mal pagado, sosteniendo así gran parte de nuestra vida sin mayor valoración y castigando a quienes se salen del rol con discriminación y mucha violencia.
Javier Echecopar
Músico y compositor
La pregunta es incorrecta porque el verbo "joder" está escrito en pretérito y el Perú no se jodió: se sigue jodiendo todos los días. Cuando se encubre la corrupción, cuando se soslaya la impunidad, se sigue jodiendo el Perú. Dejemos de preguntarnos cuándo se jodió y apoyemos a que no se siga jodiendo.
Ramón Mujica Pinilla
Historiador
La pregunta no es "cuándo" sino "quiénes" han jodido al Perú. Antes fue la República Aristocrática. Ahora, es una casta política corrupta y de poder que antepone sus intereses económicos al desarrollo del Perú.
Abelardo Sánchez León
Poeta
Las crisis son cíclicas, y en cada una de ellas uno anda jodido. Lo mismo le sucede a los países. ¿Cuándo se jodió Siria? ¿Cuándo se jodió Haití? ¿Cuándo podría joderse Estados Unidos? Una cosa es joder y otra es estar jodido. El Perú jode poco, la mayoría de las veces anda jodido. Preferimos el melodrama a la comedia. La jodienda de Mario era otra, era la dictadura de Odría, el gris del ochenio. Cada época baila con su propia joda.
Guillermo Niño de Guzmán
Escritor
El Perú siempre estuvo jodido. Pero no se jodió solo, lo jodimos nosotros. “¡Que se jodan!” es una expresión habitual que nos pinta de cuerpo entero. Somos un país a medias, acomplejado y sin identidad, donde a nadie le importa demasiado lo que le ocurra a nadie. Vargas Llosa acertó al plantear esta cuestión crucial y, de paso, nos demostró que la literatura sí puede cambiar nuestras vidas.
Santiago Roncagliolo
Escritor
El Perú se jodió cuando lo inventó Mario. Antes, podíamos ignorarlo alegremente, o considerarlo un agradable jardín de infancia. Pero las novelas vargasllosianas exhibieron su brutalidad, su desigualdad y su violencia, con más fuerza que muchos ensayos o reportajes. Esas ficciones nos obligaron a mirar la incómoda realidad. Pero también nos empujan a cambiarla.
Julio Hevia 
Psicoanalista y catedrático
A fin de desmontar el privilegio del interrogador, que da por hecho la joda peruana, interroguémoslo a él y evitemos así la realización de la profecía autocumplida. En todo caso, propongamos dos réplicas: "jodidos estuvimos siempre" –que es como no estarlo o solo estarlo por comparación– y "la joda es algo relativo", pues depende de la propia situación. 
Fernando Iwasaki
Escritor
A mi edad he llegado a la conclusión que los países no se joden, sino solo tienen gente jodida en las dos acepciones que empleamos los peruanos. No obstante, si tuviera que proponer un hecho histórico en particular, diría que lo que nos jodió a todos los países hispanohablantes fue la expulsión de los erasmistas de España y sus dominios en el siglo XVI.
Jorge Pimentel
Poeta
Nunca ha habido un momento en el que se jodió el Perú. Siempre estuvo jodido y siempre lo estará hasta que todos los peruanos empiecen a leer poesía.
Hugo Coya
Periodista
El día en que muchos peruanos honestos decidieron elevar a la cúspide a personas de estatura moral pequeña. En el momento que esos peruanos honestos renunciaron a la política para ser seguidores de líderes mesiánicos, de falsos salvadores de la patria. En el momento que permitimos que se vulneren nuestros derechos, que nos discriminen en razón de raza, sexo, origen, condición social, económica y se niegue el reconocimiento a nuestra mayor riqueza, que es ser un país multiétnico y multicultural. En el momento que los peruanos nos creímos la ilusión de la llegada del Primer Mundo sin advertir que antes había que abandonar el tercero. En el momento que olvidamos que esa, como todas las ilusiones, siempre se acaban cuando cae el velo de la mentira. 
¿Cuándo dejaremos de estar jodidos? Cuando dejemos de concebir que la condición de jodido es sinónimo de peruano. Cuando nos sacudamos del divisionismo, de los prejuicios arcaicos y miremos al futuro no solo con esperanza sino con inteligencia. Cuando esa pregunta que tan lúcida y jodidamente se hizo Zavalita sea solo una frase dentro de una genial obra literaria y no el reflejo de una sociedad que, de una vez por todas, debe virar hacia una auténtica modernidad. 
Rafo León
Escritor
Al establecerse en territorio peruano la sede del virreinato, se instala un modelo de saqueo de los recursos naturales y de explotación de los indios. La depredación, la corrupción, el rechazo al trabajo, el racismo, la doble moral, el centralismo, la unidad entre poder civil y religioso, el proyecto deliberado de no alfabetizar ni educar a los indios. Todo lo que hoy nos sigue jodiendo.
Hugo Neira
Historiador y ensayista
Pésima pregunta. Pero por amistad respondo. Un país que engendró un Garcilaso, Vallejo, incluso Vargas Llosa, no se ha jodido nunca. Olviden esta frase que impide pensar. La literatura tuvo su gloria en el siglo XIX. ¿No pueden extraer una frase de Basadre? ¿No se han enterado de que estamos en otra era?