La Chama



Por: Néstor Rubén Taype
Pese al mal tiempo el avión arribó al aeropuerto esa madrugada. El cielo aún obscuro dejaba caer una lluvia incontenible tan fuerte como el llanto que ella había tenido durante todo el viaje desde su país. No podía haber mejor escenario aquella mañana que graficaba exactamente su sentir. Terminado todo el protocolo que toma la salida del aeropuerto de Nueva York, Amanda recoge sus  maletas y sale entre la lluvia para abordar el auto de su esposo que la llevará a casa. Él sabiendo la importancia que había tenido ese viaje no le hace preguntas pero sospecha que las cosas no salieron bien.

Quince años antes en un barrio de Caracas Amanda había decidido definitivamente salir a los Estados Unidos, no quería seguir viviendo con su conviviente, a quien había sorprendido con otra relación. La vida familiar había resultado un completo fracaso a pesar de los dos hijos, uno  de cinco y el otro recién nacido. La principal oponente a su partida resultó ser su madre, quien le rogaba que rectifique su decisión, que pensara en los niños que eran la responsabilidad mayor. Ella argumentaba que lo hacía por ellos para darle una vida más apacible y de tranquilidad económica, que enviaría dinero para que no les falte absolutamente nada. La decisión estaba tomada y sin mediar ninguna duda ella fijo fecha de partida. Se sentía absolutamente segura de lo que hacía, se sentía joven y no quería sentirse humillada por un marido abusivo que no la respetaba. Las infidelidades habían sido continuas desde el primer embarazo, - no más – se dijo.

El día de su partida había un sol esplendoroso su madre la acompañó con sus dos hijos y otros familiares, Amanda abrazó a todos y sintiéndose muy fuerte se tragó sus lágrimas, mientras el pequeñín mayor de sus hijos la miraba sin comprender bien que es lo que estaba pasando y que años después se lo recordaría. Su ingreso a los Estados Unidos se dio sin inconvenientes como una turista de  tantos que llegan al país. Su hermana la esperaba en el aeropuerto y la recibió en su casa. Lo demás era la rutina que no olvidaría nunca. Trabajar y ahorrar, hacer horas extras y cuando no las hubiera conseguir el part-time para que ayude un poco más a la economía familiar. Aprendió a salir a trabajar a pesar del frio, la lluvia, la nieve y todas las plagas que el clima en este país nos hace sentir. El invierno, el terrible invierno con jackets, chalina, guantes, gorras, orejeras, las cremas para evitar la resequedad de las manos y piel, el chapstik para los labios, los térmicos, pantalones y poleras, todo lo había aprendido bien. Las rutas de los buses cuando aún no había los APP o el GPS, solo había que confiar en el itinerario impreso que publicaba la empresa de transporte público. Pero también había la opción de caminar, caminar, caminar, cuadra tras cuadra, cuando había que ahorrar en transporte.

Cada fin de semana tenía la cita con la librería de la ciudad, que era el lugar donde podía tener acceso a una computadora e internet y comunicarse con la familia vía correo electrónico. Igualmente a las cabinas telefónicas que rentaban las casas de envíos. Cinco minutos para una llamada por cada depósito que se hacía. Bajo esta rutina estuvo poco más de un lustro tratando siempre de ubicarse en los mejores trabajos y esmerándose en hacerlo bien a fin de lograr los aumentos esporádicos que se conseguía además luchando contra su situación migratoria, que era el peor castigo. Ciertamente logró tener estabilidad al conseguir un buen empleo en un warehouse de ropa. Tomaba el tren diariamente para su casa y de la estación caminaba unas quince cuadras A veces sola, otras acompañadas por compañeras de trabajo, quienes al saber su nacionalidad la llamaban “la chama”. Las amistades le permitieron salir de ese círculo rutinario del trabajo y la casa. Era sumamente alegre y participaba en las frecuentes fiestas y reuniones con sus colegas. La hizo sentirse mejor el compartir amistades, cuidándose de no relacionarse con el corazón. Esta situación le ocasionaba continuas dificultades por el asedio de muchos amigos, pero ella no deseaba mantener ninguna relación sentimental hasta no conseguir sus objetivos. Sin embargo en ese trajín del día a día le daría algunas sorpresas. La avenida principal de la ciudad estaba llena de negocios, restaurantes, talleres automotrices, comida china, clínicas dentales,  etc, etc. Dentro de ellas había un mini market y  uno los  empleados había estado interesándose por aquella dama que pasaba todos los días casi a la misma hora.  Era costumbre de aquel personaje dejar todas sus actividades a esa hora y vigilar cuidadosamente el momento en que la dama aparecía con su  bolso al hombro y caminando a paso seguro y con prisa, sin saber que alguien la observaba. El compañero de aquel vendedor se había percatado de la inquietud de Mario, el maduro español de pretender buscar novia porque decía que no es bueno que el hombre este solo, parafraseando esa frase divina en el momento de la creación del mundo.

-          Otra vez Mario, soñando con la muchacha

-          Tengo que armarme de valor y salir a presentarme un día.

-          Claro, de paso te presentas con un ramo de rosas

-          ¿Y porque no?  No es mala idea, pero que iré, claro que iré

La enorme luna empequeñecía su figura, mientras miraba al frente y cuando aparecía ella, él le hablaba, le decía su nombre y la invitaba salir, un monólogo como si fuera el ensayo para el día de la verdad. Ella pasaba indiferente apurando sus pasos, tratando de llegar a su domicilio, huyendo del frio o del calor o del viento. En la comunicación con su hijo por sus diez años, Amanda le prometía un lindo regalo que ya había coordinado con su madre y trataba de entusiasmar a su hijo haciéndole una pregunta de rigor que después se arrepentiría.

-          ¿Qué otra cosa quieres que te regale, aparte de la sorpresa que te daré con tu abuelita?

-          Que vengas mamita, que vengas un ratito y después te vas, pero ven.

Allí se terminó la fiesta, su situación  irregular no le  permitía volver aún y esa noche no durmió atormentándose por el deseo del pequeño.
Cada día en el trabajo durante la hora de almuerzo el diálogo muchas veces se enfocaba en los problemas personales de cada compañero. Ella oía a una decir que ya había ahorrado lo suficiente y era momento de partir, inclusive señalando fecha, cinco años había sido suficiente. Otro manifestaba que no veía a sus hijos hacia diez años y que ya no regresaría a su país porque todo se había quebrado por su dilatada ausencia y que estaba iniciando una nueva vida aquí. Se daba cuenta que la migración hacia estragos en las familias, no solo para los que venían solos, sino también a las familias completas. Era el caso de algunas que a pesar de llegar con hijos, las parejas terminaban separándose, buscando cada quien su mejor futuro. Escuchaba con temor aquella afirmación dicha por una compañera – “si vienes sola aquí y tienes hijos allá, tienes que escoger entre dos opciones, o eres madre o mujer. Te quedas y haces vida nueva o regresas con los tuyos”

Una de esa tardes de verano en que el sol alumbraba con total esplendor, el español  había decidido que ese  día no esperaría más, que su corazón le había dicho que no se prolongará más el sufrimiento y el plazo había terminado. Ansioso se asomó varias veces a la enorme ventana para divisar si desde cuadras más atrás se acercaba ella. Finalmente la observó que subía como siempre a pasos muy apurados y que cruzaría  por su puerta inexorablemente y estaría a su vista como todos los días, sin que ella lo supiese. Sin pensarlo más salió y la esperó, ella no pasaba precisamente frente al mini market, sino en la otra acera. Él le hizo señas haciendo gestos con las manos, pero ella ni lo miró, ni se percató. Desesperado que esto no funcionara se le escapó el silbido, ante el cual ella volteó sorprendida. Él quedó mudo y luego de cruzarse las miradas en silencio por unos segundos, ella continúo caminando. El español corrió tras ella luego de cruzar apresuradamente la pista. Al subir la vereda chocó levemente y trastabillo y allí precisamente ella volteó y no pudo evitar sonreír, aunque hubiera querido reír a carcajadas al ver como el tipo trataba de no caer de bruces y luego de algunos grandes pasos consiguió recuperarse y quedar en pie.

-          Por favor, espéreme..

-          ¿Usted me conoce?

-          No, no, soy Mario Zavalaga, español, manager de un mini market y vivo aquí en Nueva Jersey – y le extendió la mano

-          Mucho gusto - Respondió ella con cierto recelo.

Se disculpó por la forma como se había presentado y trató de ser lo más formal que podía. Puede decirse que hubo química, pese a la forma como sucedieron las cosas. Al mirarlo sintió como que aquella persona tenía algo que ella no encontró en otros pretendientes, no sabía que cosa, pero se sintió halagada por la educación en su trato y aceptó intercambiar sus números telefónicos para conocerse un poco más. La chama aceptó el reto que la vida le ponía y por lo inusual del encuentro dijo que se las jugaría con este tipo. La relación prosperó y luego se formalizaría. Se fueron a vivir juntos con la perspectiva de casarse a mediano plazo, lo que ocurrió finalmente. Arreglado el tema migratorio la chama consiguió un  empleo estable y como  todos, lo primero que hizo fue comprarse el siempre ansiado auto para movilizarse en este país.  Durante la relación y antes de casarse, ambos se confesaron mutuamente sobre sus vidas pasadas, como suele ocurrir y jurar que era la verdad y nada más que la verdad para evitar reclamos posteriores. Él se había divorciado hacia muchos años y tenía una hija que casi no lo veía y vivía en otro estado con su madre. Ella le comentó sobre sus dos hijos y el deseo más importante era traerlos una vez que estuviera en condiciones de hacerlo. Esa propuesta no era del total agrado de su pareja, acostumbrado a su soledad, pero había aceptado esa posibilidad por amor a su ahora esposa.

La chama comenzó a adecuarse a su nueva vida con su pareja y también preparando el  viaje a su país a ver a sus hijos con quienes siempre estuvo en comunicación y jamás descuido su economía para mantenerlos cómodos en un país con muchos conflictos políticos. Terminado todos los preparativos para el soñado viaje le recordó a su esposo que la idea, si prosperaba, era traer a sus hijos y que confiaba en su apoyo. Él era un hombre solitario a quien solo pudo cambiar la rutina de su vida aquella mujer que despertó una segunda oportunidad que ya creía perdida. La idea de vivir con “hijos” definitivamente no iba con él, su “soledad” había sido lo más importante en su vida, pero en fin se había resignado por amor convivir con aquellos muchachos que desconocía completamente. El día había llegado, previamente la chama había comunicado a su madre la fecha en que llegaría y que avisara a sus hijos y demás familiares. Iba con la maleta llena de presentes, y el corazón desbordado de ansiedad. No quiso que nadie la llevara al aeropuerto, ni su hermana ni su marido, prefirió un taxi. El camino a Newark estaba acompañando de un sol esplendoroso, en el camino el auto se detuvo en un semáforo y al costado por los arbustos de la carretera vio a unos patitos acompañados de su madre que en fila ordenada la seguían. El espectáculo la emocionó. Llegando al aeropuerto todo lo familiar le llamaba la atención, las parejas con sus hijos, las escenas de despedida y también los reencuentros, esos abrazos prolongados y las inevitables lágrimas.

Estaba anocheciendo en el aeropuerto de Caracas, el descenso le pareció larguísimo como si nunca llegaría. Finalmente estaba saliendo al lobby y allí divisó a su madre con muchos familiares que la saludaban agitando las manos. Los abrazos fueron interminables, especialmente de su madre que no cesaba de besarla y acariciarla, tal como ella hizo con su hijo mayor. Más calmada preguntó por el menor, le dijeron que por un resfriado se había quedado en casa. Durante dos días las conversaciones fueron frecuentes preguntando por fulano y zutano, algunos fallecidos y otros que también emigraron por los problemas del país. Finamente a solas con sus hijos le contaron que el padre trajo muchas novias y que nunca se quedaba con ninguna a pesar que un par de ellas fueron muy buenas con ellos. Al principio no quiso aceptar que la química con sus hijos no se daba, ellos tenían el comportamiento como cuando  dialogaban por teléfono, distante y su encuentro no fue como ella esperaba. La respuesta más radical la recibió del menor que recién la conocía en persona. Ella pensó que con las fotos enviadas con las modernidades de las comunicaciones las cosas iban a ser mejores. Soy tu madre – le dijo. Él respondió que le daba mucho gusto conocerla y le agradecía todos los regalos q le envió y que nunca le falto nada durante su ausencia por el dinero que ella enviaba a la abuela. Ella lo abrazo repetidas veces para sentir su reciprocidad, pero esta no  llegaba.  Al quedar a solas con el mayor pensó culpar al padre por desprestigiarla y hacer que sus hijos estén en contra de ella, pero prefirió no hacerlo.

-          ¿Quieres venir conmigo y tu hermano a los Estados Unidos?

-          No mami, sabía que era la pregunta obligada, además ya me la habías insinuado varias veces. Estoy en el primer año de Derecho y no quiero detenerme.

-          Hijo, las cosas no están bien aquí.

-          Mami, estaba preparado para esa pregunta, nos quedamos.

-          Ok, no voy a insistir. Eres todo un joven y muy guapo hijo – mientras acariciaba su cabello.

-          Mami, recuerda, tenía cinco años cuando te fuiste, pero ahora que has vuelto y tu familia está aquí ¿por qué no te quedas?

-          Ya te lo he comentado decenas de veces hijo, lamentablemente no puedo.
El golpe más duro fue ver al  menor que la miraba como a una extraña, era como si hubiera llegado cualquier persona menos su madre. Cordial sí, pero distante y contrastaba su atención y el trato con la abuela, y aunque no deseaba reconocerlo, sentía envidia. Quince días fueron suficientes, todo estaba dicho y tenía que sobreponerse a la realidad, el tiempo paso rápido pero no en vano, había dejado citarices. Su madre trató de consolarla y explicarle la actitud de sus hijos, de los efectos de su alejamiento. Le decía que ellos la querían a su modo y ella debía de entenderlos. Tuvo un par de reuniones muy formales con su ex marido sobre el interés mutuo de sus hijos, siempre con la presencia de su madre. Tenía en la punta de la lengua las ganas de culparlo por todo lo sucedido, pero sabía en el fondo que después de su partida, no todo era culpa de él. La chama decidió regresar muy compungida y deprimida por no haber tenido éxito es sus intenciones de traer a sus hijos. Tomó su avión de regreso a ese país que supuestamente le iba arreglar su vida, sin embargo había conseguido simplemente enredarla más. Al llegar al aeropuerto subió  el auto donde esperaba su esposo, no hablaron durante el trayecto a casa, solo los acompañaba el ruido de una torrencial lluvia. Amanda trataba de interpretar lo sucedido y ver en qué parte se equivocó, analizó una serie de hipótesis buscando una respuesta lógica. Se dio cuenta que era difícil luchar las circunstancias que te impone la vida, quizás algunas cosas que pudo hacer y no las hizo. Finalmente él estaba a su lado y no la dejaría nunca, como se lo había prometido. Reflexionaba sobre aquella demoledora frase de su compañera de trabajo “O eres madre o mujer, tu decides”

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