Munich


Nos dio las ocho de la noche y tal como habíamos acordado estábamos los tres marcando nuestras tarjetas saliendo juntos con rumbo a tomar unas “chelas” en el Múnich. Este conocido bar se encontraba en la calle Belén, muy cerca de la Plaza San Martín, donde estaba la Oficina de Pasajes y Reservaciones de Faucett.
Luego de salir muy apuraditos cruzamos la avenida Colmena, la pollería Branza y después el cine Colón, camino a lugar comprometido.
Llegamos y bajamos las escaleras estrechas de este bar hasta llegar a una de las mesas en la que nos acomodamos. En aquella época el Múnich era un lugar muy frecuentado por  muchísimos turistas que paseaban por el centro de Lima, especialmente los mochileros.
Ya sentados los tres nos miramos y empezamos a sacar cuentas de cuánto dinero teníamos, luego de contar el sencillo hicimos el cálculo que nos alcanzaría para una rueda de chops por lo menos.
Un mozo muy solícito se acercó a tomar nota de nuestro pedido imaginando quizás que aquellos tres jovencitos que no pasaban de los veinte años y vestidos correctamente con terno azul y camisa blanca, podrían dejarle una buena propina.
Julito con mucha cortesía pidió tres chops para la mesa indicándole que posteriormente haría el pedido de la comida.
La primera rueda se evaporó en un minuto y sirvió solamente para calmar algo de nuestra desesperada sed por probar aquella cerveza, dícese alemana.
Terminada la cortísima ronda nuevamente pedimos la segunda, seguíamos conversando de todo y aunque sabíamos que ya estábamos en deuda y volando con la cuenta, nadie tocaba el tema y continuamos con la fiesta; al fondo escuchábamos al pianista tocando un conocido bolero de la época.
Mientras seguíamos pidiendo más del bendito licor, nuestra preocupación iba en aumento, como también iba en aumento nuestro estado etílico, el que terminó finalmente por imponerse.
De pronto Julito se puso de pie y nos dijo – muchachos me disculpan un momento por favor- porque así era Julito siempre cortés y muy atento.
Nosotros pensamos que iría al baño pero él se acercó al pianista y desde nuestra mesa vimos que conversaban, entonces  levantó la voz y dijo - maestro en re-mayor por favor.
Luego de una excelente introducción por parte del pianista Julito comenzó a cantar... “Clavel marchito del ensueño……… que me enseñaste a querer, dile a quien fuera tu dueño……..”  Escuchamos entusiasmados el bellísimo vals de la guardia vieja tan bien interpretado por nuestro amigo.
Seguidamente continuó con otro vals y remató con la marinera  "Adiós San Miguel de Piura" entonces la pista de baile era un loquerío los mochileros con sus parejas bailaban como podían y nosotros igual saltando con ellos.
Regresamos a nuestra mesa y celebramos la buena voz de Julio, un muchacho que a esa edad lejos de ligarse al rock de moda, prefería cantar los viejos valses limeños.
De pronto interrumpió nuestra mesa un caballero ya entrado en tragos y en años, quien luego de saludarnos le pidió a Julio que le interpretara el vals “ El Espejo de mi Vida”
Éste se acercó nuevamente al maestro y luego de ponerse de acuerdo en la nota, interpretó el vals con mucha emoción y sentimiento.
Aplaudimos a rabiar como todos lo hicieron, Julio regresó con nosotros pero acompañado de una tremenda fuente de lomito al jugo con sus respectivos panes, delicia que terminamos en minutos.
Nos dieron como las tres de la mañana cuando apareció nuevamente el caballero ebrio que pidió el vals. Entonces nos dijo para nuestra sorpresa algo así como –jovencitos todo está pagado - Oscar y yo nos miramos felices de la noticia, pero no esperábamos que Julito dijera - no señor, por favor no se moleste fíjese que no es para tanto. Allí se nos fue la borrachera y lo mirábamos desconcertados, finalmente muy formal Julito aceptó la cortesía del caballero ebrio y a nosotros nos regresó la borrachera de alegría.
Salimos muy mareados y nos detuvimos en la esquina para contar nuestras monedas pero a esa hora ya no había micros, no recordamos como llegamos a casa, pero llegamos.



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