"Ellos" no tomaban prisioneros.






N

Néstor Rubén Taype


Sandro estaba sentado en unas paletas rodeado de cajas, bolsas y demás materiales que se usan en la  factoría de vitaminas muy conocida en el medio. Era la hora del refrigerio y había tiempo para relajarse y comer con tranquilidad. Afuera la nieve pintaba las casas y las calles inundando todo a su encuentro, haciendo la vida más difícil cuando se cansara de echar sus brochazos blancos. Sandro Tenía setenta años y era de pequeña estatura y de contextura delgada, pero con un buen semblante que no mostraba esas siete décadas. Llegó a Estaos Unidos como residente por medio de su hija, a quien  pidió que lo ubicara en algún lugar  para conseguirle un empleo y que los seis  meses de su estadía no fuera en vano.  Lo conocí cuando  llevaba tres meses y ya lo había golpeado el irreverente invierno de Nueva Jersey ; además  algunas factorías le habían hecho sentir la dureza de la vida para ganarse un salario mínimo. Almorzaba frugalmente, nada pesado y no le gustaba tomarse ninguna siesta como hacían otros. Entonces se ponía a caminar dar vueltas por el almacén, donde después de verlo varias veces noté su costumbre de ponerse las manos atrás y una actitud vigilante, en otras palabras como si fuera un policía de barrio, de esos antiguos setenteros y ochenteros que conocía en la Lima de esa época.
¿Has sido tombo?
¿Se me nota?
No, se te rebalsa.

Por la edad tenía problemas para manipular el levanta carga manual y  para otras actividades propias de las factorías, como armar cajas, rapear y hasta usar adecuadamente la cinta adhesiva. Definitivamente había llegado tarde, pero, tenía a favor una inmensa simpatía con sus compañeros de trabajo, quienes por esta razón le ayudaban siempre  para que su falta de maniobrabilidad en estos menesteres pase desapercibida.  Cuando estaba en línea paqueando productos, comenzaba a hacer sus ejercicios como boxeador, Sandrito como lo llamaban, decía que de joven quiso ser  boxeador profesional pero solo llegó a amateur, su madre nunca aceptó sus prácticas en este deporte. En estos intervalos hacia footing  de sogas, como si lo tuviera de veras y además boxin con una pera imaginaria, contaba que su “chapa” era “finito” boxeador que él  admiraba al mexicano  Ricardo “Finito” López y que hubiera querido emularlo.
Compadre, era usted de los que hacían “batidas” para la “leva” y los que visitaban a los billares, ¿verdad?
SI,  pero eran épocas muy  diferente en comparación con lo que ocurre hoy.

Un buen día luego de contarme sus experiencias como policía de la Lima de los setentas le pregunté si había sido  parte en la guerra con el terrorismo, si había llegado a ser asignado en zonas de emergencia o si pasó solo como  policía de la calle en esos años.  Sandro “finito” se puso muy serio y me dijo que si había combatido la subversión de sendero y a los tupacamarus. Me dejó en suspenso al decirme que me contaría algunas experiencias de esa etapa pero al día siguiente pues el refrigerio ya estaba terminando.

El invierno es aquí inclemente y tan duro como el verano, ambos extremos.  Después de la nevada los camiones que limpian las calles salen a hacer su trabajo, dejando la sal para derretir el hielo. Los residentes también salen con sus lampas a limpiar sus puertas y veredas. En las ciudades céntricas los edificios tienen el servicio de limpieza y se ve un desfile de máquinas limpiadoras  de la nieve para facilitar el tránsito de los peatones.  Sandro contaba los días para regresar a Lima, ya estaba harto del invierno, de la nieve, de la lluvia de las tormentas y de lo que tenía que ponerse para abrigarse.  Le quedaban tres meses  y repetía constantemente que jamás volvería, que para una experiencia ya estaba bueno.  Sentados en el comedor de la compañía en la que laborábamos él me empezaba a contar sus experiencia en la sierra de Ayacucho, lugar donde lo enviaron por primera vez en los ochentas. 

Sandro y sus recuerdos


Mira hermano  una noche después del apagón se escucharon los dinamitazos a lo lejos y todos nos pusimos en nuestras posiciones, teníamos que esperar, no podíamos salir. Para mí era primera vez este ataque y estaba con mi arma a un costado de la ventana, nos habían dicho que los terucos podían o no atacar, también lo hacían solo para asustarte, para decir que ese era territorio de ellos, para que el culito te tiemble. Agazapado recordaba las recomendaciones del oficial a cargo quien nos ordenó que durante el ataque guardarse una bala. – Escuchen carajo, escuchen bien, los terrucos jamás hacen prisioneros, si los agarran vivos, los van a cocinar, los van a hacer mierda, ya saben una bala para ustedes, cuando ya se sientan perdidos, se apuntan a la cabeza y ya -. Esperando que este no sea el caso, estaba nervioso y trataba de concentrarme en lo que tenía que hacer, se escuchaban algunos gritos afuera y comenzaron a caer las balas, de refilón pegue un ojo afuera y no veía nada. Felizmente tenia compañeros  con experiencia que me hicieron señas que me avisarían en que momento repeleríamos el ataque.   Atento, en esa obscuridad impidiendo que el miedo asomara a dominarme recordaba el día en que decidí ser policía. Pasé  por la escuela de Villa y no sé qué  se dio por curiosear y entre a preguntar  ¿Cuándo es la fecha para postular? Y ese policía atento y carismático en un par de minutos me dijo un montón de cosas que me convenció que era la mejor carrera del mundo. Pero, no puedo negar que desde muy pequeño me llamaba la atención los policías del barrio. Así postulé e ingresé, para estar ahora en esta esquina de esta comisaria en la serranía ayacuchana, agazapado, esperando el desenlace que me martirizaba cada segundo. Sin embargo no podía evitar pensar que si no pasaba por esa maldita cuadra donde estaba la escuela, las cosas habrían podido ser diferentes, quizás hubiera sido un buen boxeador profesional  o enfermero, cosas que también me gustaban.  Ya cuando me dolía la cabeza de tanta tensión escuché el grito - ¡se fueron los hijos de puta! 
Un día como a las seis de mañana nos avisaron que deberíamos ir a la ciudad cercana a la nuestra, como a media hora.  Había sido atacada por los terroristas de madrugada, el aviso era algo tarde, pero igual nos dirigimos para allá. Lo que encontramos era dantesco, cosas que no vas a leerlo en la prensa formal. Todo estaba reventado y el olor a quemado era insoportable.   Los habían amarrado a los catres y encendieron fuego sobre ellos  ¿Qué sentí al ver ese macabro escenario? Primero nauseas, después una impotencia tremenda y recordé la recomendación de mi oficial,” guárdense una bala, para ustedes, ellos no toman prisioneros”  Ahora si te digo una cosa: si hubiéramos capturado vivo a algunos de esos terrucos, imagínate lo que le hubiéramos hecho, seguramente hoy arrastraría un juicio como los tantos soldados.
Pudimos ver tantas cosas como el narcotráfico y lo suculento que es el negocio, la pobreza  en las comunidades altas, los niños mendigando comida con sus piececitos morados por el frio, sus deditos como aceitunas.  La estadía en las alturas fue terrible, el frio te frisaba hasta los pensamientos, y allí participé en varias patrullas y encontronazos con los terrucos. Luego pasé a la zona de la selva de San Martin, Loreto y el VRAEM. Sobreviví a una emboscada en plena selva, me arrastré hacia la vegetación cercana a la carretera, los terrucos bajaron y remataron a los heridos.  Prendieron fuego a las tres camionetas con lo rematados adentro, solo dos se destruyeron completamente, una se salvó y  allí pasé un par de noches, hasta que me rescataron.  Una vez vestido de civil en la zona agreste de un lugar cercano a un pueblito llamado el Sauce en Tarapoto, una columna de  “cumpas” como le decían al MRTA, nos detuvo. Venia yo de civil  en un camión  que llevaba una docena de cerdos, rápidamente le pedí al chofer, que permitiera quedarme  con los chanchos, pasando como el cuidador de ellos. Me embarré con el excremento de ellos y estaba sentado al lado de ellos, pasaron los cumpas y solo dijeron que tal chamba del pata y se fueron riéndose, no me pidieron documentos, si lo hacían, ya no lo contaba.
He visto muchas cosas y solo agradezco a Dios haber salido vivo después de tantas vicisitudes que tuve como policía. He estado en lugares y situaciones en la que me cagaba de miedo y siempre he sido muy creyente y en esos momentos he sabido encomendarme al señor de los cielos para que me proteja. Claro después de cada situación superada juraba portarme bien como agradecimiento a Dios.  Pero también el pecado siempre estuvo cerca, como en unas vacaciones en Lima, conocí a una mujer muy simpática  y estuvimos viéndonos casi por dos meses.  Pero, no lo vas a creer, un día me citó en una escuela donde me dijo que trabajaba, así que yo fui puntualmente a esperarla y distraídamente leía mi periódico pero de cuando en cuando mirando a qué hora aparecería. De pronto me tocaron la espalda y me saludaron y allí nomas casi me caigo de la impresión: estaba vestida de monja.  Para no hacértela larga y pasado el remezón que me causó, el asunto se resumió en la siguiente frase  “si tú me prometes casarte conmigo, yo dejo los hábitos”  Fue la monja más increible que conocí y obviamente no podía prometerle nada porque ya estaba casado.  Mira en lo que me metes con tu curiosidad, te estaba hablando del terrorismo y he terminado recordando un amor prohibido.  Pero te la termino ya. Sabes que la vi veinticinco años después, quizás la vida nos dio esa oportunidad ¿verdad?  Puta mare, voy a misa con mi familia y en un momento entraron unas hermanitas a pedir donaciones a los feligreses que estábamos allí, indicando que a la salida nos dejarían los volantes. Así, a la salida escuché una voz que me dijo  -  Sandro, ¿puede colaborar  con nosotros por favor? -  era ella y me hablo así, como si ayer me hubiera visto. La abracé hermano, la abracé con fuerza y ella rápidamente me correspondió y con un leve empujón se salió de mis brazos. No pude hablar hasta llegar a casa, tenía un nudo tremendo en la garganta, felizmente la familia no se percató del hecho. No puedo decir que estaba enamorado de ella, pero que sería pues, acaso un sentimiento de culpa. Uf, ya hermano dejémoslo allí, no más.
Fueron muchas las anécdotas e historias contadas por el ex policía un sub oficial que la vida le dio la oportunidad de hacerlo, el viejo como también le decían, renegaba cuando comentábamos sobre los senderistas  que se declaraban prisioneros de guerra y pedían un trato como tales. A lo que él replicaba  - ¿cuándo ellos han tenido prisioneros?  Nunca, que tal concha hermano, que tal concha. Por eso me llevó el diablo cuando apareció el loco Abimael y su “equipo” del mal  en televisión para rendirse, rendirse de que carajo, ¿de qué carajo se iban a rendir? si ya le habíamos ganado por la puta madre.  Sandro se fue al Perú, regresó feliz, se fue con su caminar de tombo, con sus recuerdos que me los soltó como si se sacara piedras de la mochila, de una mochila que quizás le pesaba mucho. Se fue con su viejo cinturón que usaba para no joderse la cadera por las cosas pesadas que tenía que levantar. Un cinturón gastado que no pegaba por lo viejo que estaba, como él, pero que no quería cambiar ni comprar uno nuevo. Esa esa vieja faja que había que asegurarlo con  cinta scotch para que le ajuste y era toda una ceremonia hacerlo diariamente cuando  Sandro lo pedía amablemente. Pero fiel a su estilo bonachón y seductor con las damitas, no pudo evitar el último día en la factoría, que una voluminosa dominicana lo arrinconara contra la puerta de salida y le estampara  un beso, según dijo ella  - en nombre de todas -.
Buen viaje viejo, que disfrutes el re-encuentro con la patria – le dije
Oe – replicó – ¿en serio vas a escribiré sobre mí?
Claro compadre, claro que sí.

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