domingo, 17 de mayo de 2015

¿Y ese par de piernas?


Por: Néstor Rubén Taype
El centro de Lima aún conservaba cierto orden antes de ser asaltada por los ambulantes. Existía una numerosa cantidad de agencias de viajes que tenían como punto medio la Plaza San Martin. El Jirón de la Unión y la avenida Colmena era transitada  por  muchos turistas que se hospedaban en el Crillón y el Bolívar, emblemáticos hoteles que  trasmitían progreso. El país había dejado atrás una prolongada dictadura y un engranaje político había trabajado exitosamente para su reencuentro esperado con la democracia. Los partidos políticos en su lucha por los votos en las nuevas elecciones estaban en pleno apogeo y un candidato ofrecía explícitamente el retorno de los medios expropiados por la dictadura a sus antiguos dueños. En ese entonces  trabajábamos para una prestigiosa línea de aviación nacional que había instalado sus oficinas de atención al público en el viejo hotel Bolívar.  
Alli  recibíamos diariamente la visita de los agentes de viajes y público en general.  Dentro de este ámbito aerocomercial existía una gran cantidad de personas que habían pasado buena parte de sus vidas en este negocio, como también bullía una nueva generación de jóvenes que ingresábamos por primera vez a la vertiginosa vida de los viajes y turismo. Éramos los veinteañeros de principios de los ochentas, muchachos que luego del fragor del trabajo salíamos a tropel como si fuera el recreo de la escuela rumbo a la diversión  a como dé lugar, tratando de aprovechar las horas que teníamos disponible hasta el día siguiente.  Queríamos disfrutar la vida como si esta se fuera acabar mañana mismo.   La convivencia con las agencias de viajes fue como una gran familia a pesar que esta se dividía entre las dos más grandes aerolíneas nacionales de aquella época según sus preferencias. De allí que nacen dentro de esta familiaridad muchísimas anécdotas  y algunas de ellas resultan  simplemente inolvidables. 
Recuerdo a Liza, una bella jovencita que parecía haber salido recién de la secundaria, haciendo sus pininos en una agencia de viajes que manejaba el  segmento de turismo receptivo. Su oficina se encontraba muy cerca de la nuestra y por esa razón de vez en cuando la teníamos visitándonos por razones de su trabajo. Un buen día nuestra amiga  tuvo un serio problema de conexión con un grupo de turistas americanos que se habían quedado varados en Lima, muy preocupada me llamó para decir que vendría a la oficina y buscar una solución. Aquella mañana se apareció estrenando uniforme, blusa y falda distribuidos en  colores de azul, blanco y rojo. A pesar de encontrarse muy contrariada por el problema surgido hizo esfuerzos para hablarme con la mayor  tranquilidad. Indudablemente pese a su juventud trasmitía la sensación que era una mujer de armas tomar. Hubiese deseado hacerle algún comentario sobre la nueva tenida en la que estaba enfundada y que lucia impresionante,  pero el momento no lo ameritaba ni tampoco su humor. La ganancia visual era imperdonable no hacerlo, así  que preferí guardarme mis flores y grabar en mi disco memorioso la imagen presente.
                   - Bueno amigo, ¿crees que tu jefe puede recibirme?

          - Si, él ya sabe, solo déjame avisarle a la secretaria que ya estás aquí.
Al regresar a mi escritorio ella me contaba con detalles todos los inconvenientes que estaba  teniendo y la presión constante de su gerente que llamaba desde su oficina central de Miami; de pronto aparecieron dos compañeros que haciéndome señas me llamaron.

         - Compadre dile a tu amiga que no sea mala compadre, que no sea mala, choche esa   minifalda está prohibida por el gobierno, dile que la vamos a denunciar por abusiva.
Sus palabras salieron casi susurrando y con una seriedad que parecía estar dando una mala noticia, el otro lo acompañaba con el mismo gesto adusto, todo era un ardid para husmear a la presa, tremendos tiburones que eran.
Entre tanto el tiempo seguía transcurriendo y nuestra adorable visita comenzaba a incomodarse. Se sentaba y se paraba continuamente y entre que leía la revista Tráfico para entretenerse, su rostro tomaba diferentes colores; de una palidez mortal pasaba a un rojo encendido de furia retenida, su cabello negro parecía más negro que de costumbre.

         - ¿A qué hora crees que me va a atender tu bendito jefe amigo?
Estábamos cerca de una hora de espera y el reciente y novísimo jefe de ventas no salía y la secretaria tampoco  la llamaba pese que yo había ingresado repetidamente a decirle que el caso de esta agencia era urgente.  Tan impaciente la veía que en algún momento me  imaginé que ya no resistiría más y se iba a ir directo a la oficina del jefe y después de patear la puerta le diría en su cara pelada por qué demonios no la atendía.  Después  pensé que con toda razón explotaría y se iría defraudada de mi poca ayuda, y diría que mi jefe era un tal por cual y que buscaría en el aeropuerto una mejor ayuda en la gerencia comercial. Sin embargo sacándome del escenario donde yo me encontraba, tenso y preocupado, me dijo – ¿y no me has comentado nada de mi nuevo uniforme? – yo sorprendido solo dije – oye esta chévere - Chévere era una estupidez con lo que le hubiera dicho realmente, pero no me dio tiempo a relajarme como ella sorpresivamente lo estaba. 
       
          - Préstame tu baño amigo porfa – me dijo

         -  Allí mismo - le dije, señalándole el lugar.

Dos compañeros que pasaban, al verla retirarse, se me acercaron a ametrallarme a preguntas sobre la “flaca” y decirme que casi todos los “patas” de reservas habían salido a ganarse.  A los pocos minutos ella  regresó  y me pidió que por favor vaya donde mi  jefe por última vez para saber si la recibiría o no.  Justamente en esos momentos llegó el mensajero de su agencia para decirle que su gerente urgía hablar con ella lo más antes posible. De pronto nuestro esperadísimo jefe que tenía un típico nombre ruso, salió por fin a decirle no sé qué cosa a la secretaria. Luego su vista se dirigió a mí y después a nuestra amiga, entonces haciendo un ademán con la cabeza me indicó que me acercara.

          - ¿Quién es ese par de piernas?  me dijo casi susurrando.

          - Alguien que te está esperando hace casi una hora.

          - ¿Y porque no me avisaste?

           - Claro que te avise, ella es de la agencia que tiene el problema del grupo de turistas   varados en Lima – le volví a recalcar.

          - Sí, pero no me dijiste que…..

          - Estoy escuchando todo chicos – dijo la secretaria

          - Ok, dile que pase, ¿cómo se llama?

          - Liza, se llama Liza y es de la agencia, bueno, aquí lo dice en su carta, te lo dejo.
El jefe llamó a mi anexo a darme las indicaciones respectivas de cómo se arreglaría el problema del grupo y los gastos que la empresa iba a cubrir.
Finalmente nuestra amiga salió muy contenta y satisfecha por las atenciones brindadas.  Me dio las gracias por la ayuda prestada y fue hacia las escaleras para retirarse, pero se detuvo y regresó.

         - Oye amigo – me dijo - tus "patas" son unos sapasos, y tu jefe también, bye,bye.

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