La Iglesia Adventista de Pando y su historia, 25 años después.


Foto: La hermana Tula de Taype y su nieto Rubencito


Por: Néstor Rubén Taype

La gran pista parecía un río extenso, larguísima, separaba por un lado las lomas desérticas de una zona que apostaba por un nuevo futuro tratando de crecer en medio del gigantesco arenal.
Y del otro, en la parte baja de las lomas desérticas, asomaba las verdes fragancias de una hermosa hacienda de nombre Venturo, que se extendía a lo largo de la interminable avenida y terminaba en las playas de villa.
Este arenal fue poblado gracias a un proyecto del gobierno de turno a cargo de un arquitecto soñador que deseaba darle pinceladas verdes aquel desierto con un proyecto agropecuario, otorgando a cada vecino interesado nada mas que mil metros cuadrados.
Mi madre dentro de su terreno dedicaba buen tiempo a la crianza de palomas, patos, pavos, gallinas, mientras que uno de mis hermanos se esmeraba en el cuidado de los gallos de pelea.
Yo por mi parte con mis seis años a cuestas me divertía mucho con los animales en ese inmenso arenal. Me encantaba ir a la zona alta donde había un enorme criadero de ovejas y chivatos que salían a pasear por la zona, liderada por una quinceañera a quien todos conocían como la “chivatera” Ella iba acompañada de unos cinco muchachos, además de diez fieles perros pastores que eran todo un espectáculo verlos cuidar a la numerosa manada.

Un buen día en que el sol asomaba inclemente en las tempranas horas de la mañana, mi madre divisó en la parte baja subiendo lentamente a una persona que identificó prontamente y dijo:
- Allí viene el pastor Santos.
- ¿Que pastor mami? Si no veo ni una manada de ovejas por alla.
- La oveja soy yo hijo.
Dicho esto yo la miré sorprendido pues no entendía eso que mi madre era la oveja.
Recuerdo haber visto sus ojos nublados por la emoción del momento y luego decir que a pesar de vivir en un lugar alejado, Dios no la había abandonado y la seguía buscando.
Allí por primera vez mi madre me explicó lo que era un pastor pero no de los que yo conocía. Escuché también por primera vez la palabra adventista, nombre que me seguiría por el resto de mi vida de una u otra manera.
El pastor Santos un brasileño muy joven y muy alto, tan alto como su esposa, iba a casa a darle las clases a la familia pero especialmente a mi mami.
Poco después se fundó un grupo en la zona en la que colaboraron muchos entusiastas misioneros de aquella época. Recuerdo uno en particular, era un joven recién salido de la adolescencia muy alegre y bromista llamado Arnaldo Enríquez, un dinámico misionero. También escuchaba nombres de pastores que mi madre me enseñaba cuando asistíamos a la iglesia de Miraflores y que se quedaron en mi memoria como el del pastor Piro y Escarcela.
Mi madre fue una adventista fiel, perseverante y comprometida con su religión con su iglesia. Puedo dar fe que a pesar de las dificultades propias que tiene toda familia, nunca descuido su iglesia.
Fue así que después de mudarnos de aquel lugar llegamos al Cercado de Lima mi madre lo primero que hizo fue buscar la Iglesia Adventista mas próxima a casa. Entonces nos llevaba a diferentes distritos como al Callao, San Miguel y Breña.
Cuando llegamos a los ochentas mamá nos dijo que yo no iríamos mas a la iglesia del Callao y que se había formado un grupo muy pequeño en Pando, bajo los auspicios y colaboración de la iglesia de la avenida España en Breña.

“Antes de retirarme de la vida pastoral tengo todavía una última tarea que cumplir y espero que Dios me lo permita” Había confesado el pastor en una conversación con su cercano colaborador, en aquel entonces el joven Carlos Lucar.
Carlos a quien conocemos como “Cali” nos contaba que el proyecto de la Iglesia de Pando ya andaba dando vueltas en la cabeza de sienes plateadas del viejo pastor que estaba a las puertas de retirarse. El pastor Elías Núñez prontamente pondría en marcha uno de sus esfuerzos más grandes para lograr aquel objetivo soñado.

Regresamos contentos y felices a casa luego de conversar con el médico en una de las rutinarias citas que teníamos para evaluar el embarazo de mi esposa.
Les contamos a mis padres y a mis hermanos que las cosas habían marchado bien y que en unos meses más nacería nuestro primer hijo.
Al mismo tiempo, mi madre también nos daba la noticia que se iniciaba la campaña de predicación en la zona, con la instalación de una carpa gigante para captar nuevos miembros y fundar una nueva iglesia en Pando.
Pronto nuestra casa anduvo llena de gente que venían a almorzar pues mi madre cocinaba y se encargaban de dar pensión a muchos hermanos.
Durante aquella época el desfile de misioneros fue interminable y conocí a muchos jóvenes consagrados que vinieron a dejar lo mejor de ellos para conseguir el éxito en la campaña. Entre ellos un muchacho hijo del pastor Raúl Gómez que en aquel entonces era Presidente de Unión Incaica en Ñaña y que sin ningún privilegio trabajó como un obrero más.
Se instaló la carpa y el orador encargado para tan difícil tarea fue encomendada a un ya maduro y brillante pastor a quien la familia conoció muy jovencito, el Pastor Arnaldo Enríquez.
Ayudábamos a mi madre los fines de semana, mi esposa en la cocina y yo atendiendo a los misioneros, conversando y haciendo más agradable y placentera su estadía en la casa.
Se continuaba trabajando en las calles repartiendo los volantes y también tocando puertas. Mamá me pedía acompañarla, bueno mas bien me exigía y yo complaciente aceptaba aquel encargo que no simpatizara en absoluto. Así pues cuando ella tocaba la puerta y ésta se abría yo ya estaba a una cuadra de distancia, mi madre se reía y me decía que así las puertas del cielo no se me abrirían nunca.
Pero si existía un grupo de hermanos comprometidos con este proyecto y que estuvieron presentes ayudando en mil formas a que el engranaje de esta tarea no se estanque ni se detenga. Eran ellos miembros del pequeño grupo de Pando que se inició en una austera casita alquilada. Uno de sus miembros era la figura del hermano Mego ya muy entrado en años pero que a pesar de su edad fue infaltable cada sábado.
Con la sonrisa dibujada en sus rostros y un ánimo contagiante estaba la familia Lucar, con Oscar, Carlos “Cali”y Grimanesa conjuntamente con su esposo Ángel Cabrera.
El hermano Silas Gonzáles con su inigualable y singular acento amazónico de la mano de su bella esposa Roxana eran infaltables animadores. Cesar Asmat y su esposa Betty, comprometidos con su iglesia. Cesar, al margen de ser un gran colaborador con el proyecto, lo recuerdo con sus sueños, el sueño de conocer el país donde procedía aquella maquina impresora alemana y de la que él era su técnico de mantenimiento.
Recordamos la permanente presencia de la familia Ayte, de la señora María y sus entusiastas hijas Rosa y Carmen.
La numerosa y emblemática familia Canchari, Jorge, Elsa, Bertha, Susana, Julián y Walter Contreras, infatigables en la tarea evangelizadora.
Todos estos hermanos fueron pieza clave y columnas en la que se sostenía esta gran empresa liderada por el pastor Núñez. Su presencia se manifestaba en cada sábado, cada miércoles de noche de oración, las tardes de los viernes para recibir el sábado.
Ellos estaban allí animando la escuela sabática, entonando los himnos, recogiendo las ofrendas, despidiendo a los hermanos al final del culto divino y dividiendo su tiempo en las tareas que la iglesia exigiera.
Igualmente estaba la hermana Micaela Valdez nuestra vecina tan querida por mi madre, quien en compañía de su hija Elita trabajaron entusiastamente en las tareas que se les encomendó.
Muchos jovencitos apoyaban con su presencia en la iglesia, dando sus primeros pasos como adventistas, este otros recordamos a Hugo Gastañeta quien asistía conjuntamente con su menor hermano.
La carpa cerraba sus puertas y la cosecha había sido prometedora, entonces se iniciaba la segunda parte, el terreno ya estaba listo y se tenía que dar inicio a la dura tarea de la construcción.
La infatigable labor del pastor Núñez había conseguido que la difícil y costosa labor de levantar el templo estuviera a cargo del grupo Maranata, quienes iban a realizar esta tarea sin costo alguno, era realmente un éxito y una bendición de Dios.

El pastor Núñez estaba preocupado por el pago del terreno que había sido cubierto en parte pero quedaba un veinticinco por ciento por cancelar. Uno de los miembros del grupo Maranata preguntó cual era la dificultad para iniciar la construcción y una vez enterado del tema se ofreció en cancelar la diferencia. - En ese mismo momento entregó el dinero – nos cuenta nuevamente el hermano “Cali” testigo de parte en aquel entonces.

El grupo Maranata en un grupo adventista con sede en los Estados Unidos y ofrecían este tipo de ayuda que fue oportunamente gestionado por el pastor Núñez.
Ellos llegaron a Pando y el grupo se componía de hábiles trabajadores expertos en diferentes habilidades dentro de la construcción. Para sorpresa nuestra no eran unos jovencitos sino mas bien en su mayoria eran unos sesentones que lucían muy saludables y bastante fuertes.
Fue todo un espectáculo verlos trabajar y ayudarlos, eran muy hábiles en el manejo de sus maquinas modernas que nosotros no habíamos conocido tan de cerca.
Mi madre continuaba trabajando muy fuerte brindando alimento para los misioneros. Ella no cesaba de agradecer a Dios por no haberla desamparado y haberla buscado siempre.
Decía a todo lugar donde vivió nunca dejo de encontrar un adventista que le hacia recordar que debía integrarse a esta iglesia y consagrar su vida a la evangelización.
Luego que se terminara la construcción del templo aun quedaron muchas cosas pendientes. Mamá procedió a recolectar donaciones de sus caseritos del mercado que graciosamente solicitaba cada vez que hacia sus compras.
Fue así como logró recaudar una cantidad significativa y en coordinación con los directivos de la iglesia se comenzó con la tarea de arreglar el pulpito. Trató, en el tiempo que la vida se lo permitió, proporcionar los materiales que permitieran terminar las instalaciones del templo y cada cierto tiempo se daba el trabajo de recomenzar con la recolección en la que nosotros, sus hijos, tampoco estuvimos ajenos a sus pedidos.
Cargando a su adorado nieto Rubencito, nacido durante la campaña, asistía cada sábado ayudando a mantener la buena cosecha de hermanos.
En sus primeros años, una vez terminado el templo, la iglesia estuvo a cargo de un pastor argentino llamado Carlos Rando y de su hijo Sergio.
Es una segunda historia que se escribió tan extensa como el de la campaña, pero que la contaremos en adelante. Sin embargo no podemos dejar de mencionar a nuevas familias que se integraron al adventismo y que fueron los nuevos soportes en mantener activa la misión evangelizadora de la nueva iglesia.
La familia Sotelo con el hermano Raúl, fallecido prematuramente y la hermana Edelmira y sus hijos fueron los nuevos líderes de la joven iglesia. La familia Silva, con el hermano Juvenal, esposa e hijas, Elizabeth y Chela, continuaron la labor fructífera que iban dejando los antiguos miembros.
Nosotros mudamos a otro distrito y así mi madre quedo viviendo sola en Palomino, la urbanización cercana de Pando.
En cada visita de fin de semana era difícil encontrar a mi madre pues ella pasaba más tiempo en su iglesia que en casa. A pesar de sus ochenta años ella no dejaba de asistir a su iglesia y entusiasmada nos contaba que estaba siguiendo su curso de Profecías de Daniel y que pronto lo terminaría.
Un maligno cáncer acabó con su vida, pero hasta los sus últimos días no cesó en predicar sus creencias. Dentro del hospital hizo innumerables amigos a pesar de las diferencias religiosas. Entre otros de un caballero católico que iba por voluntad propia a leerles la biblia a los enfermos. Él nos decía que aunque no eran de la misma religión consideraba a mi madre como hermanos en Cristo y ambos leían la biblia y oraban.
Ella cerró sus ojos un tres de Marzo muy cercano al aniversario de la iglesia de Pando, la iglesia de todos los adventista, la iglesia de mi madre y que tiene una riquísima historia. Yo espero aun algún día estar tan cercano a ese Dios que mamá adoraba tanto, ese Dios que la buscó en los desiertos tan lejanos como los de Villa y que la recogió cuando fue su tiempo. No sin antes de partir, haber logrado bautizar a casi todos sus hijos y esposo, incluyéndome a mí, que sin poder evitarlo, fui bautizado por el mismísimo pastor Elías Núñez.

Carlos Lucar dice que el pastor Núñez se sintió satisfecho, feliz de haber llevado a un exitoso término un sueño, un compromiso con Dios, un legado para los futuros adventistas. El Pastor Núñez se jubiló unos años después de la fundación de la Iglesia de Pando para radicar en California, hasta que Dios lo recogió hace poco mas de un par de años.

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