Kumar

 



-          ¡Kumar!  - Lo llamó su madre.

Entró corriendo directamente a su dormitorio, que era en realidad un cubo desordenado y pequeño en la que había una cama – camarote que compartía con sus dos hermanos menores y cajas de cartón que hacía de guarda ropa. Su madre lo observaba desde la puerta de la habitación, sabía lo que le pasaba, lo de siempre.

-          ¡Enano!  ¡ratón!

Eran los gritos e insultos comunes hacia su hijo, los niños suelen ser muy crueles y mamá lo sabía. Se acercó lentamente y sentándose a su lado lo acarició suavemente posando las manos sobre su cabeza. El, sollozando le dijo que lo sacara de ese lugar, que se mudaran a otro sitio donde nadie lo moleste.

-          No quiero quiero vivir así, no quiero vivir aquí  mamá- repetía.

Finalmente la familia decidió irse a una ciudad más moderna en ese país enorme y variado que alguna vez fue colonia de los británicos. Al enterarse del traslado de la familia, la escuela a través de su director conversó con el padre de Kumar para decirle que las aptitudes del niño eran muy desarrolladas y que era un brillante alumno. Gracias al apoyo de un familiar con buena situación económica el niño estudió en una escuela particular y ya joven ingresó a la universidad. El camino fue largo y duro, con el tiempo y ya con un hogar consolidado arribó a los estados unidos. Era un químico calificado y consiguió rápidamente empleo en  una  importante empresa. Su talla fue igual desde que cumplió los trece  años y siempre llamó la atención, algo que él supo llevarlo como un lastre y parte de su equipaje. En algunos años después el jefe de control de calidad, puesto que se la había asignado, sería el nuevo manager de la planta. Era una empresa que se dedicaba a la fabricación de vitaminas de diferentes compañías. Kumar al día siguiente de su nombramiento como nuevo manager, fue muy temprano a la compañía e ingresó  al área de las maquinas, allí donde se hacían los preparados de sus clientes. Tocaba cada uno de estos instrumentos, casi los olía, los acariciaba, los observaba con detenimiento cada tubo, tornillos, las correas, los tornos, los containers.  Se había estudiado todos los manuales y se conocía cada pieza de esa enorme maquinaria que lo acompañaría para el resto de su vida. Sin duda era vanidoso, con un ego enorme, quizás tratando de equiparar en su desempeño la falta de talla que era lo más evidente en su físico. Contaba con un personal muy variado que pasaba por hispanos, europeos, e hindúes, con quienes tenía una  pésima relación. Cada mañana los trabajadores que incluían hombres y mujeres, se reunían en el patio, esperando su presencia. Él llegaba e inspeccionaba que cada quien estuviera con el uniforme requerido, las mallas en la cabeza, los guardapolvos blancos y los protectores de barba, y finalmente los guantes. Todo esto que parecía excesivo, se vino aumentado por una última reglamentación de los nuevos dueños de la empresa: el uso de cascos. Terminada la inspección señalaba al personal  a cuál de los tres módulos serian asignados.  Kumar le gustaba hacer alarde de sus conocimientos de las maquinas cuándo estas no funcionaban por algún motivo. Primero dejaba que los empleados trataran de resolverlo, mientras, se paseaba de un lugar a otro observándolos. Entonces en el momento oportuno se acercaba nuevamente y arreglaba el problema; no sin antes haberles hecho sentir mal por sus errores cometidos. La empresa cambió de administración y todos pensaron que la era de Kumar había terminado, pero se equivocaron. Él, estaba allí confirmado y santificado por la nueva administración y seguiría apretándolos, tratándolos despectivamente, continuaría dándoles las ordenes a su estilo, los miraba siempre como ignorantes a su lado. Kumar en vacaciones paseaba cada año por Mumbai, Nueva Delhi, vistiendo sus mejores ropas, visitando su viejo barrio para hace donaciones y ayuda social.  En uno de esos viajes se encontró con sus amigos de barrio, los malandros que lo agredían de pequeño.

-          Hola ratón elegante, pero lo de ratón no te lo quita nadie – y echaron a reír

Kumar, lejos de molestarse por el atrevimiento y los insultos de aquellos, se  acercó muy sereno.

-          - Tomen mi tarjeta amigos, allí está mi teléfono y dirección, cuando vayan a Estados Unidos y no tengan  que comer, solo llamen que tengo harto queso para darles – les dijo, y se retiró.        


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