El franchute del avión



                                  El franchute del avión
                                    
                                         Jorge Cuba-Luque

Gracioso, el franchute. Gracioso y suertudo pues aquel domingo, como todos los domingos, yo llevaba el correo a Lima al caer la tarde pero, justo ese día, temprano por la mañana, llegó a la base un télex de Palacio de Gobierno pidiendo el envío urgente de una encomienda que un teniente acababa de dejar en la oficina de despachos. Yo estaba limpiado el biplano que suelo pilotear los fines de semana cuando escuché que Elmer me llamaba por los altoparlantes.
     —Para Lima inmediatamente —me dijo ni bien entré a su oficina, apuntando con el índice una mochila verde, de esas que usan los soldados cuando salen a hacer maniobras.
     —¿Inmediatamente? ¿qué hay dentro, tamales calientitos?
     —¡Vaya adivino! —exclamó—. Pues sí, el presidente tiene unos invitados gringos y quiere invitarles un desayuno peruano, uno auténtico, dentro de dos horas; uno de sus edecanes te espera en Las Palmas.
     —¿En Las Palmas, el aeropuerto de la Fuerza Aérea?
     —El mismo, a menos que conozcas en Lima otro aeropuerto llamado Las Palmas.         
     En quince minutos me encontraba ya vestido con mi overol, mi gorro de cuero y mis enormes anteojos contra el viento frente a los mandos del biplano y tras la autorización del control aéreo avancé por la pista de tierra aplanada cada vez más rápido, rumbo norte, hasta tomar vuelo. Era verano, y a esas horas de la mañana, cuando uno vuela de sur a norte, el cielo es límpido, azul, sin nubes, y es lindo ver al este como el sol va asomando por entre los Andes; si uno mira a la izquierda, al oeste, ve algo así como una gigantesca gelatina gris que va y viene despacito, dejando unas líneas blanquitas de espuma, y que no es otra cosa que el Océano Pacífico. Y si uno mira delante, no ve más que tierra, el desierto, infinito como todo desierto. A ningún piloto de los que conozco le gusta el desierto porque creen que en caso de un accidente o un aterrizaje forzoso uno se encuentra en medio de ninguna parte, solo, y a la gente no le gusta la soledad.
     Pero a mí me encantan los desiertos, me encanta sobrevolarlos y verlos desde mi avión sintiendo que miro algo desmesurado; desde hace tiempo, luego de cada vuelo, dibujo en un bloc lo que he visto desde lo alto, como hacía desde chico cuando dibujaba las historias que acababa de leer en un libro, sobre todo si eran de aventuras o de paisajes exóticos. He visto el Sahara, y por eso me gusta sobrevolar la costa peruana entre Ica y Lima, hacer círculos y piruetas o ir y venir alrededor de las líneas de Nazca que parecen dibujadas solamente para mí. Eso precisamente hacía por la quinta vez aquel domingo por la mañana, con el desayuno presidencial bien instalado bajo mi asiento cuando me alejaba del Colibrí, ladeando mi aeronave antes de tomar altura: de repente, el sol que ya brillaba reflejó intermitente algo allá abajo en la tierra. Como me alejé demasiado rápido, decidí dar media vuelta pues ese brillo me pareció raro; avancé hacia el océano y en tres minutos, espantando una banda de gaviotas, doblé y me aproximé de nuevo a la zona de las líneas. Ahora tenía el sol frente a mí, así que me puse de lado, de sur a norte, descendiendo un poco cuando lo vi, en el instante en el que una vez más aparecía el reflejo intermitente, que no era otra cosa que un SOS. Era un avión similar al mío, y el piloto, de pie a un lado de su aparato, empezó a hacerme señas con los brazos. Giré un par de veces a su alrededor y comprendió que lo había visto; me alejé elevándome un poco para volver y poder estar en condiciones de aterrizar cerca de él. Por suerte las líneas se encontraban a una distancia que evitaba cualquier posible daño.

No es fácil aterrizar en el desierto, y menos en un biplano pues si uno no toma firmemente el timón y no estima bien el momento de tocar de tierra, las ruedas del avión pueden enterrarse. Así me vi yo en una fracción de segundos, y comprendí por qué a los pilotos no les gusta sobrevolar los desiertos; sentí, con un impacto, que las ruedas tocaron tierra pero que no se hundieron sino que el avión siguió avanzando hasta que se detuvo o lo detuve de golpe con una frenada más o menos brusca. Me desvanecí fugazmente, y al recobrar la conciencia, lo vi.
     —¿Se encuentra bien, señor? —me dijo, con acento extranjero, el piloto del avión accidentado, trepado a mi biplano, ofreciéndome una cantimplora.
     Asentí, tomé la cantimplora y di un sorbo. Lo miré como preguntándole qué le había ocurrido a su avión, y me contestó que cuando se acercaba a la zona de Nazca su tablero se puso en rojo y decidió aterrizar de inmediato pero, después, ya no pudo volar pues descubrió una fuga de aceite, y de eso habían pasado ya dos días. Me dijo también que era francés y que se llamaba Antoine. Para tener ya dos días varado en el desierto tenía la pinta de alguien que acaba de tomarse una ducha. Bajé de mi biplano y me acerqué al suyo, y sin pérdida de tiempo me mostró la avería. Por suerte no se trataba de nada complicado, y en una hora, con algunas de mis herramientas, reparamos los desperfectos.
     El sol empezaba a golpear fuerte. Le dije que tenía algo de beber y de comer y nos acercamos a mi avión. Era un tipo alto y corpulento, aunque tenía la cara de un oso bueno. Trepé al biplano y del costal con el desayuno del presidente saqué los tamales, y encontré que había también algunas hogazas, dos termos grandes de café, y hasta dos botellas de pisco. Nos instalamos bajo una de las alas e improvisamos una mesita para tomar desayuno.
     —¿Y qué haces por aquí, Antoine?
     Miró al cielo y sonrió, cogió una de las botellas de pisco y observé la esclava de plata que llevaba en la muñeca derecha; “Saint-Ex”, decía la inscripción grabada en ella.
     —La Aeropostale quiere extender su línea de transportes de Toulouse-Buenos Aires hasta Lima, y estoy haciendo un estudio de la ruta.
     —Ah… ¿“Saint-Ex”? —pregunté mirando su esclava; él la miró con curiosidad.
     —Es la abreviación de mi apellido, Saint-Exupéry. Mis amigos me llaman Saint-Ex. ¿Y tú, qué haces por aquí?
     —Voy a Lima, trabajo para Correos del Perú —dudé en continuar y señalé con el mentón el saco que dejó el militar en la base, ahora vacío—. Tengo que llevarle al presidente del Perú su desayuno…
     Saint-Ex soltó una carcajada.
     —¡El presidente se quedó sin desayuno!
     —Eso parece… —me di de pronto cuenta de que ya habían pasado tres horas desde mi partida. Me pareció raro no haber recibido ningún mensaje de Elmer. 
     —Te van a regañar por mi culpa. Merci beaucoup por tu ayuda.
     —No será nada grave. Y no es tu culpa pues yo mismo salí de mi ruta para ver las líneas de Nazca.
     —¡Son maravillosas!
     —Me gusta dibujarlas. Ya desde niño me gustaba dibujar.
     —¡Ah, en tus ojos se ve que eres un artista!
     Lo dijo sin afectación, sentí que era sincero. Trepé de pronto al avión y un minuto después descendí con un atado en que el tenía muchos de mis dibujos, algunos muy antiguos. Me senté a su lado, desanudé las hojas y se las di. Empezó por un dibujo que hice cuando tenía seis años; lo observó detenidamente.
     —¿Por qué dibujaste un sombrero?
     —¡No es un sombrero, es una boa que acaba de tragarse un elefante!
    —Ah, perdón, perdón —dijo Saint-Ex confundido. En seguida se concentró en mis dibujos, en silencio, como si tratara de encontrarles sentido.
   —Esos son los más recientes… —me atreví a decir viendo que estaba tomando demasiado tiempo.
     —Lo sé, has puesto la fecha al pie de cada dibujo…
     —Me gusta dibujar, el desierto me hace ver cosas que no sé si son reales o maginadas.
     —A mí me ocurre lo mismo. Yo también dibujo, aunque sólo de cuando en cuando, sobre todo acuarelas y escribo.
     —Ah, eres escritor… ¿y sobre qué escribes?
     —Sobre la vida de los pilotos, sobre sus experiencias, sobre lo que me cuentan… Sobre lo que yo interpreto de sus historias.
     —Quizás un día escribirás algo sobre nuestro encuentro…
     Saint-Ex sonrió.
—De este encuentro en sí mismo, quizás no, aunque gracias a ti mi avión puede volar de nuevo… —dijo como midiendo sus palabras—. Tal vez pueda escribir una historia sobre algunas de tus experiencias como piloto. Cuéntame una.
     Por lo general, ese tipo de pedidos me parece intrusivo, pero la manera en la que Saint-Ex me lo pidió me dio la oportunidad de contar algo que nunca me atreví a contar a nadie.
     Era la primera vez que sobrevolaba un desierto, me parecía estar en medio del espacio sideral y me puse a recordar mi infancia, a imaginar cosas, cuando de pronto el motor del avión empezó a dar rugidos intermitentes cada vez más fuertes e incluso a salir un humito; de inmediato aterricé con la suerte de no hundir las ruedas en la arena. Estaba ya cayendo la noche y me encontraba tan cansado que no salí de mi asiento sino que, acaso por la tensión, me acomodé lo mejor que pude y me quedé profundamente dormido. Me despertó la luz solar, ya potente a esa hora de la mañana. Miré a mi alrededor como si hubiera olvidado donde me encontraba, recordé de inmediato la avería del motor y de un salto me puse a reparar el motor. Fue entonces que…
     —¿Entonces qué…? —preguntó Saint-Ex, intrigado.
     Continué con mi relato. Me pareció escuchar una vocecilla insistente que se dirigía a mí; miré hacia el suelo y vi un hombrecillo de melena rubia y rasgos finísimos, vestido con un impecable traje azul y blanco, que me hacía señas con las manos. Todo piloto sabe que pasar muchas horas de vuelo consecutivas, en especial sobre el desierto, suele provocar visiones. Pero no eran visiones: el hombrecillo, o más bien un niño, me volvió a llamar para que bajara. Di un salto y estuve a su lado.
     Saint-Ex me escuchaba ahora sonriendo.
   —Ese niño parece un príncipe… un principito. ¿Qué quería?
     El principito (así empecé a llamarlo) me apabulló con preguntas, sin dejarme el tiempo para responderlas: que cómo me llamaban, de dónde venía y a donde iba, si me gustaban las puestas de sol, ti tenía hijos, y muchas cosas más. Cuando por fin se calló le dije algunas cosas sobre mí, y también yo le hice preguntas: quién era y qué hacía en medio del desierto. Aquel encuentro era en sí mismo tan improbable que no me sorprendió cuando me contó que venía de otro planeta, un planeta diminuto perdió en la fondo del espacio.
     Observé a Saint-Ex. Me miraba y escuchaba embelesado.
     —¿Y él, de qué te hablaba?
     De su vida en el planeta en el que vivía, de la gente que había encontrado: hombres de negocio, vanidosos, reyes, guardagujas, alcohólicos, incluso de flores y animales, como las rosas y los zorros. De todo, percibía cosas que nosotros, los humanos, no vemos.
     —On ne voit bien qu’avec le cœur, l’essentiel est invisible pour les yeux —murmuró Saint-Ex en su idioma, como diciéndoselo a sí mimo.
     —Pues sí —le di la razón a pesar de mi francés incipiente. Añadí un par de cosas más sobre mi extraño encuentro y concluí contando que desapareció de pronto, tal como había llegado.
     —Qué experiencia tan linda has vivido —dijo sonriendo ligeramente, poniéndose de pie, mirando al cielo—. Ya es hora de separarnos.
     —¿Escribirás un libro sobre esta historia?
     —Te prometo que lo haré. 
     Había empezado a caer la tarde, pronto anochecería. Era el momento de despegar.
     —Buen regreso a Buenos Aires —le dije al mismo tiempo que nos abrazamos.
Saint-Ex fue el primero en partir. Lo vi despegar y tomar altura hasta que se fue perdiendo en el cielo poco a poco, rumbo al sur. Luego despegué yo, también rumbo al sur, hasta la base; pensé que Elmer me echaría de la empresa inmediatamente. Pero no fue así: me recibió con una sonrisa de oreja a oreja, y tras una conversación ligeramente confusa, me pidió disculpas por no haberme avisado por la radio que un edecán de Palacio de Gobierno le había comunicado que ni el presidente ni sus amigos tomarían desayuno porque estaban totalmente borrachos, y que nadie iría a esperarme a Las Palmas. Me hice el ofendido y cambié de tema.
     Poco tiempo después me matriculé en la Alianza Francesa y llevé cursos intensivos de francés; unos meses más tarde podía ya leer y hablar francés de manera aceptable. Entonces busqué en la biblioteca de la Alianza Francesa los libros de Saint-Ex, y encontré dos: Courrier Sud y Vol de nuit, que leí de un tirón, emocionado.
     Una mañana la radio anunció que los nazis habían invadido Francia tras cruentas batallas que habían ocasionado muchas bajas entre los franceses, que muchos soldados habían sido hechos prisioneros; pero que también muchos otros habían logrado refugiarse en Inglaterra, para volver luego a liberar su patria. Yo sabía que Saint-Ex estaba vivo, algo me decía que había logrado a llegar a Londres sano y salvo.
     Mi primer viaje transatlántico fue a Francia, dos años después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Me paseaba en París una tarde por Saint-Germain-des-Près cuando junto al escaparate de una librería vi una enorme foto de Saint-Ex: se le veía ante los comandos de un avión militar, vestía uniforme y su cristina ostentaba las barras del grado de capitán. Al pie de la foto se leía: “Antoine de Saint-Expéry. 1900-1944”. Me sentí embargado por la pena y recordé nuestro encuentro en el Perú; de pronto reparé en la pila de libros al lado de la foto, tomé uno y leí el título: Le Petit Prince, encabezando un dibujo de un niño pequeñito y rubio, de pie en asteroide o algo así; le di una rápida ojeada, compre un ejemplar, salí de la librería y deambulé por París llorando de tristeza y de alegría al mismo tiempo.

Jorge Cuba Luque: estudió Derecho en la Universidad de San Marcos, donde se graduó de abogado en 1988. En 2004 en la Universidad de Toulouse sustentó la tesis doctoral La presse de Lima et la littérature urbaine au Pérou. 1948-1955.

Fuente: Tomada de la página: elgatodescalzo.com

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