martes, 30 de mayo de 2017

La Educación y los hispanos en los Estados Unidos de América




 ¿CONOCEMOS LA ESCUELA DE NUESTROS HIJOS?         

                      Por: Héctor Rosas Padilla

Conocemos una parte de los Estados Unidos de América. Conocemos Disneylandia, Lake tahoe, Las Vegas, la Isla El Alcatraz, los pueblos donde nacieron Abraham Lincoln y Elvis Presley, y muchos otros lugares de este gran país. 
Para hacer realidad estos sueños, fue necesario ausentarnos de nuestro hogar por algunos días, o sea que empleamos nuestro valioso tiempo para realizar esos viajes que no son indispensables, pero que valen la pena hacerlos para que todo no sea trabajo en nuestras vidas. También, para ampliar nuestros conocimientos de geografía e historia.

Asimismo, fue necesario movilizarnos a lugares que se encuentran, algunos, a cientos o miles de millas de nuestras ciudades, a diferencia, por ejemplo, de la escuela de nuestros hijos, ubicada a pocos minutos de nuestra casa.

Sin embargo ¿cuántos de nosotros conocemos la escuela donde nuestros muchachos comienzan a preparase para el futuro? ¿Cuántos de nosotros hemos puesto los pies, alguna vez, en las aulas donde ellos aprenden a ver el mundo de una manera diferente a como nosotros lo concebimos? ¿Cuántos de nosotros conocemos a sus maestros y a sus mejores amigos?

No es necesario hacer una encuesta para saber el promedio de padres hispanos, por ejemplo, que han visitado la escuela de sus hijos. La cantidad es tan insignificante que da tristeza señalarla. Somos los que menos conocemos esos lugares (nada turísticos) y los que más brillamos por nuestra ausencia en las reuniones de padres de familia.

Recuerdo que cuando mi hijo estudiaba la secundaria en una escuela de Walnut Creeck, California, siempre éramos solamente dos los hispanos que estábamos presentes en las reuniones de padres de familia y profesores que se llevaban a cabo en su centro de estudios. La mayoría de progenitores eran estadounidenses y chinos. Pasaría por alto la escasez de padres hispanos en dichas reuniones si no fuera porque en esa escuela había un número bastante notorio de estudiantes de nuestra comunidad.

¿Por qué lo que menos nos gusta es visitar las escuelas? Y no salgamos con la excusa que no tenemos tiempo para darnos una vuelta por el lugar que debe tener una importancia de primer orden para nosotros, porque ahí se están formando los hombres en quienes recaerá la responsabilidad de llevar a este país más allá de donde se encuentra. Pero, sobre todo, porque ahí permanecen gran parte de su existencia. Tantas horas pasan en las escuelas que es ahí “donde ellos aprenden a socializar, a emprender nuevas tareas y a ser independientes”, según señala Kerr en Educational Research Service Spectrum.

Por su parte, el escritor peruano Danilo Sánchez Lihón manifiesta que “La vida en las aulas son depositarias de los sueños más acrisolados, vibrantes y conmovedores de las familias y de quienes constituyen el recurso más preciado de una comunidad de personas, como son los niños y jóvenes”.

Tenemos tiempo suficiente para embelesarnos con la Muralla China o las ruinas de Machu Picchu, pero no disponemos de tiempo para visitar la escuela de nuestros hijos o sentarnos con ellos en la sala o entrar a sus cuartos para hablar sobre asuntos relacionados con sus estudios o sobre sus predilecciones y preocupaciones. Claro, para nosotros es más importante el trabajo o los viajes o los programas televisivos. Sin embargo, lanzamos el grito al Cielo cuando los muchachos nos vienen con pésimas calificaciones o cuando nos llaman para avisarnos que tenemos que recogerlos de la comisaría local. O cuando nos enteramos que una de nuestras pequeñas hijas no asiste a clases porque tiene varios meses de gestación. 

Esto último se ha convertido en un serio problema, al igual que el suicido de las adolescentes de nuestra comunidad, debido, entre otras razones, al distanciamiento de las madres hispanas de sus hijas menores de edad, así como a la incomunicación entre ellas.

El medio de información online GLOBEDIA publica que de acuerdo al Centro Latino de Investigación “la falta de de una relación estrecha y positiva entre la madres y sus hijas incrementa la posibilidad de suicido en las adolescentes hispanas entre los 14 y los 18 años, que es una tasa más alta que en otros grupos”.

En cuanto a los embarazos, GLOBEDIA publica que “los hispanos tienen la tasa más elevada de embarazos de adolescentes y nacimientos entre todos los grupos raciales del país”, según un reporte proveniente de la Campaña para la Prevención del Embarazo no Planeado de la Adolescente y del Consejo Nacional de La Raza. 

Y a la vez que nos ensañamos con nuestros hijos, por lo que hicieron o por su pésimo rendimiento escolar, nos atrevemos a decir que los maestros son ineficientes y que el sistema educativo de los Estados Unidos de América es el peor del planeta.

Es cierto, la educación en este país no es la mejor y los maestros buenos son pocos. La mayoría son de baja calidad porque no se les ha preparado correctamente y por falta de capacitación. Ah, y si ellos no se desempeñan como debe ser en las aulas de clase es también por razones económicas. “Los maestros ayudan a cambiar el mundo” ha dicho el músico Carlos Santana, a quien una vez entrevisté. Por eso mismo, se debe mejorar su sueldo, porque es vox populi que a ellos no se les paga lo suficiente en relación a lo que aportan a la sociedad. No me cansaré de decirlo: ¿Cómo es posible que un profesor, con preparación universitaria, perciba menos, por ejemplo, que un carpintero o un motorista de autobuses? 

Es cierto, algunas escuelas dan mucho de qué hablar porque se han convertido en escondrijos de delincuentes y los mejores mercados para las drogas. Y porque muchas de ellas se encuentran en condiciones inapropiadas y carecen de los materiales más básicos para la enseñanza.

Pero nosotros, los padres, damos mucho más de qué hablar, porque los que llenan las escuelas son sangre de nuestra sangre y no de los maestros. Estamos tan ajenos a la vida escolar de nuestros vástagos que de lo que menos nos preocupamos es en conocer el segundo hogar de nuestros hijos, la escuela.
HÉCTOR ROSAS PADILLA (Cañete, 1951). Estudió periodismo en la Universidad de San Marcos de Lima. Es autor del poemario CUADERNO DE SAN FRANCISCO (2009), y del libro de ensayos LA EDUCACIÓN Y LOS HISPANOS EN LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA (2010). Escribe para revistas de California y otros países. Ha obtenido importantes premios en las áreas de la poesía y la fotografía. Figura en varias antologías poéticas mundiales.

Es miembro del comité editorial de la revista literaria peruana SOL & NIEBLA que dirige el poeta Juan Carlos Lázaro. Actualmente radica en California.

Libro disponible en amazon.com


Post publicado originalmente  Marzo/2012.

domingo, 14 de mayo de 2017

PALOMAS

Fuente: caretas.pe

Escribe: Julio César Buitrón 

Cuento ganador de las 1,000 palabras de Caretas.

Desde hace algunas semanas las palomas comenzaron a saber distintas. En un principio, creí que mi madre era la culpable. Una de esas tardes me asomé para verla en la cocina y no encontré nada especial. Los mismos cuadrados caían en la olla: tomates, cebollas, apios, zanahorias, también el sudor de su frente. Una nueva manera de preparar la sopa no era la génesis de mi desconcierto, porque ese sabor tampoco desaparecía cuando las palomas terminaban en guisos o frituras. Y estas dudas se diluyeron cuando me atreví a preguntárselo:
-¡Estás loco! ¡Cómo voy a perder mi tiempo con esos pajarracos!
Tenía razón, ella no malgastaría su tiempo en esos bichos con alas. Les guardaba tanto rencor como el que dirigía hacia mi padre.

Después de mi nacimiento, el negocio empezó a dar frutos. En diez se podían contabilizar los ejemplares que mi padre, un simple obrero, a quien le agradaba el canturrear de las palomas, tenía en unas jaulas, cinco a cada lado del corralón, como dos parlantes. Venía de trabajar, cogía el periódico, tomaba una silla y, mientras repasaba las noticias deportivas, las escuchaba. Para él no existía otro pasatiempo ni conocía la radio. Pero los semitonos de su apacibilidad se esfumaron con la divulgación de un alado sabor. La demanda por la carne de paloma se originó de un modo tan inexplicable como el Big Bang. El precio que se pagaba en los mercados despegó hasta las nubes. Mi padre, que situaba en un primer peldaño, jamás alcanzado por las palomas, economizar esfuerzos a la hora de conseguir dinero, decidió ofrecer sus concertistas al mejor postor.
Poco a poco, descubrió que si se dedicaba por completo a este oficio, esos ingresos superarían a los de su salario. Renunció a su empleo. Y las cosas fueron por buen rumbo, al menos por un tiempo. Sus cálculos no se habían equivocado: las ganancias se duplicaron, se triplicaron. Más por complacer el capricho de mi madre, se casó con ella.
La casa creció hacia arriba y el último piso, el cuarto, se acondicionó con mallas como un gran globo de flexibles rejas. Esa endemoniada arquitectura atemorizó al vecindario; luego la admiraron al igual que un castillo, y como mi padre buscaba rentabilidad hasta en sus yerros, se le ocurrió cobrar unos soles a quienes desearan ascender hacia ese boscaje de plumas.
Sin demasiadas virtudes de las cuales enorgullecerse, este sonriente usurero se convirtió en un referente indiscutible de la crianza de paloma, título que ratificaba con unánime asentimiento en las carreras aéreas que se celebraban a pocos días de la primavera y en las que las competidoras debían volar hasta la plaza, travestida en kermesse, y donde el criador las esperaba con los brazos estirados en cruz. Estas fiestas, que permitían a las alas victoriosas formar parte del banquete, concluían en abotargantes comilonas sazonadas con alcohol.
Y así como la vida nos coacciona a creer que existe, el sabor duró lo mismo que un vuelo de paloma. Su carne mudó en sinónimo de desprecio y de señal de mala suerte. Las personas dejaron de comprarlas. Además, quizá por apretujarse en una plumífera esfera que daba la impresión de arrancar en cualquier momento a mi casa de la tierra, comenzaron a salirle mocos de los picos.
Convertido en un ornitólogo heurístico, mi padre no abandonó la azotea. Ya no solo hacía sonidos raros ni pasaba las horas tendido en su perezoso. Llevaba las cervezas de tres en tres, hablaba con las palomas y al hacerlo parecía hallarse en un bar. No se molestaba en conversar conmigo. Su tratamiento no debía interrumpirse. De algún modo las curaba, no sé cómo, y solo sobrevivió un puñado de las más fuertes.
Hasta que un día mi madre se sublevó.
–¡No seas infantil! ¡No seas infantil! ¡Dale un plato de comida! –dijo apuntándome con el índice acusador de su mano derecha.
Pasó casi un año, mi madre simplemente tomó a mi padre por otro pajarraco. Todos sabían que desde meses atrás (¿cuántos?, no viene al caso) se veía con otro hombre. Para esas fechas, ese individuo amable venía a casa, se sentaba a la mesa y comía acompañándonos. No nos preocupó que pudiera encontrarse con quien afincado en su reducto debía ser considerado todavía su rival. En eso no me equivoqué, mi equivocación fue creer que las palomas sabían distintas debido a una receta diferente.
Conmovido por la paternidad que aún le sobraba, mi padre se desprendía de entre tres a cuatro de sus camaradas -interdiariamente amanecían desplumados en un balde en la cocina. Más tarde esa cuota se rebajó a dos, después a ninguna. La enfermedad, robustecida, había vuelto para derrocar a los vestigios de su imperio. Arrinconado en las escaleras que daban a la entrada de su reino, lo vi coger a las palomas, sobarlas frenéticamente y silbarles como preguntándoles qué les pasaba o dónde les dolía. En medio del piso empantanado de un verdor viscoso, ninguna de sus fórmulas tuvo éxito. En las mañanas, mi madre, amontonando en la acera los costales que iban en aumento, no se demoraba en llamar al camión de la basura.
Regresaba. Desde la esquina, vi mi casa despojada de su arboleda mágica. El silencio, mi nuevo silencio, me reveló cuán acostumbrado estaba al rumor de ese mar perpetuo. Vi a mi padre pararse en la orilla de su locura. Los enflaquecidos supervivientes de su séquito se alzaron con él. Muchos otros zureos arribaron desde ignotas direcciones. El cielo ennegrecido recibió el látigo de incontables alas. Quien las dirigía estiró los brazos para después abrazarse a sí mismo. Ululó, las palomas le respondieron y brincó. En ese instante imaginé que irían tras él. Veía que tiraban de su cuerpo hasta llevarlo de retorno hacia el punto de su salto. Sus dedos, su cabello y sus ropas eran halados para evitar el contacto contra el pavimento. Mi padre estaría suspendido en el cielo. Eso imaginé.
Las palomas continuaron llegando. 

                                     

                          Julio César Buitrón  - Autor -