domingo, 14 de mayo de 2017

PALOMAS

Fuente: caretas.pe

Escribe: Julio César Buitrón 

Cuento ganador de las 1,000 palabras de Caretas.

Desde hace algunas semanas las palomas comenzaron a saber distintas. En un principio, creí que mi madre era la culpable. Una de esas tardes me asomé para verla en la cocina y no encontré nada especial. Los mismos cuadrados caían en la olla: tomates, cebollas, apios, zanahorias, también el sudor de su frente. Una nueva manera de preparar la sopa no era la génesis de mi desconcierto, porque ese sabor tampoco desaparecía cuando las palomas terminaban en guisos o frituras. Y estas dudas se diluyeron cuando me atreví a preguntárselo:
-¡Estás loco! ¡Cómo voy a perder mi tiempo con esos pajarracos!
Tenía razón, ella no malgastaría su tiempo en esos bichos con alas. Les guardaba tanto rencor como el que dirigía hacia mi padre.

Después de mi nacimiento, el negocio empezó a dar frutos. En diez se podían contabilizar los ejemplares que mi padre, un simple obrero, a quien le agradaba el canturrear de las palomas, tenía en unas jaulas, cinco a cada lado del corralón, como dos parlantes. Venía de trabajar, cogía el periódico, tomaba una silla y, mientras repasaba las noticias deportivas, las escuchaba. Para él no existía otro pasatiempo ni conocía la radio. Pero los semitonos de su apacibilidad se esfumaron con la divulgación de un alado sabor. La demanda por la carne de paloma se originó de un modo tan inexplicable como el Big Bang. El precio que se pagaba en los mercados despegó hasta las nubes. Mi padre, que situaba en un primer peldaño, jamás alcanzado por las palomas, economizar esfuerzos a la hora de conseguir dinero, decidió ofrecer sus concertistas al mejor postor.
Poco a poco, descubrió que si se dedicaba por completo a este oficio, esos ingresos superarían a los de su salario. Renunció a su empleo. Y las cosas fueron por buen rumbo, al menos por un tiempo. Sus cálculos no se habían equivocado: las ganancias se duplicaron, se triplicaron. Más por complacer el capricho de mi madre, se casó con ella.
La casa creció hacia arriba y el último piso, el cuarto, se acondicionó con mallas como un gran globo de flexibles rejas. Esa endemoniada arquitectura atemorizó al vecindario; luego la admiraron al igual que un castillo, y como mi padre buscaba rentabilidad hasta en sus yerros, se le ocurrió cobrar unos soles a quienes desearan ascender hacia ese boscaje de plumas.
Sin demasiadas virtudes de las cuales enorgullecerse, este sonriente usurero se convirtió en un referente indiscutible de la crianza de paloma, título que ratificaba con unánime asentimiento en las carreras aéreas que se celebraban a pocos días de la primavera y en las que las competidoras debían volar hasta la plaza, travestida en kermesse, y donde el criador las esperaba con los brazos estirados en cruz. Estas fiestas, que permitían a las alas victoriosas formar parte del banquete, concluían en abotargantes comilonas sazonadas con alcohol.
Y así como la vida nos coacciona a creer que existe, el sabor duró lo mismo que un vuelo de paloma. Su carne mudó en sinónimo de desprecio y de señal de mala suerte. Las personas dejaron de comprarlas. Además, quizá por apretujarse en una plumífera esfera que daba la impresión de arrancar en cualquier momento a mi casa de la tierra, comenzaron a salirle mocos de los picos.
Convertido en un ornitólogo heurístico, mi padre no abandonó la azotea. Ya no solo hacía sonidos raros ni pasaba las horas tendido en su perezoso. Llevaba las cervezas de tres en tres, hablaba con las palomas y al hacerlo parecía hallarse en un bar. No se molestaba en conversar conmigo. Su tratamiento no debía interrumpirse. De algún modo las curaba, no sé cómo, y solo sobrevivió un puñado de las más fuertes.
Hasta que un día mi madre se sublevó.
–¡No seas infantil! ¡No seas infantil! ¡Dale un plato de comida! –dijo apuntándome con el índice acusador de su mano derecha.
Pasó casi un año, mi madre simplemente tomó a mi padre por otro pajarraco. Todos sabían que desde meses atrás (¿cuántos?, no viene al caso) se veía con otro hombre. Para esas fechas, ese individuo amable venía a casa, se sentaba a la mesa y comía acompañándonos. No nos preocupó que pudiera encontrarse con quien afincado en su reducto debía ser considerado todavía su rival. En eso no me equivoqué, mi equivocación fue creer que las palomas sabían distintas debido a una receta diferente.
Conmovido por la paternidad que aún le sobraba, mi padre se desprendía de entre tres a cuatro de sus camaradas -interdiariamente amanecían desplumados en un balde en la cocina. Más tarde esa cuota se rebajó a dos, después a ninguna. La enfermedad, robustecida, había vuelto para derrocar a los vestigios de su imperio. Arrinconado en las escaleras que daban a la entrada de su reino, lo vi coger a las palomas, sobarlas frenéticamente y silbarles como preguntándoles qué les pasaba o dónde les dolía. En medio del piso empantanado de un verdor viscoso, ninguna de sus fórmulas tuvo éxito. En las mañanas, mi madre, amontonando en la acera los costales que iban en aumento, no se demoraba en llamar al camión de la basura.
Regresaba. Desde la esquina, vi mi casa despojada de su arboleda mágica. El silencio, mi nuevo silencio, me reveló cuán acostumbrado estaba al rumor de ese mar perpetuo. Vi a mi padre pararse en la orilla de su locura. Los enflaquecidos supervivientes de su séquito se alzaron con él. Muchos otros zureos arribaron desde ignotas direcciones. El cielo ennegrecido recibió el látigo de incontables alas. Quien las dirigía estiró los brazos para después abrazarse a sí mismo. Ululó, las palomas le respondieron y brincó. En ese instante imaginé que irían tras él. Veía que tiraban de su cuerpo hasta llevarlo de retorno hacia el punto de su salto. Sus dedos, su cabello y sus ropas eran halados para evitar el contacto contra el pavimento. Mi padre estaría suspendido en el cielo. Eso imaginé.
Las palomas continuaron llegando. 

                                     

                          Julio César Buitrón  - Autor -

lunes, 3 de abril de 2017

¿En qué momento se jodió el Perú? El dilema Vargasllosiano


Fuente: elcomercio.pe
Hoy, en el cumpleaños 81 de Mario Vargas Llosa, intelectuales y artistas buscan dar respuesta a la legendaria pregunta que Zavalita se planteara hace casi medio siglo en "Conversación en La Catedral", obra cumbre del Nobel peruano.
Gustavo Rodríguez
Escritor 
El Perú terminó de joderse una mañana de setiembre de 1750, cuando el virrey Manso de Velasco confirmó que había dejado de dolerle el canal del pene. 
La noche anterior el gaditano Agapito Morillas lo había asistido, orinal en mano, durante la expulsión de una piedra colosal y fue el único testigo de sus juramentos a Cristo y su madre. 
El criado ignoraba que aquel propósito de enmienda traía los ecos de una reciente carta de Fernando VI. En ella el rey le solicitaba aquilatar un informe confidencial de Antonio de Ulloa titulado “Discurso y reflexiones políticas sobre el estado presente de los reinos del Perú”. El virrey no tuvo que terminar el informe para saber que era acertado. Y aunque intuía que no iba a pasar a la historia como corrupto –aquella noche de evacuación renal ya era el héroe reconstructor de Lima tras el terremoto que cuatro años atrás había tumbado la ciudad–, también era consciente de que no había sido un paladín contra el contrabando, ni contra los sobornos a sus funcionarios, ni contra sus autoridades que expoliaban a los indios con tributos ilegales. La piedra, entonces, lo laceraba abajo, y arriba lo hacía el remordimiento. El virrey clamó que iba a ser mejor esposo, mejor cristiano y el cruzado más temerario contra las redes de patronazgo y soborno, donde era usual que cada virrey cobrara 4 mil pesos para indultar condenados. Verga en mano, lo juró fuerte: Dedicaría su vida y la de sus hijos, junto al rey y sus súbditos más íntegros –como el tal Ulloa–, a desatar esas oscuras marañas. 
Al día siguiente, cosa rara, salió el sol. Le llevaron chocolate a la cama y le alisaron las sedas. 
Qué coño, recapacitó. A los 62 años ya no estaba para mojigangas. 
Eduardo Tokeshi
Artista plástico
Mi país tiene vocación de variante de Pasamayo con niebla, por eso siempre estuvo y estuvimos jodidos. Ese momento cumbre del autofoul se lo inventó Zavalita mirando la avenida Tacna, y ahora, jodidos y enlodados, solo nos queda refugiarnos en esa ciega fe que dice que en este lugar todo está a punto de hacerse, nada está hecho y en eso tenemos toda la ventaja del universo.
Jeremías Gamboa
Escritor
La brillantez de esa pregunta es que no tiene respuesta, o tiene una respuesta demasiado quemante: el Perú se jodió al momento mismo de nacer. Su concepción tuvo como base un hecho asimétrico y brutal que fundó una nación herida y enemistada con una de sus mitades, la indígena. Ahora bien, como cada uno siente que el país nació cuando uno nació, puedo decirte que “mi” Perú se empezó a joder con Alan García y la aparición terrorífica de Abimael Guzmán, y terminó de joderse el 5 de abril de 1992 con el autogolpe de Alberto Fujimori. Aun no nos recuperamos.
Natalia Iguíñiz
Artista visual
Una terca esperanza me hace pensar que no está jodido el Perú, pero definitivamente las mujeres si estamos más jodidas. Un período clave: la Colonia, que institucionalizó al patriarcado y que, en su alianza con el capitalismo, convirtieron el trabajo doméstico en una extensión del “amor” asociado a naturalizar el rol de las mujeres en las tareas de cuidado y lo volvieron gratuito o muy mal pagado, sosteniendo así gran parte de nuestra vida sin mayor valoración y castigando a quienes se salen del rol con discriminación y mucha violencia.
Javier Echecopar
Músico y compositor
La pregunta es incorrecta porque el verbo "joder" está escrito en pretérito y el Perú no se jodió: se sigue jodiendo todos los días. Cuando se encubre la corrupción, cuando se soslaya la impunidad, se sigue jodiendo el Perú. Dejemos de preguntarnos cuándo se jodió y apoyemos a que no se siga jodiendo.
Ramón Mujica Pinilla
Historiador
La pregunta no es "cuándo" sino "quiénes" han jodido al Perú. Antes fue la República Aristocrática. Ahora, es una casta política corrupta y de poder que antepone sus intereses económicos al desarrollo del Perú.
Abelardo Sánchez León
Poeta
Las crisis son cíclicas, y en cada una de ellas uno anda jodido. Lo mismo le sucede a los países. ¿Cuándo se jodió Siria? ¿Cuándo se jodió Haití? ¿Cuándo podría joderse Estados Unidos? Una cosa es joder y otra es estar jodido. El Perú jode poco, la mayoría de las veces anda jodido. Preferimos el melodrama a la comedia. La jodienda de Mario era otra, era la dictadura de Odría, el gris del ochenio. Cada época baila con su propia joda.
Guillermo Niño de Guzmán
Escritor
El Perú siempre estuvo jodido. Pero no se jodió solo, lo jodimos nosotros. “¡Que se jodan!” es una expresión habitual que nos pinta de cuerpo entero. Somos un país a medias, acomplejado y sin identidad, donde a nadie le importa demasiado lo que le ocurra a nadie. Vargas Llosa acertó al plantear esta cuestión crucial y, de paso, nos demostró que la literatura sí puede cambiar nuestras vidas.
Santiago Roncagliolo
Escritor
El Perú se jodió cuando lo inventó Mario. Antes, podíamos ignorarlo alegremente, o considerarlo un agradable jardín de infancia. Pero las novelas vargasllosianas exhibieron su brutalidad, su desigualdad y su violencia, con más fuerza que muchos ensayos o reportajes. Esas ficciones nos obligaron a mirar la incómoda realidad. Pero también nos empujan a cambiarla.
Julio Hevia 
Psicoanalista y catedrático
A fin de desmontar el privilegio del interrogador, que da por hecho la joda peruana, interroguémoslo a él y evitemos así la realización de la profecía autocumplida. En todo caso, propongamos dos réplicas: "jodidos estuvimos siempre" –que es como no estarlo o solo estarlo por comparación– y "la joda es algo relativo", pues depende de la propia situación. 
Fernando Iwasaki
Escritor
A mi edad he llegado a la conclusión que los países no se joden, sino solo tienen gente jodida en las dos acepciones que empleamos los peruanos. No obstante, si tuviera que proponer un hecho histórico en particular, diría que lo que nos jodió a todos los países hispanohablantes fue la expulsión de los erasmistas de España y sus dominios en el siglo XVI.
Jorge Pimentel
Poeta
Nunca ha habido un momento en el que se jodió el Perú. Siempre estuvo jodido y siempre lo estará hasta que todos los peruanos empiecen a leer poesía.
Hugo Coya
Periodista
El día en que muchos peruanos honestos decidieron elevar a la cúspide a personas de estatura moral pequeña. En el momento que esos peruanos honestos renunciaron a la política para ser seguidores de líderes mesiánicos, de falsos salvadores de la patria. En el momento que permitimos que se vulneren nuestros derechos, que nos discriminen en razón de raza, sexo, origen, condición social, económica y se niegue el reconocimiento a nuestra mayor riqueza, que es ser un país multiétnico y multicultural. En el momento que los peruanos nos creímos la ilusión de la llegada del Primer Mundo sin advertir que antes había que abandonar el tercero. En el momento que olvidamos que esa, como todas las ilusiones, siempre se acaban cuando cae el velo de la mentira. 
¿Cuándo dejaremos de estar jodidos? Cuando dejemos de concebir que la condición de jodido es sinónimo de peruano. Cuando nos sacudamos del divisionismo, de los prejuicios arcaicos y miremos al futuro no solo con esperanza sino con inteligencia. Cuando esa pregunta que tan lúcida y jodidamente se hizo Zavalita sea solo una frase dentro de una genial obra literaria y no el reflejo de una sociedad que, de una vez por todas, debe virar hacia una auténtica modernidad. 
Rafo León
Escritor
Al establecerse en territorio peruano la sede del virreinato, se instala un modelo de saqueo de los recursos naturales y de explotación de los indios. La depredación, la corrupción, el rechazo al trabajo, el racismo, la doble moral, el centralismo, la unidad entre poder civil y religioso, el proyecto deliberado de no alfabetizar ni educar a los indios. Todo lo que hoy nos sigue jodiendo.
Hugo Neira
Historiador y ensayista
Pésima pregunta. Pero por amistad respondo. Un país que engendró un Garcilaso, Vallejo, incluso Vargas Llosa, no se ha jodido nunca. Olviden esta frase que impide pensar. La literatura tuvo su gloria en el siglo XIX. ¿No pueden extraer una frase de Basadre? ¿No se han enterado de que estamos en otra era?