viernes, 2 de septiembre de 2016

Casarme quiero


Por: Néstor Rubén Taype

Nueva york es una ciudad maravillosa que al visitarla produce casi siempre un dinamismo tremendo, una ciudad que desborda vida. Inmensas masas de gente desfila interminablemente por sus calles sin importar la hora. Times Square espera  con los brazos abiertos para acoger a los visitantes en su selva de cemento y luces de neón.  Las excentricidades como la capital del mundo no se dejan esperar,  un esbelto tarzán tomando sorpresivamente a una turista que pega un grito entre alegría y sorpresa, mientras sus amigas disparan sus celulares grabando el momento y hacerlo eterno. Una pareja de afroamericanos con saxo y una suerte de batería ambulante ensayan un tema desconocido a ritmo de Jazz. Mas allá los infaltables sudamericanos tocando música folklórica con sus atuendos típicos y unas zampoñas enormes soltando el viento de los andes. 

Ramiro camina entre esa multitud y va rumbo a tomar el tren  diez cuadras más abajo que lo llevará a un  pueblo llamado Harrison, una pequeña ciudad en el estado de Nueva Jersey donde radica.  Salió muy temprano  a Nueva York solo para darse un refresco mental y ver que el mundo no se detiene a pesar de sus dramas personales. Hace  cinco años que vino huyendo del Perú por las  deudas que terminaron agobiando a su familia. Llegó con muchas ilusiones de conseguir empleo  y aliviar sus problemas económicos.  Dejaba allá en Lima, su conviviente y tres hijos. Ramiro era un adulto de treinta y cinco  años. Después de lograr cancelar sus deudas en Perú, comenzó a hacer planes para regularizar su situación migratoria. Ya había perdido la esperanza que el gobierno diera leyes amparando a los indocumentados, las marchas y propaganda de los activistas no daban absolutamente ningún resultado, además creía  que algunos  de ellos eran solo unos simples charlatanes y figurettis.
La vida le tenía preparado un derrotero inesperado. Sin saber cómo ni cuándo se vio involucrado con una joven, divorciada y con dos hijas. 
A pesar de sus cálculos por no relacionarse más de lo conveniente y menos con alguien que ya tuviera familia, la soledad lo había castigado mucho. Se resistía a volver a entrar a su cuarto rentado y pasarse el tiempo leyendo periódicos o metido en el internet. Frecuentar a una pareja, asistir a las reuniones y celebrar las fiestas acompañado durante el año lo había hecho sentirse muy bien.  Trataba en lo posible poner en orden su mente, ¿se estaba enamorando? O era quizás un acercamiento interesado para arreglar su situación migratoria. Por un lado reconocía que sí, que estaba realmente enamorado de esa mujer a pesar de sus hijas. Pero, al mismo tiempo guardaba un sentimiento de culpa por la familia de Lima. La decisión debía tomarse pronto.  
Decía que había sido y era un padre responsable con su familia. Enviaba dinero semanalmente y mantenía una comunicación fluida con sus hijos y esposa. El día estaba como nunca, y el sol resplandecía alegremente entre el tumulto y el caminar de la gente que solo era controlado por los semáforos en cada esquina.  No podía creer lo que le estaba pasando y menos que había decidido, para ser honesto, llamar ese mismo día a su pareja de Lima y contarle su decisión. De pronto entre toda esa muchedumbre que él esquivaba para caminar, un tipo se le acercó y le dio un folletín, era publicidad para una obra de Broadway “Mamma mia”  él lo tomó como una ironía, era quizás una frase que hubiera querido decir ¡mamma mia! en lo que estoy metido.
Ya a bordo del tren meditaba como demonios iba a comenzar a decirle a su pareja  que todo se había terminado o derrumbado, como la canción de Emmanuel “Todo se derrumbó dentro de mí”. Frente a donde se encontraba sentado había muchas personas que él trataba de adivinar su procedencia solo por  distraerse  unos instantes  y pensaba – este pata, es Hindú definitivamente, esos dos más de aquí: americanos-  De pronto una muchacha  habló con su acompañante  soltando algunas frases que inmediatamente Ramiro identificó como colombiana. – Colombiana – pensó – y de paso guapísima como casi todas ellas – continuó. De pronto un señor con rasgos asiáticos le preguntó algo. Ramiro le llegó la pregunta como en cámara lenta, con ese acento japonés y que en primera instancia no lo entendió. Su cabeza seguía descifrando lo que escuchó como un sonido gutural hasta que pasados unos segundos su cerebro reconoció aquella frase “¿train go Newark?” y contestó apuradamente – Yes, yes, yes, last stop, last stop. El tiempo había transcurrido rápidamente  y estaba muy cerca de su estación donde debía bajarse.  La caminata a su departamento le tomaría los quince minutos de siempre. Sentía que la cabeza le iba a explotar de  preocupación. 
De pronto dijo que quizás era mejor no decirle nada, tal como le había aconsejado su  amigo y paisano “No le digas nada choche, hazlo primero y luego ya le cuentas, no  vaya a ser que te desanimes, tu eres medio zanahoria, por no decirte medio huevón. La vida es una lucha, una guerra, y esta es tu guerra y en la guerra se mata, claro no vas a matar personas, pero si sentimientos. Cásate causita y luego le avisas, métetelo bien en la cabeza, cásate compadrito y luego llama a tu ex y cuéntale todo”   En esos precisos momentos pasaba frente a la iglesia del pueblo e ingresó,  se sentó en la última fila de asientos y desde allí miró el púlpito que le pareció lejano y rezó pidiendo perdón a Dios por lo que iba a hacer.  
“Señor, quiero confesarme y decirte humildemente que he decidido casarme con mi nueva pareja y después avisarle a mi ex mujer lo que hice. No tengo el valor de contárselo antes porque de repente como dice mi amigo, me voy a desanimar. Además mira señor, yo me fui a vivir con ella porque salió embarazada y ni modo, tuve que cumplir nomas. Ella no  quería usar ningún método  anticonceptivo, osea no quería cuidarse porque el padrecito le había dicho que una buena católica nunca debe usar nada, sino solamente el método natural. Y con ese método natural nacieron dos más. Maybe yo no estaba enamorado señor, ósea quizás no la quería de veras, como debía ser. A mis hijos si los amo y te prometo que ni bien arregle mi situación, los traigo al toque.”
Sumido y concentrado en su conversación con Dios, Ramiro hablaba en voz alta pensando que sus únicos acompañantes eran los santos enclavados en las paredes de la iglesia alumbrados por pequeños y pálidos focos de luz, pálido como su estado de ánimo. De pronto, intempestivamente escuchó una voz que lo estremeció.
                “Y tú crees que tu mujer te va a dejar traer a sus hijos pedazo de sinvergüenza”
Ramiro pegó un salto sobre sus rodillas y casi se cae, se puso de pie, miro a la señora entrada en años que se había postrado de rodillas también a su lado y que él no se había dado cuenta. La mirada de ella era iracunda; sin duda, pensaba Ramiro que se había ganado con toda su oración, confesión y todo el cuento. Apuradamente caminó hasta el otro extremo de la larguísima banca para terminar su plegaria.
“Señor  todopoderoso que todos lo sabes lee mi corazón sincero, he depositado todos mis pesares y sufrimientos ante ti y se de antemano que me vas a perdonar y me voy señor porque  me siento liberado, gracias señor, gracias”

Salió disparado como un rayo de la iglesia y apuró el paso hasta llegar a la esquina donde lo sorprendió la luz roja del semáforo, se detuvo e  impaciente miraba la luz como si pudiera apresurarlo. Intempestivamente  escuchó nuevamente el grito destemplado de la señora entrada en años que desde cierta distancia le gritaba - !Desvergonzado, mal padre, desgraciado ojala te mueras!