sábado, 26 de noviembre de 2016

Golazo de la comida peruana

Por:  Néstor Rubén Taype
Pensaba en principio escribir sobre las faltas  que cometen algunos restaurantes peruanos aquí en Nueva Jersey, de los platos bamba que nos ofrecen, aprovechando el  boom de nuestra gastronomía. Recordaba los frejoles que nos dieron en Paterson en un local con nombre algo argentino, y cuando reclamamos porque estos parecían balas,  el dueño me dijo – sorry hermano  pero no es frejol de mi proveedor – Entonces le respondí  que le dijera a su cocinero que las menestras se remojan un día antes y que le dé el hervor necesario. Igualmente de un local en Kearny que tiene el nombre de un cítrico, quien nos puso en un Arroz con Pollo una presa de barbicue, media dulzona y roja. Otro restaurante que luce el nombre de un departamento del sur y supuestamente brinda toda la gastronomia de esa zona, nos decepcionó al pedir un simple plato de  Ocopa, que sabia a huancaina.
Además, muchas de ellas, que por su tamaño y capacidad, sirven también para presentaciones en vivo de artistas y fiestas, pero que se  preocupan poco o casi nada de mejorar los servicios higiénicos (siquiera pintarlos).  Sin embargo, no todo es negativo y la popularidad de nuestra comida no es un bluf, ni una leyenda urbana, ni tampoco un cuento;  la comida peruana es bien apreciada en este Estado por propios y extraños. 
Un muchacho de Puerto Rico, casado con peruana, me contaba entusismado de todos los platos que habia conocido con su pareja. Sorprendido de que cocinaramos cosas diferentes todos los dias, de la insistencia de su esposa en no dejarlo salir si no desayunaba y de esperarlo en la noche, cuando hacia sobretiempo, para acompanarlo a cenar. Me contaba como anécdota que una vez Le insinuó que no le gustaban las lentejas, entonces ella le respondio, medio entre broma y medio en serio, que le serviría ese plato toda a semana. - Nunca le toqué  el tema nuevamente hermano - me decia riendose;  pero esta es otra historia. 
 
 Me llamó la atención que un día en la empresa donde laboramos, un salvadoreño  me preguntó ¿qué es pollada hermano?  Y yo algo extrañado por la pregunta le dije si alguien lo había invitado a una pollada. Él me dijo que solo quería saber que es pollada, la comida. Ok hermano, te explico, y le di los detalles. Cuando le pregunté donde lo iba a comprar, me dijo que no compraría nada, sino que la empresa lo estaba ofreciendo en su menú de rutina para el personal que hace sobretiempo (una práctica usual de muchas empresas aquí en NJ)   
Unos cuantos días después me programaron para quedarme a trabajar dos horas extra y como siempre me preguntaron el plato que pediría. Usualmente nos daban a escoger entre pasta y comida china, pero ahora el jefe me dijo que había una tercera opción en las comidas, es decir dos nuevas opciones aparte de las acostumbradas: platos colombianos y peruanos.  Al mostrarme el menú vi el lomo saltado, chaufa, arroz con pollo, salchipapas y la famosa pollada. Se acercaron varios a solicitar sus platos respectivos cuando sorpresivamente una dominicana  levantando un poco más la voz dijo  – yo quiero una pollada de la señorita Laura, y si no hay,  no quiero nada -  bueno, eso causó, como pueden suponer, una multitudinaria carcajada de los hispanos que estaban allí.
-          ¿Usted no va a pedir la comida de su país? Me preguntó el jefe
-          No – le respondí – yo cocino todos los días en casa – y escogí comida china.
Las preguntas me vinieron en mancha de cómo era el Arroz con Pollo la Salchipapa, el Lomo Saltado y yo tratando de ser claro las describía muy rápidamente.
Estaba sorprendido de cómo demonios había hecho  este restaurante peruano para contactarse con la empresa. Imagino al propietario peruano haciendo su focus group,  su estudio del mercado;  y luego imaginaba al tipo haciendo su presentación en power point  a los ejecutivos de esta empresa, brindando las bondades de la comida peruana, compitiendo con la comida china y las pastas de una conocida transnacional de Pizzas y la comida colombiana (muy buena por cierto) . Mayor mérito si se tiene en cuenta que los peruanos somos  pocos en esta compañía, pero se lanzaba en general hacia el mercado hispano, que si tiene un importante porcentaje.
Llegado las ocho de la noche hora de salida, ingresamos como de costumbre al comedor de la empresa a recoger nuestra orden,  la comida es  para llevársela, no para degustarla allí. Pude ver en la larga mesa, que son dos líneas, una fila de los platos con un pote de plástico adicional que era la sopa. Aun no sabía cuál era la diferencia entre tanta cantidad de comida habida en la mesa. Entonces uno de los jefes chinos me dijo que  todos los que están con el taper de sopa, eran las órdenes de comida peruana.
Esa noche habría más o menos unas cuarenta y cinco ordenes de comida, de las cuales yo conté  alrededor de veinticinco como platos peruanos, sopa y segundo como decimos nosotros. Un golazo: boricuas, ecuatorianos, salvadoreños, africanos, chinos y americanos desfilando con los platos peruanos por el largo patio de salida. Golazo peruano, decía, golazo de un restaurante peruano, de cabecita, de palomita, de chalaca, había ganado. Y ahora que dirá la pizzería si sus pedidos se veía reducida a poco menos de la mitad. Gol carajo, golazo. Ya en la puerta de salida le pregunte al jovencito de Kenia, quien no llevaba el taper de sopa, ¿qué pasó Edward, que fue de la sopita?  - me hizo una seña tocándose la barriga. Yumi yumi  mister Reuben,  y señalándome con la mano me decía las frases que ha aprendido en español , mientras caminaba– “Cuidado, no siempre, a veces, suave, suave”  y al salir sonreía y seguía repitiendo las frases y su dentadura se iluminaba.  
La rutina continúa cada noche, la comida peruana navegó a este puerto viniendo siempre con variedades de platos.  La brasileña con la chompa de su país degusta la sopa con mucha  tranquilidad, ayer nos ganaron.  Sonriendo me dice – La revancha, la revancha.  Yo no sé qué responderle, no quiero arruinar por nada el éxito de nuestra comida. Entonces le digo que si le gusta la sopita que toma con tanto gusto, y de que es;  ella mira a los lados de sus compañeras como tratando de recordar y luego de murmurar con ellas me dice – Chupe.



viernes, 2 de septiembre de 2016

Casarme quiero


Por: Néstor Rubén Taype

Nueva york es una ciudad maravillosa que al visitarla produce casi siempre un dinamismo tremendo, una ciudad que desborda vida. Inmensas masas de gente desfila interminablemente por sus calles sin importar la hora. Times Square espera  con los brazos abiertos para acoger a los visitantes en su selva de cemento y luces de neón.  Las excentricidades como la capital del mundo no se dejan esperar,  un esbelto tarzán tomando sorpresivamente a una turista que pega un grito entre alegría y sorpresa, mientras sus amigas disparan sus celulares grabando el momento y hacerlo eterno. Una pareja de afroamericanos con saxo y una suerte de batería ambulante ensayan un tema desconocido a ritmo de Jazz. Mas allá los infaltables sudamericanos tocando música folklórica con sus atuendos típicos y unas zampoñas enormes soltando el viento de los andes. 

Ramiro camina entre esa multitud y va rumbo a tomar el tren  diez cuadras más abajo que lo llevará a un  pueblo llamado Harrison, una pequeña ciudad en el estado de Nueva Jersey donde radica.  Salió muy temprano  a Nueva York solo para darse un refresco mental y ver que el mundo no se detiene a pesar de sus dramas personales. Hace  cinco años que vino huyendo del Perú por las  deudas que terminaron agobiando a su familia. Llegó con muchas ilusiones de conseguir empleo  y aliviar sus problemas económicos.  Dejaba allá en Lima, su conviviente y tres hijos. Ramiro era un adulto de treinta y cinco  años. Después de lograr cancelar sus deudas en Perú, comenzó a hacer planes para regularizar su situación migratoria. Ya había perdido la esperanza que el gobierno diera leyes amparando a los indocumentados, las marchas y propaganda de los activistas no daban absolutamente ningún resultado, además creía  que algunos  de ellos eran solo unos simples charlatanes y figurettis.
La vida le tenía preparado un derrotero inesperado. Sin saber cómo ni cuándo se vio involucrado con una joven, divorciada y con dos hijas. 
A pesar de sus cálculos por no relacionarse más de lo conveniente y menos con alguien que ya tuviera familia, la soledad lo había castigado mucho. Se resistía a volver a entrar a su cuarto rentado y pasarse el tiempo leyendo periódicos o metido en el internet. Frecuentar a una pareja, asistir a las reuniones y celebrar las fiestas acompañado durante el año lo había hecho sentirse muy bien.  Trataba en lo posible poner en orden su mente, ¿se estaba enamorando? O era quizás un acercamiento interesado para arreglar su situación migratoria. Por un lado reconocía que sí, que estaba realmente enamorado de esa mujer a pesar de sus hijas. Pero, al mismo tiempo guardaba un sentimiento de culpa por la familia de Lima. La decisión debía tomarse pronto.  
Decía que había sido y era un padre responsable con su familia. Enviaba dinero semanalmente y mantenía una comunicación fluida con sus hijos y esposa. El día estaba como nunca, y el sol resplandecía alegremente entre el tumulto y el caminar de la gente que solo era controlado por los semáforos en cada esquina.  No podía creer lo que le estaba pasando y menos que había decidido, para ser honesto, llamar ese mismo día a su pareja de Lima y contarle su decisión. De pronto entre toda esa muchedumbre que él esquivaba para caminar, un tipo se le acercó y le dio un folletín, era publicidad para una obra de Broadway “Mamma mia”  él lo tomó como una ironía, era quizás una frase que hubiera querido decir ¡mamma mia! en lo que estoy metido.
Ya a bordo del tren meditaba como demonios iba a comenzar a decirle a su pareja  que todo se había terminado o derrumbado, como la canción de Emmanuel “Todo se derrumbó dentro de mí”. Frente a donde se encontraba sentado había muchas personas que él trataba de adivinar su procedencia solo por  distraerse  unos instantes  y pensaba – este pata, es Hindú definitivamente, esos dos más de aquí: americanos-  De pronto una muchacha  habló con su acompañante  soltando algunas frases que inmediatamente Ramiro identificó como colombiana. – Colombiana – pensó – y de paso guapísima como casi todas ellas – continuó. De pronto un señor con rasgos asiáticos le preguntó algo. Ramiro le llegó la pregunta como en cámara lenta, con ese acento japonés y que en primera instancia no lo entendió. Su cabeza seguía descifrando lo que escuchó como un sonido gutural hasta que pasados unos segundos su cerebro reconoció aquella frase “¿train go Newark?” y contestó apuradamente – Yes, yes, yes, last stop, last stop. El tiempo había transcurrido rápidamente  y estaba muy cerca de su estación donde debía bajarse.  La caminata a su departamento le tomaría los quince minutos de siempre. Sentía que la cabeza le iba a explotar de  preocupación. 
De pronto dijo que quizás era mejor no decirle nada, tal como le había aconsejado su  amigo y paisano “No le digas nada choche, hazlo primero y luego ya le cuentas, no  vaya a ser que te desanimes, tu eres medio zanahoria, por no decirte medio huevón. La vida es una lucha, una guerra, y esta es tu guerra y en la guerra se mata, claro no vas a matar personas, pero si sentimientos. Cásate causita y luego le avisas, métetelo bien en la cabeza, cásate compadrito y luego llama a tu ex y cuéntale todo”   En esos precisos momentos pasaba frente a la iglesia del pueblo e ingresó,  se sentó en la última fila de asientos y desde allí miró el púlpito que le pareció lejano y rezó pidiendo perdón a Dios por lo que iba a hacer.  
“Señor, quiero confesarme y decirte humildemente que he decidido casarme con mi nueva pareja y después avisarle a mi ex mujer lo que hice. No tengo el valor de contárselo antes porque de repente como dice mi amigo, me voy a desanimar. Además mira señor, yo me fui a vivir con ella porque salió embarazada y ni modo, tuve que cumplir nomas. Ella no  quería usar ningún método  anticonceptivo, osea no quería cuidarse porque el padrecito le había dicho que una buena católica nunca debe usar nada, sino solamente el método natural. Y con ese método natural nacieron dos más. Maybe yo no estaba enamorado señor, ósea quizás no la quería de veras, como debía ser. A mis hijos si los amo y te prometo que ni bien arregle mi situación, los traigo al toque.”
Sumido y concentrado en su conversación con Dios, Ramiro hablaba en voz alta pensando que sus únicos acompañantes eran los santos enclavados en las paredes de la iglesia alumbrados por pequeños y pálidos focos de luz, pálido como su estado de ánimo. De pronto, intempestivamente escuchó una voz que lo estremeció.
                “Y tú crees que tu mujer te va a dejar traer a sus hijos pedazo de sinvergüenza”
Ramiro pegó un salto sobre sus rodillas y casi se cae, se puso de pie, miro a la señora entrada en años que se había postrado de rodillas también a su lado y que él no se había dado cuenta. La mirada de ella era iracunda; sin duda, pensaba Ramiro que se había ganado con toda su oración, confesión y todo el cuento. Apuradamente caminó hasta el otro extremo de la larguísima banca para terminar su plegaria.
“Señor  todopoderoso que todos lo sabes lee mi corazón sincero, he depositado todos mis pesares y sufrimientos ante ti y se de antemano que me vas a perdonar y me voy señor porque  me siento liberado, gracias señor, gracias”

Salió disparado como un rayo de la iglesia y apuró el paso hasta llegar a la esquina donde lo sorprendió la luz roja del semáforo, se detuvo e  impaciente miraba la luz como si pudiera apresurarlo. Intempestivamente  escuchó nuevamente el grito destemplado de la señora entrada en años que desde cierta distancia le gritaba - !Desvergonzado, mal padre, desgraciado ojala te mueras!  

domingo, 7 de agosto de 2016

CRIATURAS MUSICALES


Por: Fernando Ampuero

La niña llegó del colegio cuando los gritos de sus padres se podían oír desde fuera del amplio y elegante departamento. Tocó el timbre y aguardó a que la empleada le abriera. Entró al vestíbulo y, cuando pasó frente al espejo oval, se hizo a sí misma una mueca graciosa. Luego enrumbó a la cocina, bebió un vaso de naranjada y, de vuelta en el vestíbulo, se detuvo cautelosa­mente en el primer peldaño de la escalera.
La discusión, como de costumbre, era a distancia. Su padre se hallaba en el baño, duchándose. Su madre reordenaba la ropa en los colgadores, en los cajones y en las gavetas del walk-in closet, una de sus actividades más socorridas cuando tenía los nervios de punta.
–¡Hola! –gritó alegremente la niña–. ¡Ya estoy aquí!

Un súbito silencio sobrevino a su saludo.
Pero unos instantes después se abrió la puerta del baño, que daba al hueco de la escalera, y salió su padre, desnudo y chorreando agua. También, como de costumbre, la niña vería que éste, ante su presencia, cambiaba rápidamente de talante. Ahora incluso le sonreía e imitaba su voz alegre y cantarina:
–¿Qué tal, Pilarcita?
–Bien, papi.
El padre volvió a encerrarse en el baño. La madre, por su parte, demoró cuatro o cinco segundos en intervenir, pero optó de buenas a primeras por ponerse en tren práctico:
–Pilar, no dejes tu mochila tirada en la sala –dijo a lo lejos, sin dejarse ver.
La niña fingió que no la oía:
–¿Qué dices, mami?
–Que no dejes tu mochila tirada.
–¿Cómo dices?
–¡Que no dejes tu mochila tirada, demonios! –gritó la madre.
–¡Ya te oí! ¡No me grites!
–¡Y sube a tu cuarto y ponte a hacer la tarea, porque en una hora tienes que ir al ballet!
–¿Al ballet?
–Claro que sí –replicó su madre–. ¿Acaso no sabes que hoy es jueves?
–No voy a ir al ballet –dijo la niña rotundamente.
Se hizo un nuevo silencio.
–¿Cómo que no vas a ir al ballet? ¿Han suspendido la clase?
–No es eso.
–¿Qué es, entonces?
–Se me ha roto la malla negra.
La madre se asomó por el hueco de la escalera con cara de sorpresa:
–¿Cuándo ocurrió eso?
–Anteayer. Me enganché con una planta llena de espinas y se rasgó toda.
La madre meneó la cabeza, apesadumbrada:
–Bueno, usa la malla roja –dijo volviendo a su tarea de ordenar ropa.
–No. Odio ese color.
–Mañana te compraré otra malla negra. Ahora hazme el favor de ponerte la roja y no fastidies.
–No quiero.
–No me contestes así, Pilar –dijo la madre.
–Pero es que tú no me entiendes.
–¿Qué es lo que no entiendo?
–Todas las chicas van con mallas negras.
–Ya lo sé. Pero es sólo por un día.
–¡No! –chilló la niña–. ¡Es huachafo!
–¡Pues te la vas a poner de todas maneras! –ordenó la madre en su tono más enérgico–. ¿Has entendido? ¡Aquí no se hace lo que tú quieres!
–¡No, no me la voy a poner! –gimoteó la niña–. ¡No me la voy a poner!
En pantuflas, y a medio cubrirse con una toalla anudada a la cintura, el padre fue esta vez quien asomó por el hueco de la escalera a fin de concordar con su hija:
–Yo también pienso que el rojo es huachafo –susurró en su tono más cómplice.
La niña alzó la cabeza y sonrió y miró a su padre con los ojos anegados de lágrimas, metiéndose enseguida un dedo en la nariz y sacándose una bolita de moco a la que dedicaría varios segundos de intensa concentración. Y fue en ese trance que la madre apareció de nuevo en el hueco de la escalera, aunque en esta ocasión con ímpetu de caballo desbocado, y se dirigió al padre increpándole entre dientes, con una especie de rabia afónica:
–¡No ma-ni-pu-les a la niña, desgraciado!
El padre sonrió como si le acabaran de hacer una broma muy divertida y se encaminó a su dormitorio mientras decía:
–Pilar, ponte a hacer la tarea. Yo tengo que conversar en privado con tu mamá.
La niña amasó el moco que sostenía entre el pulgar y el índice y, antes de disponerse a subir las escaleras, lo dejó caer al suelo.
En la mayoría de los casos Pilar nunca sabía la causa de las peleas de sus padres. A veces estas se desencadenaban por una toalla mal colgada o alguna tontería parecida; otras, más misteriosas, por una llamada telefónica. Sonaba el teléfono, su madre contestaba y, al otro lado de la línea, no decían ni pío y un momento después se cortaba la comunicación.
Tampoco podía precisar con exactitud cuándo era que sus padres habían comenzado a pelearse. Pilar recordaba a duras penas que una de las peleas más antiguas se remontaba a una noche de viernes o sábado, a principios de verano, en que los dos salieron a la calle para sacar algo de la guantera del auto de su madre y de pronto la alarma antirrobos comenzó a ulular y se trabó y no paró de sonar enloquecedoramente por más de diez minutos, conmocionando a los vecinos, y al cabo sus padres, muertos de vergüenza, detuvieron su pelea y se tomaron de las manos y regresaron riéndose al departamento. Una pelea, si se quiere, que tuvo un final feliz y que duró una bicoca de tiempo.
Las de ahora, en cambio, duraban horas de horas y hasta días enteros, y por lo general siempre acababan pésimo. Vale decir, sus padres se aislaban en habitaciones diferentes, lo cual equivalía a que Pilar terminaba durmiendo en la enorme cama matrimonial con papá o con mamá, dependiendo de cuál de ellos se mudara a dormir a su dormitorio.

Aquel día la niña intuyó que la pelea no tenía visos de alcanzar un arreglo, y en tanto hundía la cabeza en su closet y buscaba a disgusto la abominada malla roja se quedó pensando con quién le tocaría dormir esa noche. Pensaba en eso con la más absoluta calma, y de hecho no le daría demasiadas vueltas al asunto, pues al encontrar la malla, a la que insultó como si se enfrentara a un bicho vivo, se olvidó de todo. Además, sus padres, si bien seguían embarcados en su pelea, habían bajado considerablemente la voz. Apenas dejaban oír murmullos o algo que podían ser gritos sofocados.
Luego, tras colocar la malla junto a las zapatillas de ballet sobre su cama, Pilar emprendió una serie de quehaceres con la soltura y rapidez de una secretaria ejecutiva. Vació su mochila, ordenó sus lápices y cuadernos, reacomodó dos osos de peluche y una jirafa de plástico encima de su librero, y en un santiamén se sentó a su escritorio para resolver dos problemas de matemáticas y copiar en su cuaderno de francés un poema de François Villon. Acabado eso, encendió su computadora y puso el diskette de Prince, juego en el que estuvo absorta hasta que su madre salió de su dormitorio y le dijo desde la salita de estar:
–Pilarcita, ya es la hora.
La niña decidió matar a dos guardias del palacio donde se hallaba apresada la princesa antes de apagar la máquina, y se incorporó y se desnudó en un tris para ponerse de inmediato la malla y las zapatillas. Le encantaban sus zapatillas.
Al momento de mirarse en el espejo redondo de su tocador cambió de expresión. La malla le quedaba perfecta y estilizaba aún más su grácil figura. Delineaba la curva de su cintura y de sus bien formados glúteos, y se ceñía en el escote de tal manera que hacía resaltar su incipiente busto. Tanto su madre como sus amigas solían decir que, para una niña de once años, tenía un cuerpo bastante desarrollado.
Irguiéndose sobre las puntas de sus pies e inclinándose en una artística venia, Pilar sonrió como si agradeciera la ovación de un público fascinado con ella. Sus dientes, herencia de su madre, eran tan blancos como las palomas que se posaban por las tardes en la terraza del departamento. Pero lo que a ella le gustaba más de sí misma era su cabello suave y claro, del color de la miel, que era el mismo tono que tenía su tía Martha cuando no se pintaba de pelirroja sofisticada.
–Pilar, apúrate –insistió su madre.
La niña salió a la salita de estar y encontró a su madre sentada en el sofá, hojeando una revista.
–Ya estoy lista –dijo.
Entonces sonó el teléfono.
Sonó una, dos, tres veces, y sonó obviamente en todos los teléfonos del departamento, que eran uno de pared, instalado en la cocina, y dos inalámbricos, ubicados en la gran sala de la primera planta y en la pequeña de la segunda. Pilar estuvo a punto de contestar, pero repentinamente percibió que algo la detenía. Al parecer la empleada no había acudido a contestar, resolviendo aquella tensa situación, porque en ese momento se estaba cambiando el uniforme por ropa de calle para acompañar a la niña a la escuela de ballet.
Cuando el teléfono sonó por cuarta vez el padre irrumpió furibundo en la salita de estar, y se quedó mirando a su mujer, que se mostraba de lo más indiferente.
–¡Qué demonios pasa ahora! –gruñó–. ¿Están sordos? ¿Por qué no contestan el teléfono?
La madre tiró la revista al suelo y se cruzó de brazos.
–¡Mejor contesta tú, canalla! –replicó–. ¡Yo estoy harta de que me cuelguen!
A Pilar le pareció que sus padres se miraban ahora como dos boxeadores que acababan de subir al ring, y que a lo mejor una de las próximas timbradas les podía sonar a ambos como la campana que daba inicio a otro round.
–¿No quieres contestar? –la mujer lo estaba retando con una mueca burlona–. ¿No te atreves?
Antes de que terminara la frase, el padre avanzó a largas zancadas hasta el teléfono y levantó el auricular.
–¡Aló! –bramó, pero en seguida se apaciguó–. Sí… sí, Solange… un momento –y miró a su hija–. Es para ti.
Pilar corrió hacia el teléfono.
–Gracias, papi –dijo y se puso a hablar con la loca de Solange, una compañera del colegio que siempre le pedía ayuda desesperadamente para resolver la tarea de matemáticas.
Rió con su amiga, le dio las explicaciones pertinentes y, al cabo de un momento, se despidió de sus padres agitando una mano en el aire y salió del departamento.

Hora y media más tarde, cuando regresó, sólo se oían las voces del televisor que estaba en el dormitorio de sus padres y el canturreo de su mamá que preparaba un postre de mango en la cocina.
Pilar estuvo un buen rato sin saber qué hacer y se animó finalmente a encender el televisor de la salita de estar. Vio un programa de dibujos animados acerca del rey Arturo y Sir Lancelot, y luego el capítulo de una telenovela venezolana que abandonó un poco antes de la mitad porque le dio hambre. Bajó a la cocina, tomó un yogurt líquido de la refrigeradora, lo bebió sin respirar y le preguntó a su madre, quien ahora se mataba de risa hablando por teléfono con una amiga, si es que podía servirse postre de mango.
–Todavía le falta helar, pero si te provoca…
–Me provoca –dijo Pilar, y no se tardó mucho en devorar una porción de ese postre que le parecía delicioso.
Así, en fin, con una cosa y otra, dieron las nueve de la noche y su madre le avisó que ya era hora de bañarse e ir a la cama.
–Y alista la ropa que te vas a poner mañana –añadió.
La niña separó las ropas y cuadernos con los que al día siguiente se iría al colegio, se bañó, se puso piyama y, al salir del baño, constató que casi todas las luces de la casa estaban apagadas, excepto la lamparita de la mesa de noche que iluminaba el lado que correspondía a su padre. Manteniendo la TV encendida, su padre leía un libro tan gordo como la Biblia, recostado en la cama, y sólo reparó en que su hija se encontraba en su habitación cuando ésta, de pie y contemplando las imágenes de una película, le preguntó intrigada:
–Papá, ¿Jesucristo tenía esposa?
–¿Esposa? –pestañeó su padre ante el libro que mantenía ante sus ojos.
–Esa mujer le ha dicho que ese bebito es su hijo.
Con un brusco movimiento el padre aventó el libro sobre su pecho y miró el televisor.
–No, no, no es así –rió su padre, incorporándose–. Ese hombre no es Jesucristo, sino Espartaco, un esclavo rebelde que pretendió liberar a los esclavos de Roma.
Kirk Douglas agonizaba crucificado en la vía Apia mirando a la hermosa Jean Simmons, que cargaba en brazos al que hacían pasar como su sonrosado vástago.
–¿Y también murió en una cruz?
–Sí, como muchos otros… mira, mira, ahí se ven otros esclavos que fueron crucificados. Así se castigaba a la gente de esa época.
–¿O sea que ese esclavo pudo ser Dios?
Su padre dio un respingo:
–¿Dios?… Bueno, no es que hubiera podido ser Dios por el mero hecho de que lo crucificaran… –el padre se detuvo a pensar, rascándose con un dedo la punta de la nariz–. Aunque eso pudo haber pasado. Espartaco, de alguna manera, también fue un dios, no como Jesucristo, por supuesto, pero la gente durante muchos años lo recordó y lo llevó en su corazón…
La niña observaba en silencio a su padre con cara de no saber si entendía bien lo que había oído, y este reaccionó en forma sumamente festiva y alborotada mirando su reloj:
–¿Qué hora es? ¡Uy, ya es muy tarde, Pilarcita! ¡Es tardísimo! ¡A dormir se ha dicho!
Y repentinamente se presentó su mamá.
–Quiero mi almohada –dijo entrando a la alcoba, vestida ya con su polo de dormir, y llevándose la almohada de su lado, de manera que tanto Pilar como su padre supieron que la mamá no dormiría en la habitación matrimonial.
Sin pensarlo dos veces, Pilar trepó de un salto a la cama y se coló con gran entusiasmo entre las sábanas, apropiándose del control remoto de la TV. Su madre le dio un sonoro beso en la mejilla y salió de la habitación. Su padre, mientras tanto, dejó su libro en la mesa de noche y apagó la lamparita. Padre e hija, como dos niños traviesos, se echaron juntitos bajo la luz azulada y parpadeante que provenía de la pantalla, mirando la infinita sucesión de imágenes diversas a causa del zapping que Pilar acostumbraba llevar a cabo. Tras recorrer treinta y tantos canales de cable, paró en seco ante el noticiero de un canal peruano. Las imágenes de un incendio en La Victoria, con gente llorando ante sus pertenencias quemadas, capturó algunos minutos su atención. Pero pronto su padre pareció aburrirse y bostezó y le quitó el control remoto y cambió de canal.
Pilar no protestó, porque ya se sentía adormilada. Le dio un beso a su padre y se tapó la cara con la almohada, pensando en esas cosas que pensamos todos, desordenadamente, cuando nos alistamos para dormir después de un día movido. El partido de básket de la mañana, las bromas de Solange, el postre de mango, la tarea de matemáticas, Espartaco y los teléfonos de su casa timbrando sin que nadie los conteste.
¿Quién podía llamar y colgar? Pilar tenía once años, pero no se creía ninguna tonta. Ha de ser una mujer, se dijo. Una de esas mujeres que se enamoran de los papás. Sin embargo, consideraba ridículo que su madre se molestara con eso. Ella estaba segura (pues su padre se lo había dicho una noche, jurando ante la luna que todo lo que decía era cierto) que las únicas mujeres que él de verdad amaba eran ellas, su hija y su madre, siempre y cuando ésta última no estuviera en esas épocas en que se ponía frenética por cualquier cosa. Pero, como estaban las cosas, Pilar sentía que no podía hacer nada y se preguntaba: ¿Cuánto tiempo tardan las personas en comprender lo que les pasa? ¿Por qué tienen que demorarse tanto?
En algún momento, pensando en eso y oyendo por ratos uno que otro diálogo de película, Pilar se quedó dormida, en tanto su padre seguía aburriéndose y bostezando frente a la TV y, por consiguiente, reanudando un zapping tan o más maniático que el de su hija. Todo le interesaba un cuerno. Vio un fragmento de un programa de genética, la escena erótica de una peliculilla sin mucho vuelo, tres goles de un resumen internacional entre equipos que desconocía y, cuando ya estaba por resignarse a apagar, sucedió algo maravilloso. Algo que lo catapultó a una grata efervescencia y por un instante le hizo llevarse una mano a la boca y mirar embelesado la pantalla.
–¡Caray! –murmuró el padre–. ¡Es María Callas!
Era ella, sin duda. Imponente y majestuosa, sola su alma en el centro de un amplio escenario, cantando como en un sueño un pasaje de La Traviata, esa parte delicadísima y a la vez de gran temperamento que es Addio Del Passato.
La emoción de ver a su diva favorita lo hizo sentarse en la cama y subir tres líneas el volumen, aunque sin arriesgarse a llevarlo al punto de que pudiera despertar a su hija. Y como que, ¡plop!, se le fue el sueño. Se despejó, se despabiló por completo, sintiendo todos sus sentidos funcionar a la máxima potencia. María Callas estaba ahí, en una noche probablemente milanesa –el escenario tenía las trazas de ser La Scala de Milán–, y también en una cálida noche limeña, con él o ante él, cantando con quietud y suaves ademanes, mirando al público con sus ojazos griegos y dramáticos, peinada con un moño alto, vestida de largo y con estola de la misma tela del vestido, y enjoyada como una reina o como una diosa, con apenas un collar de una vuelta y unos aretes, pero ¡Dios mío, qué aretes y qué collar!, estaban hechos de diamantes enormes, verdaderas rocas llenas de luz estelar que emitían guiños y chispazos cegadores debido a los reflectores que iluminaban a la diva.
La mujer era fea, sí, hay que decirlo, pero él sentía que la amaba y la veía hermosa. Si su hija le hubiera preguntado en aquel preciso instante si era cierto que las personas que más amaba eran ella y su madre, el padre tendría que rectificar y diría: “Te amo a ti, a tu mamá y a María Callas”. La Callas, a su juicio, tenía la voz más perfecta, poderosa y emotiva que hubiera oído nunca. Por eso mismo la amaba. Porque era alguien tan extraordinario, tan intenso, tan especial, o bien porque su amor era una mezcla de devoción y agradecimiento por el placer que le daba saber que existía un ser viviente con una voz que acariciaba como el terciopelo de las flores.
El documental era en blanco y negro, no se veía en buenas condiciones y las cámaras enfocaban a su objetivo desde lo que tal vez debía ser una suerte de palco bajo. El padre calculó que podía datar del año 1956, año de temporadas muy exitosas, pero de pronto se enteró, gracias a unos subtítulos, que había sido filmado en 1952 y, en efecto, tal como había sospechado, en La Scala de Milán. La Callas terminó su intervención y comenzó a agradecer los infinitos aplausos que le dispensaba el público. Un leve movimiento de cabeza y una media sonrisa era todo lo que hacía. Aquí les dejo esta migaja de mi genio, pobres y pequeños mortales, leía el padre en la vaguedad de aquella media sonrisa.
Y sin transición, apareció un ama de casa, hablando con voz imperiosa, chillona y eufórica, y recomendando el uso de una marca de detergente. Era una de esos centenares de jóvenes señoras –todas ellas le parecían intercambiables– que siempre aparecen lavando ropa, las manos mojadas en bateas rebosantes de espuma.
–¡Malditos comerciales! –masculló el padre, retirándose las sábanas de encima. Se levantó y echó a caminar de un lado a otro por su dormitorio, muy excitado, en tanto Pilar, ya sin la almohada tapando su cara, dormía plácidamente–. Bueno, pero esto quiere decir algo. ¡Esto quiere decir que el programa va a continuar! –y pegó un brinco de felicidad.
¿Qué seguirá? ¿La misma ópera o acaso pasarán una parte de otra performance famosa? ¡Le daba igual! Lo que anhelaba el padre a esas alturas era ver más, oír más, ya que casi nunca propalaban en la TV estos viejos momentos de gloria, la gloria genuina y grandiosa del bel canto, y no esos remedos de éxtasis a lo Pavarotti, donde predominaban el artificio, los micrófonos y los descomunales amplificadores de sonido. ¡Pero aquí, no! ¡Aquí la Callas cantaba solamente a fuerza de diafragma y de garganta, y teniendo por todo altoparlante su voluptuoso pecho de matrona altiva y sufriente, solitaria ánima de un templo en ruinas del Egeo!
Algo más de dos minutos duró la tanda de comerciales y otro tanto le tomó al presentador, un gordito bajo, amanerado y melindroso, anunciar a la teleaudiencia que la leyenda llamada María Callas, la prima donna assoluta, la más brillante soprano que quizá jamás haya existido, iba a regalarnos con otra pieza musical que sólo ella supo plasmar en toda su magnitud y esplendor. ¿De qué les estoy hablando?, preguntó el presentador con un brillo pícaro en su mirada de gordito. ¡Ah, no se los diré! ¡No quiero privar a los conocedores de que se digan a sí mismos qué es lo que tienen el privilegio de oír! Y de sopetón volvió la Callas.
El padre adoptó una actitud de expectativa que lo hizo sentarse en la cama y entrelazar ansiosamente los dedos de las manos. Y durante un segundo su cabeza sería un torbellino de ideas. Se alegró de ser propietario de una TV estereofónica, lamentó haber enviado dos días atrás la videograbadora a que le hagan el mantenimiento de rutina y, ¡diablos, cómo no se le ocurrió antes!, se arrepintió de no haberle pasado la voz a su esposa, que si bien no era una vibrante aficionada como él, las veces que fueron juntos a la ópera había dado la impresión de sentirse bastante más que satisfecha.
“¡Tengo que avisarle!”, pensó levantándose como impulsado por un resorte. “¡No quiero que mañana diga que soy un odioso egoísta y que nunca pienso en ella! ¡Una cosa como esta merece que ceda en mi orgullo e intente una reconciliación”. Y salió corriendo rumbo al otro dormitorio.
Sin encender la luz, avanzó a tientas en la penumbra y le tocó un hombro moviéndola con apremio:
–¡Lorena! –susurró–. ¡Lorena, despierta!
La madre abrió los ojos y se llevó una mano a la cabeza:
–¿Eh?
–¡Lorena, es algo importante!
–¿Qué pasa?
–María Callas está cantando en la tele –dijo el padre con atolondrada efusividad–, y es un documental sobre sus mejores momentos…
La madre alzó la cabeza como un gallo de pelea:
–¿María Callas? –indagó, dubitativa.
–Sí.
–¡Y me despiertas para decirme que María Callas está en la tele! –se encrespó.
–Pero Lorena…
–¿Eres imbécil o qué? –la madre hablaba ahora a grito pelado–. ¿No sabes lo que me cuesta conciliar el sueño?… –y se dio una ágil y violenta media vuelta en la cama, dándole la espalda–. ¡Lárgate de aquí!
–Lorena…
–¡Lárgate, idiota!
El padre en ningún momento estuvo a punto de perder los estribos. Se sintió más bien perplejo, libre de sentimientos que pudieran suponer rabia o reproche, o bien dominado por una extraña sensación de desconcierto, la cual dicho sea de paso se posesionó de él durante los segundos necesarios como para permitirle reconocer desde lejos la melodía de la TV y también la voz de sueño de su hija, que acababa de despertar a causa del breve altercado.
–Papi… –llamó Pilar, confundida.
–Ya voy, mi amor –repuso el padre, ensimismado. Y de inmediato, en tono quedo, exclamó: –¡La Gioconda!… Suicidia! In Questi Fieri Momenti! (Mencio­nar el pasaje de esa sublime obra de Ponchielli y salir pitando hacia su dormitorio resultó siendo entonces la misma cosa.)
Incorporada a medias, amodorrada, Pilar vio que su padre regresaba como una tromba a su dormitorio y se deslizaba en la cama, con la mirada en la TV. Lo veía y, a su vez, miraba lo que él veía. Su padre sonreía, observaba la TV, alzaba las cejas con gesto trágico, volvía a sonreír y por ratos temblaba como si tuviera el cuerpo estremecido por escalofríos.
Padre e hija, nuevamente, se echaron juntos y durante un buen rato no se dijeron nada. Ambos sabían, de manera tácita, que no había tiempo para dar o recibir explicaciones. Luego, por unos segundos, apareció yuxtapuesto a la imagen de la diva el subtítulo previsible: Suicidia!… In Questi Fieri Momenti (Acto 4). La Gioconda (Ponchielli). RAI, Orquesta Sinfónica de Turín. El padre asintió dos veces con la cabeza, complacido, y rompió el silencio para informarle a su hija, a toda prisa, que quien cantaba se llamaba María Callas y que se trataba de una de las voces más bellas del mundo. La niña no se inmutó, aunque para sus adentros concordó que la cantante tenía una voz muy bonita, y sin dejar de mirar la TV, apoyó su cabeza, ya relajada, sobre el pecho paterno, oyendo, aparte de la voz purísima de la Callas, los latidos del corazón de su padre. Le encantaba oír cómo corría la vida a través de esos latidos.
Y sólo cuando se movió para reubicarse en la cama y volverse a dormir, reparó en la mirada vidriosa de su padre. Pensó que aquella mirada, o aquellos ojos acuosos, estaban cargados de lágrimas, y que estas, como a veces le sucedía a ella, no se atrevían a rodar por sus mejillas.

Fernando ampuero
En paralelo a su reconocida labor periodística, Fernando Ampuero (Lima, 1949) ha venido desarrollando una interesante obra narrativa que se inició con el libro de cuentos Paren el mundo que aquí me bajo (1972); y que ha continuado con títulos como Caramelo verde (1992) y Malos modales (1994). Para 1996 su narrativa se enriquece con Bicho raro (Editorial Campodónico). En estos últimos años su labor literaria ha sido más intensa y ha publicado “Mujeres difíciles, hombres benditos” “Puta Linda” y “Hasta que me orinen los perros”. Para el crítico, Javier Ágreda, Fernando Ampuero recurre al humor como elemento que permite a muchos de sus personajes a orientarse en su búsqueda de la belleza. Muchos y muy diversos elementos se requieren para formar a un buen narrador: inteligencia y observación, una rica experiencia vital, habilidad para crear historias interesantes y a la vez significativas, una formación literaria que le permita manejar eficientemente el lenguaje y las técnicas narrativas. Los cuentos más conocidos de Ampuero narran historias que los limeños creemos ya haber escuchado alguna vez, esa especie de mitos urbanos contemporáneos que de cierto modo expresan el ambiente social y cultural propio de nuestra época.

Cuento tomado del Blog: Cuentos peruanos contemporáneos


domingo, 26 de junio de 2016

Macho que se respeta.





Por: Néstor Rubén Taype

-              Cuando me di cuenta de lo que pasaba, ya tenía su rodilla sobre mi nuca, mi cara contra el suelo, y uno de mis brazos hacia atrás, pegado a mi espalda bien ajustada por él.
-              ¿Y entonces qué hiciste?
-              En principio pensé que era un asalto, temía que este tipo,  que me había cogido por la espalda podía sacarme una “chaira” Pero cuando lo escuché decir “no te metas con mi costilla  cabrón” Allí  supe lo que estaba ocurriendo.
-              ¿Y?
-              Hice lo que hace cualquier macho haría pues hermano.

Reservaciones de Faucett en los setentas estaba lleno de jóvenes que solo deseábamos vacilarnos y divertirnos. Eran las épocas en que las fiestas del año se celebraban comenzando en las oficinas de nuestra aerolínea en el centro de Lima y se prolongaban haciendo escalas en  diversas agencias de viajes, a donde éramos invitados con frecuencia y casi siempre terminábamos de madrugada en alguna discoteca.
Aún sin aparatos sofisticados que llegarían todavía años más tarde, teníamos unos teléfonos que parecían paneles de una central telefónica, con muchos botones que se encendían endemoniadamente y que muchas veces apagábamos sin responder.  Atendíamos a las agencias de viajes y como era natural cada quien trataba de coquetear con las  interlocutoras; el asunto era “sacar plan”. La cita a ciegas era un tema de casi todos los fines de semana, unas con éxito y otras decepcionantes. Las reservaciones que tomábamos por teléfono, ya sean de agencias o de los mismos pasajeros, la teníamos que hacer manualmente en una tarjeta que luego pasaba a un controlador que marcaba con un lapicero en su tarjetero y de esa manera llevar el control del vuelo. Las reservas se diferenciaban por el color: amarillas el sur y azules el norte.
En estos trances de sacar “plan” no era de extrañar si alguna vez nos cruzábamos con “otro” que también estaba merodeando el mismo lugar y eso fue lo que me sucedió con este compañero de chamba que tenía fama de ser un silencioso “gilero”
-              Oye compadre no te cruces  por mi “territorio” yo ya estoy por allí – me dijo.
-              Compadre – le dije – yo por si acaso voy por la chibola del counter, no por su jefa.
Yo sabía que mi compañero iba por la administradora de la agencia de viajes. Pasaron algunos meses y en ocasiones nos cruzábamos por la agencia, él entrando y yo saliendo o viceversa, pero hacíamos lo posible para no coincidir. La chibola del counter, a quien pretendíamos me contaba todo lo que hacia mi amigo, que días venia y lo gracioso que era cuando contaba chistes y hasta bailaba. Eso contrastaba con el comportamiento regular que le conocíamos, que era bastante serio. En una oportunidad la chica del counter me dijo entre risas que, ella, su jefa, la que administraba la agencia y quien salía con mi amigo Mario, tenía novio oficial; pero luego dijo que era una broma y terminó susurrando “no se lo vayas a contar que mi jefa me mata”

Yo supuse que Mario lo sabía, además conocía  que él también tenía otro “plancito” con una chica de un hotel cerca de nuestras oficinas de la Plaza San Martin. Éramos además solteros y era lo más lógico  tener más de una costilla, cada quien “jugaba” como quería y no me pareció  pertinente irle con el chisme, al final estábamos bastante grandecitos para ese tipo de cosas y a mí personalmente me importaba un “rábano”.
Era la época en que las reservaciones internacionales se hacían a través de mensajes que se recortaban del teletipo (espero que la gente joven sepa que era esto) hacerles la tarjeta de reservaciones y engraparle el “radio” ósea el mensaje escrito. La tirita de papel.
En muchas ocasiones cuando salíamos de juerga y al final de la misma, cuando era la hora de pagar la cuenta, revisábamos nuestros bolsillos y lo primero que salían era los benditos mensajes que todos nos escondíamos para no hacerlos. Nadie soñaba siquiera con la sofisticada maquinaria de los sistemas globalizados de reservaciones que vendrían  años después como: Zabre, Gabriel, Amadeus, Galileo, Worldspan y algunos etcéteras más. 

Las chicas de las agencias frecuentemente  visitaban nuestras oficinas, debido a la cercanía y la modalidad de llevar los pedidos de reservaciones a través de unos  formatos especiales,  que había de dar respuesta por escrito; esto permitía conocerlas y comenzar a hacer amistades. Teníamos en ese entonces  a un flaquito tremendo, un enamorador empedernido, bueno aunque en realidad recordando bien, no era uno, sino tres flaquitos terribles, que habían arrasado casi todo el territorio de la Lima cuadrada y anexos. Por esta razón había que salir fuera, a otros distritos a “sacar plan”

Mario estaba sorprendido con lo que le había pasado, se tomaba los vasos de cerveza “seco y volteado” uno, tras otro. El “Queirolo” es un bar en la esquina de Quilca y  Camaná   en el centro de Lima y se encontraba abarrotado de clientes, era viernes, esos viernes limeños en que la gente salía a “chupar” hasta morir. Entre toda esa muchedumbre estábamos nosotros, él contando su historia y yo tratando de entenderlo.
-              Le dije entonces, suéltame huevón,  deja que me pare y nos agarramos.
-              ¿Y te soltó?
-              Felizmente me dejó, yo me levanté  al toque y me quite el saco azul de la chamba.
-              ¿Y te mechaste con él?
-              ¿Estás loco? nelson compadre, nicaragua, ni de a vainas.
-              ¿Entonces qué hiciste?
-              Me la piqué, corrí como la pitri mitri, y no paré hasta después de diez cuadras. El hijo de puta me seguía, yo sentía sus pasos hasta que se cansó, y luego solo  escuchaba sus insultos a lo lejos.
Me contaba Mario que entre esos  segundos que tuvo al momento de pararse, recordó en alguna conversación que tuvo con Natalia, un dato que resultó sumamente importante y decisivo. Es siempre una costumbre entre las parejas que recién se conocen, preguntar por sus anteriores enamorados y hacer tema de conversación. Y de pronto recordó que le había hablado sobre un chico que tuvo hacia poco tiempo y que supuestamente  ya lo había dejado por ser muy celoso. “sabes que era un creído y súper celoso, ya está por graduarse de médico, pero además le encantaba las artes marciales y actualmente es el campeón nacional de Karate, que horror a mí que no me gusta la violencia”
-           Como me iba a mechar con un longonazo y encima karateca, de hecho me sacaba la mierda y yo no me iba a dejar que me sacara la mierda por ella. Yo pensé que  lo sabía todo hermano, que las hembritas las escogía yo, pero esta fulana me hizo sentir como un idiota. Ella seguía bacán con su prometido y yo era su canal dos, que huevón, me la hizo a mí, a mí, al rey del mambo.
 Mario era un vanidoso y muy creído cuando se hablaba de mujeres, hacia un alarde exagerado de su  “pepa” y “jale” con las chicas y esta lección fue inolvidable para él.  Esta joven llamada Natalia y administradora de una agencia de viajes de Jesús María, ya estaba comprometida con su novio Médico de profesión y además campeón nacional de Karate. Meses después en mis frecuentes visitas a la agencia para ver a la chica del counter, recibí la invitación del matrimonio de Natalia, quien me lo dio personalmente.  Mario no volvió jamás a la agencia y según me dijo, cortó toda comunicación con ella. Asistí al matrimonio de puro “sapaso” El día de la boda en una Iglesia de San Isidro, estaba junto a la chica del counter, observando en primera fila el esperado matrimonio. Pasada media ceremonia la chica del counter me hizo dar cuenta de un detalle, me dijo – Oye, ¿no te has dado cuenta que Natalia ha volteado como veinte veces a mirarnos? Y efectivamente hasta el término de la ceremonia, Natalia volteaba continuamente a mirar a sus espaldas como esperando “algo” como si quisiera que algo sucediera y que impidiera su boda. Finalmente terminada la fiesta matrimonial, hicimos nuestra colita para los saludos de rigor, y al abrazarla y desearle los parabienes acostumbrados, me susurró  al oído “dile a Mario que es un reverendo maricón”

   
Jergas peruanas de la epoca: Costilla = Enamorada,  Chaira = Navaja,  Longonazo = Grandazo
Pitri Mitri: Exaltar la acción

sábado, 9 de abril de 2016

HABLA EL CHISME MALICIOSO

 
                               

Por: Héctor Rosas Padilla

“Por ahí me dijeron que  tu esposo anda con otra mujer y que él ya no vive contigo”. “Me contaron que fulano estuvo diciendo cosas muy feas de ti”.
“Me dijeron que”, “escuché por ahí que”.  ‘’Me suplicaron que no abriera la boca”. “Porque confío en ti te voy a contar”. “Te paso el dato de lo último”.

Este soy yo: EL CHISME, pero no el chisme que espera o busca la gente para estar al día con lo que acontece en su comunidad.  O para enterarse qué cosas se dicen de los logros de fulano o mengano. No, esa clase de chisme no es pernicioso. Tal vez sin él la sociedad hubiera desaparecido de la faz de la tierra. El chisme a veces puede ser beneficioso y digamos que no siempre encierra una mentira. A saber: “El chisme cumple funciones tanto sociales como psicológicas porque sirve para que las personas establezcan enlaces sociales”. Esto por si acaso no lo escuché por ahí, sino que lo dice el psicólogo Ralp Rosnow. Pero qué lejos estoy yo de ser ese  chisme benigno que es recibido con agrado. Yo soy el chisme malicioso, compañero íntimo de la mentira y la mala fe, el chisme hijo de puta que puede poner por el suelo la reputación de una persona. O a enfrentar a unos contra otros. O romper amistades de años. O causar problemas muy graves en las relaciones humanas. Porque soy sinónimo de infamia y maldad. Por eso y con suficiente razón la investigadora Verónica Vásquez García me ha clasificado como una forma de violencia. Otros me consideran como un bullying social que afecto vidas. Otros, como una de las armas sociales más peligrosas que existe en nuestra sociedad, y otros, como un cáncer social. Y creo que no se exagera con lo que se dice acerca de mí. Por culpa de mi maldita lengua algunos se han suicidado y ha habido familias o grupos humanos que se han declarado una guerra a muerte. 

Y es que no todos tienen la misma capacidad de tolerancia para recibirme. Mientras unos me mientan la madre, otros se hacen de los oídos sordos para no amargarse la vida. Sin embargo, en algunos, por más que me aseguren que no les importa “el qué dirán “, les quedará las ganas de arrancarme la lengua ¿Y saben por qué? Porque mi lengua sólo vierte veneno por donde camino ¿Qué digo? Será por donde me arrastro como las víboras porque eso soy: una víbora que se desliza por todas partes buscando víctimas, buscando acabar con la armonía que existe  entre los amigos o en los hogares. Y aunque las víboras atacan por instinto e inoculan su veneno en defensa propia, yo lo hago por maldad, sí, por maldad, porque soy compinche del diablo. George Harrison  asegura que se ha logrado controlar muchos obstáculos en la vida.  Pero no han conseguido controlarme a mí. Me importa un carajo la honorabilidad y la tranquilidad de lo demás. Muchas veces  inoculo mi ponzoña por envidia aunque jure que no, que lo hago sin mala intención o por el alto concepto que tengo de la amistad. Lo cierto es que no puedo ver felices a las personas. Me irrita que otros individuos hayan alcanzado lo que yo no he logrado. O que tengan lo que yo no poseo. O que por ser mejores que yo gocen del respeto y la simpatía de todo el mundo. Soy tan malo como el acto de linchar injustamente, no con piedras, sino con palabras. Lincho a mi antojo la dignidad y la credibilidad de los individuos porque como están ausentes no pueden defenderse. Esto es una muestra que soy además un cobarde e hipócrita porque delante de mis víctimas jamás me atrevería a desprestigiarlos. Los lapido como me dé la gana y donde me dé la gana. Cuando no es en la vía pública o en las reuniones, yo descargo mis mentiras e infamias en los centro de trabajo, para tener en qué ocuparme, y en los centros de estudios, para sentirme importante. Ah, y en muchas casas también estoy  presente. En los hogares  que no pueden vivir sin mí me encarno en el jefe de familia o en el ama de casa que conviven con el ocio, y que en vez de sacarle provecho al internet, educándose, han convertido a las redes sociales en su lugar predilecto para el chisme. Y como la ociosidad es madre de todos los vicios, entre esos vicios no puedo faltar yo. Ahora con el internet estoy a la orden del día. En cuestión de segundo  hago llegar mi veneno adonde quiera. No necesito moverme a ninguna parte del mundo. No tengo nacionalidad. Soy mundialmente conocido, mucho más que el Papa Francisco y el futbolista Leo Messi. Pertenezco a todas las clases sociales. Hablo todas las lenguas. Profeso todas las religiones. Y ejerzo todas las profesiones. Puedo ser negro o blanco, ignorante o bien ilustrado. Y aunque estoy presente en todas partes como la mala hierba, a veces me aburro de permanecer en un determinado lugar y tomo el primer avión que va a Lima, por ejemplo, para continuar  desde allá con mi poder de destrucción. De todos hablo mal, así tengan cola que les pise o no.  

Yo sí que la tengo, y muy larga, pero la escondo. Ni los seres que conviven conmigo se escapan de mis infamias, mucho menos mis familiares políticos y los amigos. A estos, dicho sea de paso, cada vez los pierdo en un mayor número porque desconfían de mi amistad, porque no quieren ser mi próxima víctima. Porque soy un asesino que porta  la más destructiva de las armas: mi lengua. Sí, un asesino, pues “mato al hermano cuando hablo mal de él”, lo ha dicho el Papa Francisco, quien sostiene también que ‘’No hay murmuración inocente. Quien habla mal del prójimo es un hipócrita que no tiene la valentía de mirar sus propios defectos’’. Por eso Plauto recomienda que ‘’Los que propagan el chisme y los que la escuchan, todos ellos deberían ser colgados: los propagadores por la lengua, y los oyentes por las orejas’’.

* Héctor Rosas Padilla, poeta y escritor peruano radicado en California.

El Sacerdote y la Dama

EL Cuento de las 1,000 Palabras de Caretas


Escribe: MARÍA LOURDES TORRES

María Lourdes Torres Saric (1961), menos conocida como “mltowers”, ganó la segunda mención honrosa abordando un tema espinoso con sutileza descriptiva y destreza literaria. Desde hace tres años pertenece al grupo de narrativa La mansión de la magia, bajo la atenta mirada de su escritor y guía, Alonso Cueto. El grupo de estudio se reúne cada semana para intercambiar relatos y opiniones. Torres trabaja en un estudio de abogados y escribe desde hace ocho años. Lee a García Márquez, Vargas Llosa, Valdelomar, Hemingway y Henry James. Tiene dos hijas y, pronto, tendrá dos novelas.



Su acento francés le da un matiz irreverente a la ceremonia. La mirada amarilla danza entre los feligreses. Va de un lado a otro del púlpito, sus manos se agitan y las palabras brotan como ráfagas perfumadas de incienso.
El discurso llega al cénit y la sotana verde y dorada revolotea. La holgada vestimenta no logra disimular sus hombros anchos y maduros.
Paulina lo observa como cada domingo. El brillo en sus ojos azules y los carnosos labios entreabiertos apenas delatan su inquietud.
Un ronco murmullo repite oraciones aprendidas en la niñez. Los rezos se mezclan con el estremecedor sonido del antiquísimo órgano de aquella iglesia colonial. Viejas matronas sostienen rosarios con dedos huesudos y desiertos.
La joven se acomoda en la banca de madera. A pesar del inclemente frío en el exterior, a Paulina le arden las entrañas. El padre Gerard se prepara para dar la Comunión.
Su voz la acaricia como en el momento de la confesión. Arrodillada en aquel pequeño cubículo, tiene la certeza de que él la percibe y adivina sus más profundos secretos. Dentro del confesionario, el tiempo se detiene y su aroma se le impregna:
–¿Dices que te atrae mucho ese hombre?–pregunta el sacerdote
–Sí, Padre–susurra Paulina bajando la mirada.
Al sacerdote le es imposible dejar de evocar a la dueña de aquella voz mansa y educada. Han tenido oportunidad de conversar algunas veces. Comparten el mismo interés por la literatura y el arte barroco. La madre siempre la acompaña a la iglesia en donde es párroco desde hace algunos meses atrás.
–Entiendo tu vehemencia, pero recuerda que el cuerpo debe ser el templo del alma–responde el padre Gerard. Paulina lo siente removerse intranquilo al otro lado del tupido enrejado de caoba.
–Sí, padre. Por eso he venido a confesarme. Necesito que Dios me ayude a controlar mis pensamientos impuros.
–Tienes que orar mucho, hija–recomienda el sacerdote. Cada noche, antes de dormir, vas a rezar el Santo Rosario. Debes hacerlo hasta que se aquieten tus arrebatos–sentencia el padre Gerard dando por terminado el sacramento de la confesión.
Paulina se une a la fila para la Eucaristía. Los melodiosos acordes de las guitarras rasgan la solemne atmósfera. Cuando llega su turno, el padre Gerard acerca la hostia hasta sus labios. Por breves segundos, sus miradas se encuentran.
De vuelta en su sitio, se hinca de rodillas flanqueada por su madre y por Leónidas, su hermano. Mientras la redonda lámina se disuelve, la mente de Paulina se desboca.
Parado en los escalones exteriores del templo, el padre Gerard despide a sus feligreses. Al verlas, se acerca dando largas zancadas.
Es bastante alto y guapo. Debe tener un poco más de cuarenta años, calcula Paulina.
El sacerdote conversa con su madre durante algunos minutos.
Antes de marcharse, la dama le reitera la invitación:
“Mañana celebramos la fundación de nuestra ciudad, padre. Recuerde que está cordialmente invitado al almuerzo en el comedor principal del Hotel Monarquía”.
“Por supuesto doña Faustina. Los acompañaré con mucho gusto”.
A Paulina se le paraliza el corazón. Él también asistirá al tradicional evento que, como gobernador, preside cada año su padre.
–A lo mejor, hasta tengo la fortuna de sentarme en su misma mesa–piensa Paulina con ilusión.
Al día siguiente se arregla con más esmero de lo habitual. Se pone un vestido celeste de ajustado corpiño y un exquisito collar de filigrana. Siempre la ha visto con los trajes recatados que lleva a la iglesia. Esta vez será diferente.
Al llegar al salón, Paulina se sienta en la alargada mesa de mantel almidonado. Su madre se acomoda a la derecha. Un par de caballeros vestidos de chaqué conversan con su padre.
Al poco rato, la joven divisa al Padre Gerard. Luce muy apuesto con su traje eclesiástico negro. Parece buscar algo con la mirada. Sus ojos se detienen en su mesa. Lo ve acercarse. El sacerdote sostiene su mano en ademán de saludo, y para su sorpresa, un papelillo resbala hasta su palma. Paulina cierra el puño. Mira alrededor y desliza la nota entre sus senos con disimulo.
El discurso de su padre levanta una andanada de aplausos. La gente asiente estimulada por los efectos del champán. Paulina aprovecha para escabullirse hasta un solitario jardín interior.
Con mano temblorosa, la joven saca la nota de su escote:
“Es preciso sepa usted la verdad. He podido notar la inquietud que le causo, pero debo ser fuerte porque mi corazón está comprometido a Dios...”
Paulina se detiene. No puede seguir leyendo.
–Debo ser fuerte, repite...
–¿Qué quiere decir con eso? ¿Será que le intereso?–se pregunta.
Un petirrojo aterriza a sus pies. La brisa otoñal zarandea la copa de los árboles. Paulina ajusta el elaborado chal de guipur sobre sus hombros.
Está a punto de reanudar la lectura cuando unos pasos la distraen. Con rapidez se oculta detrás de un fornido sauce llorón. Ve a una pareja escurrirse hacia el jardín. La penumbra de la tarde dificulta reconocer las siluetas.
Paulina no quiere parecer entrometida y decide salir de su escondite. En ese momento el timbre de una voz la contiene:
“Me es imposible controlarme. Mon coeur le pertenece”.
“Estamos pecando, Padre” –susurra alguien.
“Este amor no puede ser pecado”.
Paulina intenta aguzar el oído. El ulular del viento galopa a través de las ramas del enorme sauce. La otra voz contesta, pero no puede entender lo que dice.
–Se trata del Padre Gerard–piensa Paulina con espanto.
“Confía en mí –exhorta la voz afrancesada del sacerdote–. Dios no juzga el verdadero amor”.
“Nunca antes me había enamorado, padre”.
Es una voz fresca, juvenil.
La pareja avanza algunos pasos. Paulina contiene la respiración. La luz ambarina de una farola da de lleno en una figura adolescente. El sacerdote toma el aniñado rostro entre sus manos y besa sus labios con pasión.
El grito de Paulina rasga el ambiente gris y festivo. Leónidas, su hermano de catorce años la está mirando.

Fuente: Caretas