domingo, 26 de abril de 2015

Brindis, bromas y bramidos: “Frigoríficos” (I)

 
                                         
                                    MARICONADA DE ALTO VUELO
                                                               Fernando Morote
 
Cambio de actitud según traspongo los límites de la frontera. Me mantengo silencioso y circunspecto mientras recorro cielo extranjero. Pero cuando siento que estoy en casa se me suelta la lengua, hablo con elocuencia, dialogo espontáneamente y silbo canciones.
Ha pasado mucho tiempo de la primera vez que subí a un avión. Tenía 29 años de edad y desde niño alimenté la idea de que ese día, no bien cerraran la compuerta para iniciar el despegue, me daría un ataque o sufriría un ahogo. Cuando avisté, maletín en mano, el aparato estacionado en la pista de aterrizaje, sin saber el motivo escuché una voz interna:
—Si crees tanto en mí —como dices—, entonces sube al avión y confía en lo que yo puedo hacer por ti.
Las aeromozas fueron desde el principio un aliciente y un consuelo preciosos. Con la forma graciosa en que hablaban y se paseaban de un lado a otro del pasillo, sirviendo y atendiendo a los pasajeros, me transmitieron una inigualable sensación de serenidad. Algunas eran tan amables que terminé embrujado con su magia. Todo el trayecto me sentí sostenido a 5,000 metros de altura por la mano de Dios.
Esta tarde mi compañero de asiento –un cincuentón cuya fisonomía puede resumirse en una fusión entre Pedro Picapiedra y Pablo Mármol- viene completamente borracho.
—¿Sabe cuál fue la orden de mi jefe anoche a último momento en la oficina?
Observando su aspecto –sudado, despeinado, mal trajeado-, constato con gratitud que no necesito embriagarme para disfrutar el viaje. O esconderme de él.
Le devuelvo una mirada que no admite contradicción: “no tengo idea”.
—Anda mañana urgente a Tacna, haz una investigación y evacúame un informe de la situación.
—Interesante —respondo con voz seria, para seguirle la corriente.
—Entonces vine hasta acá en el primer vuelo del día…
—Qué bueno —apunto.
—Hice la investigación, como me pidió y….
—Evacuó el informe.
—¡Exacto, amigo! ¡Qué inteligente es usted! ¡Evacué! ¡Pero no fue un informe! ¡Jajaja! ¿Comprende? ¡Jajaja! ¿Ah?
Parece que está intentando hacer un chiste.
—Claro, muy ingenioso. Su jefe debe sentirse muy afortunado.
—Es un pobre diablo.
Dicho esto entre babas, y después de hacer tronar una matraca de eructos, se queda súbitamente dormido. Aprovecho la oportunidad de mirar el firmamento a través de la ventanilla. De manera natural viene a mi mente el poema genial de Arturo Corcuera: “Nubes, nubes, nubes/a estas alturas de mi vida”. Perfecta descripción de mi estado emocional actual.
De pronto noto que el ambiente de la cabina empieza a enrarecerse. ¿Pérdida de presurización? No me digas eso, por favor. Los ductos de aire acondicionado despiden un humo ralo que poco a poco se hace más denso. Los desplazamientos de las azafatas se tornan algo atribulados. Pese a su particular belleza, ciertos gestos de preocupación no pueden ser disimulados.
Alargo mi cabeza para ver por el pasillo. Luego volteo para mirar hacia atrás. Me levanto un poco para echar un vistazo adelante. Otros pasajeros comienzan a inquietarse. El humo que sale del sistema de ventilación impregna prácticamente toda la cabina. Se parece bastante al efecto de una bomba lacrimógena.
—¿Qué pasa? —pregunto a una de las aeromozas—. ¿Sucede algo malo?
Ella se limita a sonreír. El 50% de su sueldo consiste en eso.
Ahora empieza a sonar un timbre desesperante, agudo, que hiere los tímpanos y crispa los nervios. Evidentemente los primeros signos de que algo realmente no funciona bien. Indago por la ventana. Trato de descubrir un ala rota o un motor incendiado. Dos azafatas vienen directo hacia mí. Se detienen justo una fila antes de la mía. Les piden a los pasajeros que abandonen sus asientos porque interrumpen el paso hacia una de las puertas de emergencia. “¡Dios!”, me digo para adentro. Al mismo tiempo veo a una señora abrir el compartimiento de equipajes para sacar un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús. Mis ojos empiezan a ponerse vidriosos. Entonces el capitán entra en acción. Por el altavoz explica que hay un desperfecto en una de las turbinas y pide calma. Termina su alocución agregando que existe una seria posibilidad de efectuar un aterrizaje de emergencia, con lo que su solicitud de calma se traduce en ataques de pánico entre algunos pasajeros.
Sobrevolamos el Océano Pacífico.
—¿A cuánto estamos del aeropuerto más cercano? —pregunto a otra de las azafatas.
—Media hora, señor.
Hago mis números. Saco mis conclusiones. Eso significa que lo más probable es que el aterrizaje forzoso sea en el agua. “¿Dónde está la maldita cartilla de emergencia ahora?”, me reprocho. Quizás la he perdido o traspapelado en el mar de revistas, cuadernos y libros que cargo conmigo para relajarme durante las turbulencias.
El avión vuela inclinado y lleno de humo por dentro. Se ha formado un improvisado grupo de oración alrededor del Sagrado Corazón de Jesús en medio del pasillo. Mientras, ensayo una posible posición para recibir el impacto. Algo recuerdo de las instrucciones de las aeromozas. O de algún experto hablando en la televisión después de una tragedia aérea. Porque el discurso de las sobrecargo nunca es tan específico ni sombrío. Me tiemblan las piernas, me castañetean los dientes, pienso en mi familia. Imagino un desenlace fatal. Trato de distraerme concentrando mi atención en resolver un crucigrama. No puedo resistir más la tensión y me levanto para ir al baño. Todos están tan ocupados que nadie me detiene. Compruebo por millonésima vez que no puedo orinar en los aviones. Y menos si se están cayendo. Soy un meón eminentemente doméstico.
La voz del capitán irrumpe nuevamente en el aire. Esta vez trae mejores noticias en un tono de voz más confiado. Pese a la seria falla técnica, el aparato no ha perdido tanto combustible y conserva suficiente gasolina para llegar al aeropuerto de origen. En cinco minutos podríamos recibir la autorización para aterrizar. Con la vejiga hinchada, corro a mi asiento y me ajusto el cinturón de seguridad.
Abajo se ven ya las luces de los vehículos. La pista de aterrizaje está invadida de ambulancias, camiones de bomberos y autos de la policía. Cuando las ruedas del aparato tocan tierra, el rebote despierta de una sacudida a mi ebrio compañero de asiento.
Lo veo tan tranquilo que pienso: es infundado mi temor a la muerte. Temer a la muerte es como temer al nacimiento, al crecimiento; a la naturaleza, pues. La muerte –esto lo digo sin indolencia- es la cosa más natural del mundo. Sin embargo, quisiera encontrar algún lugar lejano donde no existiera la muerte; sólo la mía. Para que nadie llore, para que nadie finja.
 
Fuente: periodicoirreverentes.org

domingo, 12 de abril de 2015

" LA COCINA DEL INFIERNO" de Fernando Morote.

Entrevista de  Néstor Rubén Taype.

Fernando Morote, residente en la ciudad de Nueva York es autor de "Poesía Metal-Mecánica" (1994), "Los quehaceres de un zángano" (2009), "Polvos ilegales, agarres malditos" (2011), "Brindis, bromas y bramidos" (2013)  nos sorprende esta vez con una nueva producción literaria, “La cocina del infierno”. Ni bien nos enteramos por las redes sociales de la novedad, fuimos en su búsqueda vía telefónica para que nos brinde mayor información sobre esta nueva publicación. Aquí la entrevista.

Fernando hola, acabamos de leer por Facebook de tu nueva publicación “La cocina del infierno” ¿podrías darnos más detalles al respecto y cuando estará disponible para los lectores?

Por supuesto. El libro acaba de subirse a la plataforma de Amazon y está disponible en versión impresa y en Kindle. Es un conjunto de 3 relatos largos cuyos temas giran en torno al circuito de la inmigración. Empieza en Lima con un grupo de jóvenes enfrentado a la frustrante y desesperante realidad de un país en manos de gobernantes que no piensan en el progreso ni el desarrollo de nadie sino que contribuyen a aumentar el clima de asfixia existencial y alimentan el deseo de fuga masiva. Algunos de ellos abandonan el barco y en el extranjero intentan recomponer sus vidas,  estableciéndose con sus familias, pero en ese proceso se enfrentan a nuevos y quizás más duros desafíos. Años más tarde regresan a la patria y descubren que su experiencia como exiliados voluntarios les ofrece el privilegio de contribuir desde su posición al desarrollo de la comunidad en que crecieron.
Cada relato está escrito en un tono y con una intensidad diferente. La voz del narrador también cambia. Intento combinar el drama con el sarcasmo y el humor.

 -En estas historias nos hablas sobre la vida del inmigrante y acaso también del famoso sueño americano, que a veces suele tornarse en pesadilla. ¿Cómo la pasan tus personajes en esta lucha?

El segundo relato, “La cocina del infierno”, sustenta la teoría de que el sueño americano es una mentira. De ahí el título. Si alguna vez fue cierto, para el personaje de la historia se esfumó, quedando en el recuerdo de otras épocas vividas por otras personas. Las condiciones actuales, con la escalada de restricciones y represiones, le dejan un margen cada vez más estrecho de realización. Sin embargo, como en todas las situaciones de crisis, aprende que tiene frente a sí un cúmulo de nuevas e insospechadas posibilidades.

-Fernando, sabemos nosotros como inmigrantes que la rutina de vida aquí en este país es terriblemente fuerte, el trabajo está siempre en primer, segundo y tercer lugar de prioridad; cuéntanos un poco  ¿cómo haces para conseguir los espacios disponibles para escribir y no perderse en el intento con éxito?.

Escribir es un lujo por el que hay que pagar. Tengo que robar tiempo para hacerlo. Antes pensaba que lo ideal para mí sería dedicarme sólo a eso. Pero ahora creo que sería muy aburrido y tampoco podría mantener a mi familia. Necesito un poco -a veces bastante- de caos para ponerme en acción. Escribo, corrijo y repaso en las luces rojas, en los estacionamientos de los 7-11, mientras espero a mis clientes en los edificios (trabajo como supervisor de una compañía de limpieza). Luego en casa me las arreglo para poner en orden lo producido durante el marasmo del día.

-Como es tu cercanía  con las redes sociales, que no existían en los noventas, con  una relación “sui generis” de estar cerca de todos y la vez tan lejos. Un mundo virtual en la que nos enteramos de todo y casi de todos. Quizás algún amigo tuyo que no te ve por años, diga al ver esta noticia “manya, el flaco todavía escribe…y vive en Nueva York”  Un medio por el que recibimos  noticias malas y buenas y que muchas veces minimizan nuestros sentimientos. ¿Has pensado escribir algo sobre la convivencia que tenemos con las redes sociales, con este medio fabuloso que es el internet?

Uso mucho las redes sociales. Son una excelente herramienta para difundir mi trabajo. Comparto en ellas mis cuentos y artículos que se publican en diferentes revistas digitales. Durante un año se publicó en el Periódico Irreverentes de Madrid, por capítulos semanales, mi novela “Polvos ilegales, agarres malditos”. Luego me enteré de que varios lectores que seguían el texto por la red lo consiguieron en una librería de Lima. Incluso supe de alguien que lo compró en una librería de Long Island, donde yo vivo. ¿Cómo llegó ahí el libro? No tengo idea. Fue una sorpresa.

De hecho, es una alegría saber, por los comentarios dejados en las publicaciones, que tengo lectores –algunos de ellos muy entusiastas- en diferentes países. Sin dejar de mencionar, naturalmente, la facilidad de poder conectarme regularmente con el resto de mi familia en Perú y Chile y reencontrar en distintas partes del mundo amigos con quienes había perdido comunicación por años.
Además tengo en carpeta un nuevo libro que incluirá un relato sobre las actividades de un grupo de escritores conectados al mundo a través de la internet. Una posibilidad que hace unos años era imposible de concebir, ahora se ha vuelto realidad gracias a la tecnología. Pero el espíritu humano, así como ciertas mentes brillantes, siguen cerrados. Un grupo de talentosos autores, ignorados por el sistema editorial tradicional, encuentran el modo de compartir su trabajo con un público ávido de nuevas y frescas propuestas, huyendo de lo convencional y de lo intelectualmente aceptado. Será sin duda una sátira, un vehículo para reírme de mí mismo y de mis fantasías como escritor.

-Fernando agradecemos el tiempo que nos has dispensado para nuestro blog, ¿deseas agregar algo más?

Ha sido un placer. Muchas gracias por tu interés, lo aprecio de corazón. Con el apoyo de un amigo, otro escritor peruano, Arturo Ruiz-Sánchez, estamos planeando presentar “La cocina del infierno” en la biblioteca de Corona, Queens durante el próximo mes de Julio. Mientras tanto si alguno de los lectores de tu blog desea adquirir un ejemplar, lo pueden encontrar aquí:
http://www.amazon.com/cocina-del-infierno-Relatos-inh%C3%B3spito/dp/1511643633/ref=sr_1_1?s=books&ie=UTF8&qid=1428867079&sr=1-1&keywords=la+cocina+del+infierno+fernando+morote
 

 
 




Fernando Morote. Piura, Perú-1962. Escritor y periodista. Autor de “Poesía Metal-Mecánica”, “Los quehaceres de un zángano”, “Polvos ilegales, agarres malditos” y “Brindis, bromas y bramidos”. Actualmente vive en Nueva York.