viernes, 27 de marzo de 2015

ANTOLOGÍA DE NARRATIVA PERUANA "LA NUEVA OLA"


 
El interesante cuento “Mi amigo Aldo” del escritor Héctor Rosas Padilla ha sido incluído en una importante antología de cuentos que acaba de publicar el sello “Vicio Perpetuo. Vicio Perfecto” que dirige el destacado poeta y narrador Julio Benavides Parra.
Basta mencionar que en esta antología figura el nombre del literato y profesor Eduardo González Viaña, internacionalmente conocido por sus grandes novelas, para ver con mucho respeto y seriedad este libro. Con él aparecen otros 32 autores, entre los cuales hay quienes enaltecen a la literatura peruana.

El cuento de Rosas Padilla versa sobre sus andanzas y travesías con el mejor amigo que tuvo en su adolescencia y parte de su juventud. Con este cuento, él quiere rendir un homenaje a la amistad.
Tanto el título del cuento como el nombre de su autor es mencionado en un excelente y acertado comentario que hace Winston Orrillo, quien es Doctor en Letras. Profesor principal de las universidades de San Marcos y San Martín de Porres. Premio El Poeta Joven  del Perú. Autor de más de 20 libros de poesía, 10 de ensayos y 3 de cuentos. Periodista profesional colegiado.

Orrillo, quien también publica un cuento en la mencionada antología titulada LA NUEVA OLA, escribe: “Uno de los temas que más sobresalen (en la antología) es el de las reminiscencias de la etapa escolar y de la recién abandonada infancia,  vigente en textos como los de Jorge Luis Roncal “La Promo”,  o en el excelente de Mario Guevara Paredes, “Patrick”, y, asimismo, en “La moneda”, de Luis Fernando Cueto, o el de Javier Gonzalo Bernal  Aguedo, “Mi ropa de domingo” y “Mi amigo Aldo” de Héctor Rosas Padilla.
En otra parte de su comentario Orrillo dice: “Otra  virtud del libro que reseñamos, es que arremete contra el odioso centralismo capitalino, e incluye textos de autores de Ayacucho, Arequipa, Huancavelica, Cusco, Caraz, Cañete (tierra de Rosas Padilla), Chimbote, Cajamarca, Piura, La libertad, el Callao, entre otros puntos del vasto territorio nacional”.

“Y, además, muy bien que se ponga la obra de los consagrados junto a la de los bisoños: esto les enseñara mucho a los nuevos narradores, y servirá, asimismo, para hacer más ubérrimo el panorama de la prosa ficción que no por gusto, sea como fuere, ya nos ha dado un Premio Nobel”, termina diciendo Orrillo.
Héctor Rosas Padilla, cuyos escritos difundimos a través de este blog, estudió periodismo en San Marcos de Lima. Es autor del poemario “Cuaderno de San Francisco”, y del libro de ensayos “La educación y los hispanos en los Estados Unidos de América”, publicado por la editorial Palibrio. Ha obtenido importantes premios en poesía y fotografía. Figura en varias antologías poéticas mundiales y ha sido entrevistado por la cadena de televisión UNIVISIÓN.
 

Expatriado desdoblamiento, el arte de escribir de Pablo Martínez Burkett


Por: Fernando Morote
Junto a la inteligencia creativa, una de las cualidades que más aprecio en un escritor es su capacidad para reírse de sí mismo, de sus personajes y de las situaciones que expone.

Los temas de ciencia ficción, fantasía y terror nunca han figurado entre mis favoritos. Sin embargo la hábil construcción de imágenes y el educado uso de las palabras que Pablo Martínez Burkett imprime a sus relatos en “Forjador de penumbras” (2011) y “Los ojos de la divinidad” (2013) lograron seducirme.

Su fluida prosa, pródiga en referencias de carácter histórico y geográfico, manejada con delicioso sentido del humor, me ha permitido viajar por una extensa gama de disciplinas que incluyen el ocultismo, el esoterismo y la metafísica. Pero sobre todo me ha transportado a los recodos más oscuros de la mente humana, cuyas peligrosas trampas han sido en numerosas ocasiones escenario de mis propios e íntimos sueños.

El mayor regalo de la literatura es la magia de sentir que la soledad ha terminado. Al abrigo de sus textos, Martínez Burkett me ha provisto de una compañía existencial que ha calmado por un momento la tormenta de mi espíritu.

He podido hacer el amor con febril dulzura y reír a diente partido, confirmar lecciones de vida y descubrir gustos inusitados, procesar mejor mi condición de habitante en un país ajeno. Me he asombrado reviviendo un cuento que escribí hace 2 décadas, presenciando por anticipado el libro que me encuentro escribiendo en la actualidad. La información y el conocimiento que he recibido de estas narraciones me ha llevado, por ejemplo, a fusionar perfectamente el sexo con el cine clásico.

Escritores y mutuos lectores, más de uno son los lazos que me unen a Martínez Burkett. Admiro su vasta cultura, adquirida a través de múltiples desplazamientos en su ejercicio profesional como abogado. Somos además compañeros colaborando en el Periódico Irreverentes de Madrid (donde él publica una sensacional serie por entregas semanales denominada “El retorno de la crisálida”, que destaca por su elegante crudeza). Pero sin duda la afinidad más sensible con este escritor argentino, que dejó a los 25 años su natal Santa Fe, donde creció y estudió, para ir a ganarse la vida en la ciudad de la furia, Buenos Aires, es aquella expresada con espectacular sencillez en “Sin contraseña”: “No hacer lo esperado. No cumplir con todo. Deshonrar la confianza de todos. Descarriarse. Consentirse. Ser otro. Eso, ser otro”.

Sus cuentos, lejos de poner el dedo en la llaga, han significado para mí, inesperadamente, una forma de colocar la venda sobre mis heridas.

La estética en los libros de Martínez Burkett no se limita al contenido; las cuidadosas ediciones de Galmort y Muerde Muertos ofrece una cuota extra de placer a la lectura. Y su blog en la red, bautizado con el título de su cuento homónimo “El eclipse de Gyllene Drakes” (http://eleclipsedegyllenedraken.blogspot.com), concede la oportunidad de extenderlo.
 
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domingo, 22 de marzo de 2015

PERSONAS DESAPARECIDAS



Por: Jorge Cuba Luque   
Fuente: CUENTOS PERUANOS CONTEMPORÁNEOS

Una cosa es verlo en una película o leerlo en los diarios o en un libro, pero otra y muy distinta es cuando uno se levanta una mañana para ir a trabajar y no sólo no encuentra a su mujer en la cama, sino que tampoco encuentra ni sus vestidos ni sus cosméticos ni nada de ella, como si nunca hubiera vivido en la casa y lo único que a uno se le ocurre hacer es dar una sonrisita nerviosa diciéndose a sí mismo que se trata de una broma pesada y que en cualquier momento todo volverá a la normalidad. Fue exactamente lo que me ocurrió a mí hace ya un buen tiempo cuando, luego de una noche de un sueño muy pesado, desperté a día siguiente y mi mujer no estaba; primero creí que había tenido que salir de la casa por alguna urgencia extrema, pero inmediatamente pensé ofuscado que tenía un amante y había decidido irse con él dándome antes un somnífero pero ¿y sus cosas?, ¿cómo habría tenido tiempo para llevarse todas, lo que se dice todas sus cosas, desde los libros y discos que ella misma había comprado hasta sus vestidos, sus zapatos, su cepillo de dientes y, por supuesto, su ropa interior, incluidos unos calzoncito sexys que le había regalado en su último cumpleaños.
A pesar del desconcierto, la confusión y el enfado que sentía, tuve que apresurarme en salir a la oficina porque tenía una cantidad bárbara de trabajo acumulado que de ninguna manera podía aplazar. En el trayecto, en un taxi decrépito pero veloz, intentaba vanamente una explicación. Yo sabía muy bien que había habido muchos casos de gente que ha desaparecido sin dejar el menor rastro y jamás se ha vuelto a saber nada de ella; en algunos países vecinos esto ha ocurrido de manera sistemática e incluso, sin ir muy lejos, aquí en Lima, ha habido trabajadores y estudiantes que se esfumaron misteriosamente y de quienes nunca más se ha vuelto a tener la menor noticas. Pero estas desapariciones —en las que nunca me interesé— estaban de alguna manera relacionadas unas con otras, y además las personas desaparecidas habían sufrido previamente amenazas y persecuciones, pero no era este el caso de mi mujer (su nombre me lo callo para evitar posibles complicaciones a quienes la hubieran conocido); ella era una mujer que no se complicaba la vida con problemas que no le concernían personalmente, igual que yo, y es por esto que su desaparición me intrigaba aunque no descartaba del todo que, como ya lo he dicho, me hubiese abandonado.
Decidí mantener lo ocurrido en secreto, así que en la oficina me comportaba de la manera más natural posible, sin mostrar el menor signo de inquietud; nadie me preguntaba por mi mujer, es más, cuando charlaba con mis compañeros y hacíamos referencia a fiestas o reuniones del pasado, yo aparecía siempre solo, no obstante que yo recordaba perfectamente haber ido con mi mujer. Sin embargo, opté por tomar esta desaparición de la manera más favorable para mí sin que esto significara, por cierto, que olvidara que una persona había desaparecido. De esta manera, después de mucho tiempo, pude empezar a ahorrar cada mes algo de mi sueldo (mi mujer no trabajaba, era yo quien solventaba los gastos de la casa) y, también, a disfrutar de una inesperada soltería: a menudo bebía más de la cuenta y regresaba a casa embriagado, tuve algunas aventuras amorosas, me echaba a vagar sin ton ni son por la Colmena, sorteando una multitud de vendedores ambulantes y, a veces, en la plaza San Martín o en la Dos de Mayo, me detenía absorto a contemplar una manifestación de obreros quienes terminaban, por lo general, siendo perseguidos y apaleados por la policía y, al final, todos los que estábamos por ahí en ese momento nos íbamos corriendo empapados por los chorros de agua de los carros antidisturbios.
Las semanas se fueron pasando y yo no hacía nada por tratar de ver a mi mujer; verdad que ya no nos amábamos como antes, pero en cierta forma creo que con mi silencio y pasividad estaba aceptando el hecho de su desaparición, ya no sólo física, sino también la de su recuerdo, y quién sabe si era yo mismo, actuando así, el que la estaba haciendo desaparecer cada día más irremediablemente, como seguramente ocurría con que habían desaparecido antes, pero de los que nadie se atrevía a hablar.
Por motivos de trabajo últimamente había estado pasando muchas horas a solas con la gerente de ventas de la empresa y, aun cuando soy un simple empleado administrativo, noté que le agradaba y le resultaba interesante y que ella, a pesar de ser unos quince años mayor que yo, también me agradaba e interesaba. No voy a hablar aquí de nuestra relación (baste decir que fue apasionada), pero sí diré que fue la única persona en la que pude confiar luego de la desaparición de mi mujer, sobre todo a partir de una tarde húmeda y gris cuando, mientras recorríamos a pie la interminable avenida Arequipa, me contó que el abogado de la empresa había desaparecido hacía tiempo pero, aparentemente, nadie lo había notado o nadie quería hablar del tema. Le conté entonces lo de la desaparición de mi mujer y de pronto empezamos a recordar a personas a las que ya no veíamos más,  como el camarero del Cordano, ese viejo y silencioso bar casi oculto a espaldas del Palacio de de Gobierno, o el vendedor de diarios de la esquina de la oficina, o aquel periodista tan simpático que trabajaba en la televisión, y otros más, todos como si se hubiesen perdido para siempre en la bruma del invierno limeño.


Quizás fue cobardía, pero ni ella ni yo queríamos arriesgarnos a desaparecer de un momento al otro, así que cuando me propuso irnos del país acepté de inmediato. Ella compró los pasajes de avión y además llevaba un dinero con el que viviríamos unos meses, mientras encontrábamos trabajo. A modo de despedida decidimos tomarnos una copa en el Cordano; como yo salí primero de la oficina, me adelanté y fui a esperarla. Cuando pasó una hora y no llegó me inquieté por su tardanza, y cuando pasaron dos salí corriendo a buscarla, presintiendo lo peor. En la empresa, todos, incluida su secretaria, me dijeron que no la conocían ni sabían quién era ella; fui luego a su casa y encontré que ahora vivían dos ancianos con los que era imposible hablar. Desde ese día no se ha comunicado conmigo, y de mi parte no tengo cómo ubicarla.  Yo me quedé con mi boleto de avión, pero, la verdad, no sé qué es lo que debo hacer ni a quién acudir; no sé si embarcarme en el próximo vuelo o quedarme aquí y esperar a desaparecer en cualquier momento, mientras los demás siguen como si nada. 

sábado, 7 de marzo de 2015

EL SANTO CURA

Por: Fernando Morote.

Publicada en Setiembre del 2007, y presentada originalmente en Valencia-España, “El Santo Cura” es una novela que termina de desbaratar la ya deteriorada imagen de los sacerdotes católicos en el mundo occidental. Ambientada en el Perú, constituye una explosiva combinación de homosexualismo y juegos de poder entre algunos miembros del clero, representantes de la política y figuras del empresariado.
Su autora, la escritora y periodista peruana Elga Reátegui, tuvo la gentileza de conversar conmigo y compartir su experiencia escribiendo el libro:
  1. La estructura de la novela permite una lectura fluida desde el inicio. ¿Cuál ha sido tu método para construirla?


Su escritura fue instintiva por sobre todo. Me dejé llevar por la historia que ya tenía bien definida en mi cabeza hacía tiempo. En cuanto a la metodología recurrí a lo ha aprendido en las clases de redacción periodística. Eché mano de las herramientas que son básicas  a la hora de contar una noticia o una historia. Ese decir el qué, quién, cómo, cuándo, dónde, aunque me es difícil no pensar en el por qué o para qué, pues sigo creyendo que mis historias carecen de moralejas o enseñanzas. Sin embargo, aspiro a que por lo menos, invite a la reflexión o pueda sensibilizar de algún modo al lector.  


  1. El lenguaje utilizado en los diálogos, incluyendo los monólogos interiores, en ciertos pasajes se entremezcla con la narración misma. ¿Lograr la diferencia entre ambos elementos ha representado un desafío especial al momento de desarrollarlos?


No, los protagonistas y sus historias me supieron guiar a la perfección. Solo había que entregarse y escribir; o mejor dicho, dejarse llevar y disfrutar de la labor.  Por otro lado, considero  que no es un libro de complicada redacción, y si los lectores están lo suficientemente conectados con su lectura,  así como yo lo estuve en el momento de su creación, les será fácil empatizar con sus personajes y  hasta entender sus peculiares dramas existenciales y sociales. Es cierto, todo es muy dinámico y  a veces fluye con extrema rapidez, pero ese es el mecanismo de nuestra existencia, en el que estás contigo y a la vez interactuando con otros, y como guionista, directora, espectadora y coprotagonista, la gran creadora que todo lo que puede: la vida.


  1. Se trata de una historia controversial. De hecho, me hizo recordar con nitidez a un sacerdote muy frecuentado y querido por mi familia cuando yo era niño. ¿Está basada en hechos reales y personajes que tú has conocido de cerca?


Ahora ya lo puedo contar porque quien me inspiró gran parte la personalidad del protagonista principal,  el padre Ignacio, “el Santo Cura”, pasó a mejor vida hace un par de años y no me había enterado. Sí, fue real, era el gerente de cooperación internacional de un ministerio en el que laboré, y desde el primer momento, me llamó la atención su presencia en un organismo del estado, que obviamente no era su lugar, y el poder que ejercía sobre el personal e incluso las autoridades de ese momento. El sujeto era astuto, de inmejorable habla y conocedor de las debilidades humanas, conseguía de ti lo que le daba la gana, a la buena o a la mala, pero sin perder la clase ni la compostura. Pero, no puedo afirmar que mi padre Ignacio sea él porque faltaría a la verdad. Mi “Santo Cura” es el producto de todos los curas que conocí, traté e incluso, tuvieron algún tipo de amistad conmigo o mi familia. No todos tuvieron el alma negra, obviamente, pero me ayudaron a construir mi personaje, a hacerlo más pecador que cualquiera o tal vez, menos hipócrita al momento de ser él mismo.


  1. Otros protagonistas del relato sobresalen por su diversidad. Muchos de ellos provienen de estratos sociales, económicos y culturales diametralmente opuestos. ¿Cómo has trabajado esa parte del texto para recrearlos?


He tenido de dónde sacar la materia prima de mis historias. Mis orígenes alimentaron mi imaginación. Procedo de un estrato social que en mis tiempos de niñez y adolescencia era indefinido. No estaba en la miseria, pero tampoco me ubicaba en la clase media. Y en el callejón donde vivía, habitaba la gente más variopinta que te puedas imaginar. Era una galaxia heterogénea donde se juntaba perro, pericote y gato, y ocurrían sucesos que lindaban con lo esperpéntico. Podías ver en la mañana a un vecino atando su cabra al arbolito de la acera antes de salir a trabajar, a otra ‘haciendo la compra’ pidiéndole prestado a medio mundo papa, pollo o arroz o, una segunda despidiendo semidesnuda  a su ‘cliente’ a la puerta de su casa. La gente provenía de diversas partes del Perú. Habían dejado sus provincias para conquistar la capital. La realidad al llegar era dura y se las ingeniaban para salir adelante. Les costaba adaptarse y modificar sus formas de comportarse o de vivir. Pese al tiempo transcurrido, muchos se quedaban igual. Otro aspecto a destacar es que cada quien practicaba su moral. La de algunos era discutible, pero se ‘toleraba’. Los vecinos cotilleaban por los rincones y casi enfrente del susodicho, sin embargo, la regla se cumplía, no armaban pleito si no se perjudicaba a un tercero. Sobre todo cuando se trataba de robos o asaltos, nunca se chocaba con el barrio. Recuerdo con mucho cariño a mis vecinos, hubo gente valiosa que punta de chambear de a sol a sombra, mejoró sus condiciones de vida e hizo de sus hijos gente de provecho. Otros, espero que los menos, porque no volví a coincidir con ellos, se dejaron arrastrar por el vicio y la desidia, y están dando vueltas por ahí sin saber adónde ir.
Por otro lado,  hacer periodismo, ser reportera de calle, me mostró otras realidades que modificaron mi forma de ver el mundo y asumirlo. Una cosa es ver la noticia impresa en el diario o verla por televisión, pero otra muy distinta es estar cerca de sus protagonistas y
sentir la magnitud del hecho. Le debo mucho al periodismo, y hoy por hoy, recurro a parte de mis recuerdos y vivencias a la hora de armar mis historias.


  1. Como escritora, ¿qué significa para ti penetrar y explorar el mundo íntimo de la curia, el poder y los negocios relacionados entre sí?


Sé que es delicado porque al hacerlo sin querer también chocas con la fe de la gente, y eso es algo que respeto por más mis creencias vayan por otro lado. Sin embargo, hace rato que he superado el miedo o el temor a abordar dichos temas o problemáticas. Le he quitado el peso innecesario que soportaba, y puedo tratarlo como cualquier otro que es igual de conflictivo y sensible. Los curas no están por encima de nosotros, por tanto, hay que verlos y tratarlos como cualquier ser humano común y silvestre. No hay nada santo ni sagrado en ellos, y está demostrado que sus acciones pueden ser más crueles y ruines que las de cualquier laico.



  1. ¿Cuánto tiempo te tomó escribir la novela? ¿En qué circunstancias lo hiciste?


Fue un embarazo literario. Seis meses con sus días y noches en las que trabajaba frenéticamente.  Creo que la historia me poseyó y no me dejó tranquila hasta que no le puse el punto final. Poli, mi esposo,  tuvo mucho que ver en eso. Me alentó a aparcar la poesía, y darle paso a otro registro. Me dijo algo así como “tú que has vivido tantas cosas en tu trabajo de prensa, seguro que tienes algo bueno que contar”. Le hice caso. La rapidez con que abordé el trabajo respondió también a que quería participar en el Premio Planeta y deseaba que me alcanzara el tiempo para corregir y dejarlo decente. Me hacía mucha ilusión. Ignoraba que a ese nivel (el del certamen) las cosas se manejan bajo otros criterios. Pero ese ya es otro tema.


  1. ¿Cuáles consideras que han sido los principales retos y obstáculos que te presentó la elaboración del texto?


Sin lugar a dudas, el lenguaje y la corrección del texto en ese sentido. Por estar ambientado en Lima mis personajes debían hablar a la peruana, distinguiendo sus orígenes (costa, sierra y selva), y si eran de Lima o pertenecían a otro rango social o cultural. Nosotros, los peruanos, en nuestro día a día usamos el lenguaje coloquial, varias palabras provenientes del inglés y mucha jerga, y esta se halla viva: crea, recrea y cambia. Poli, quien revisaba mi texto en la medida que lo iba escribiendo, fue ‘suavizando’ esos aspectos. Me decía  “bájale un poco”. Le tomé muy cuenta, pues sí él entendía mi manera de comunicar, los demás españoles, lo iban a hacer también.Quien no entendió e impuso su criterio en varias partes de mi texto, fue el corrector de la editorial.  No respetó mi lenguaje, pese a exponerles mis razones. ¿Qué más lógico que argumentar que un  peruano no habla como un español? Absurdo, ¿no?



  1. En el momento que fue publicado el libro, ¿cuál fue la acogida que tuvo y cuáles fueron las reacciones que generó?


Mi público lector fue español en sus inicios. La gente se portó bien conmigo. Tuve buenas críticas. Les gustaba conocer cómo éramos y nos comportábamos, y en muchas tertulias me hablaban de aspectos que, yo como autora, no había reparado. Era lógico y comprensible. Como tenía que ser, le dieron su particular interpretación y sacaron conclusiones que, en más de una ocasión, me dejaron con la boca abierta y sin saber qué responder. Me pidieron una segunda parte y que no lo hiciera caso a Poli, y que  incluyera ‘más de esas palabras graciosas’ (jerga). El tema del padre metido en política y corrupto, pasaba a segundo plano, y eran los personajes del pueblo, con su forma de ser y relacionarse en medio de la injusticia, los que lograban imponerse y hacerse escuchar, al menos dentro de la lectura.


              
 
 
               Para los interesados en adquirir el libro, “El Santo Cura”


                * Fernando Morote, escritor peruano radicado en la ciudad de Nueva York.