domingo, 27 de diciembre de 2015

La segunda venida de Cristo, el juicio final y mi madre.


Por: Néstor Rubén Taype

El juicio final está ya cerca papito – me decía mi madre  desde que yo era  pequeño. - La biblia dice que habrá guerras y rumores de guerra hijo – escuchaba yo de sus labios cuando era ya un adolescente. Entonces, traía su biblia y me hacía leer los versículos que ella me señalaba y me los hacia repetir varias veces. Le gustaba especialmente la historia de Daniel y el rey Nabucodonosor y ella decía Naucunsor sin mayor rectificación. Me hacia una larga explicación de las profecías que se cumplirían y que estaban simbolizados en esa imagen. La historia terminaba en los pies y los dedos, que eran, uno de metal y  otro de  barro cocido. - Eso significa hijo  que jamás el mundo se podrá unir y que no  queda mas final que la destrucción  que vendrá con esa tremenda piedra que destruirá los pies y los hara volar en mil pedazos.  La piedra hijo, es la segunda venida de Jesucristo – terminaba diciendo.
Mi madre decía que el espiritismo aumentaría y me lo decía en los setentas -Ósea los adivinos hijo, van a estar en todos los lugares. Vendrán enfermedades nuevas que nadie conoce y yo le decía que eso era imposible (sin embargo años después apareció el SIDA, EBOLA)
-         Mami, todas enfermedades ya se conocen y algunas han desaparecido.
-         No hijo, así dice la biblia, aparecerán nuevas enfermedades y habrán guerras y rumores de guerra.
Yo le decía que en todo tiempo hubieron guerras, que no ha existido un momento de paz, que eso no era una verdadera señal de que el mundo se acabaría.
Me decía que la tercera guerra mundial se iba a dar y allí se destruiría el mundo y vendría Jesús en su segunda venida, tal como le dijo a sus apóstoles..
Me contaba interminablemente la segunda guerra mundial, me decía que ya Alemania había descubierto los aviones sin piloto  (aquí me imagino que ella se refería a los misiles o proyecto de ellos) Me contaba que al final de la guerra Estados Unidos y Rusia se repartieron los científicos alemanes que se rindieron.
- Diez para cada uno papito, así se los repartieron, ellos son los inventores de los      aviones sin piloto – me decía.
Otra señal de los últimos tiempos era que la homosexualidad aumentaría y volveríamos a ser como Sodoma y Gomorra.
Mi madre como buena adventista era mujer dedicada a su iglesia, no solo de palabra sino de acción. Era una entusiasta participante para las campañas de captación de nuevos fieles, e incansable repartidora de folletos cuando se trataba de ir a tocar puertas. 
-         Vamos hijito, vamos acompáñame a repartir los trataditos y folletitos aquí en Pando, vamos apúrate.
Salía a regañadientes, pero aceptaba. Ya no era un niño sino más bien un adolescente de 16 años y me daba tremendo “roche” hacer ese trabajo. Mi madre tocaba las puertas y unas se abrían y otras no. Pero cuando lo hacían yo me daba maña para estar ya en la cuadra de enfrente o al costado, bastante lejos.
Al llegar a casa ella me recriminaba cariñosamente mi falta de fe, pero por mi parte no le podía decir que para mí no representaba nada, no le encontraba sentido.
Gracias a su perseverancia fue inevitable aprenderme de memoria dos salmos, el 23 y el 146, que no niego haberme servido en momentos difíciles de mi  vida y que no me quedó más recurso que aferrarme a ellos.  Mi madre era reiterativa con la persecución a los adventistas y me sembraba algo de temor.
-         Nos van a perseguir, y entraremos a las cárceles por que la Iglesia romana va a dictar una ley universal que el día de reposo siga siendo el domingo y no el sábado hijo, entonces tendremos que salir y huir.
Yo trataba de explicarle que eso era casi imposible, que la libertad religiosa ya era una realidad y ese tipo de hechos eran de otros tiempos, aun más, que los católicos también habían sido perseguidos y le mencionaba, en ese entonces, el caso del Papa Juan Pablo II, quien estudió  su sacerdocio casi escondido en Polonia  por la ocupación rusa. Pero más podía las predicciones de su llamada profetisa Elena G. de White, autodenominada “espíritu de profecía”
El apocalipsis dice que la Iglesia Católica va a pasar por grandes problemas hijo, se va a corromper de tal manera que será una crisis muy fuerte y allí para salvar a sus fieles, van a promulgar la ley dominical y seremos perseguidos. Y vaya que casi se cumple, porque la crisis de hace una década de la Iglesia romana con sus casos de pedofilia y otros, sí que la está pasando terriblemente mal, pero, lo de la persecución si me pareció hasta hora un pronóstico descabellado.
El primer recuerdo que tengo de lo que eran los pastores, iglesia y adventismo, lo escuché cuando tendría unos siete años en nuestra vivienda en Chorrillos. Estábamos en la ventana de la casa cuando mi madre se puso a llorar emocionada diciéndome – hijito allí viene el Pastor –cual mamita, no veo ni a las ovejitas – (cerca estaba la hacienda Villa y veía con mucha continuidad a las familias pasteando sus ovejas) – no papito, la oveja soy yo- me dijo. Ella estaba emocionada porque el Pastor venía a un lugar lejano como Chorrillos a verla y darle lecciones de la biblia. Era un joven muy, pero muy alto, de nacionalidad brasileña como su esposa, ambos altísimos.
Poco tiempo después se formaría una Iglesia de la que mi madre era una activa participante. Nunca he llegado a entender porque no me integré plenamente al adventismo, muchas cosas me parecían  lógicas y aceptables, pero otras definitivamente fuera de lugar.
Así crecí dentro de una dicotomía y mundos ambivalentes; de lo que se llamaba: la vida mundana y la cristiana. La bohemia del viernes, impostergable e inevitable, y asistir al día siguiente nomas a la Iglesia, con tranca, resaca y todo. Ya en los noventas y con mi madre acosada por los males de la edad y un cáncer inmisericorde que la atacaba, me presionaba para bautizarme a como dé lugar (mamá falleció a mediados de los 90’s). Por mi parte ya tenía definido que mi caso no encajaba para nada en ese mundo cristiano, y con esas reglas y mandatos que en algún momento ya detestaba. Sin embargo por darle esa alegría a mi desconsolada madre que me repetía frecuentemente – hijo si no te bautizas, no nos vamos a encontrar en la segunda venida de Cristo y no estarás para reunirte con nosotros -  en algún momento acepté, ocultando mi malestar.
Un buen día me dijo que se venía una campaña de bautismo en la Iglesia y que tenía dos meses para prepararme. Me repetía que el mundo ya casi se iba a acabar y la segunda venida del Señor estaba cerca y me daba el slogan de la campaña “¡Cristo viene pronto, prepárate!”
Llegado el día mi madre estaba emocionadísima. No recuerdo la hora, pero ya estábamos en el templo. Había varios hermanos esperando su turno conjuntamente conmigo. De pronto el diácono me llamó haciéndome una señal – es su turno hermano – me dijo -. Subí al púlpito y luego baje por unas escaleras que daban a una suerte de pequeña piscina, era el bautisterio y donde me esperaba el Pastor.
-         ¿Acepta usted hermano que el día sábado es el día del señor y el que debemos de guardar, tal como lo manda Dios en sus mandamientos?
-         Sí.
-         ¿Acepta usted hermano a la hermana Elena G. de White como la fiel representante del espíritu de profecía, como lo detallan las santas escrituras?
Aquí me quedé dudando que responderle, fatalmente nunca estuve de acuerdo con sus escritos, no creía además que fuera una profeta y menos inspirada por Dios. Siempre me pareció una buena escritora y evangelizadora, nada más. No aceptaba sus reglas dogmáticas y  escritas en otro tiempo. Pero, que podía hacer allí, ya parado frente a un Pastor que me miraba algo extrañado de no darle una respuesta, quien ademas tomaba mis manos con una de las suyas y la otra sobre mi nuca, listo para zambullirme. Vi en esos segundos de silencio su mirada sugiriéndome que responda, algo que yo interpretaba como - ¡habla jugador!  Asi que para no hacerla más larga, le respondí.
-         Si Pastor, claro que acepto.
Entonces me pareció que al echarme de espaldas al agua lo hizo con cierta fuerza voluntaria, en todo caso con una excesiva y subliminal rapidez que yo sentí como una llamada de atención, por haberme demorado. Al salir del agua, pese a mi inconformidad y mala onda, tenía la lejana y remota esperanza que luego podría sentir alguna emoción, algo en el estómago, cosquillitas que me pudieran sorprender y pensar que había tenido algún contacto divino. Nada de nada, no sentí nada, solo tenía frio y con ganas de sacarme esa ropa. Me quedé muy contrariado, desconsolado y algo deprimido, mi actitud contrastaba con la de mi madre que afuera me esperaba sumamente feliz y bañada en lágrimas, repitiéndome que por fin teníamos ganada la vida eterna. Mientras mi madre me abrazaba y me llenaba de besos yo dudaba de haberme ganado el cielo, tenía por allí unos pecadillos inconfesables, que esperaba  se hubieran enterrado realmente en esas aguas del bautismo.  Al salir de la Iglesia y al encontrarme con un cielo despejado, alumbrado por un esplendoroso sol, comencé a sentirme mejor. De algo estaba absolutamente seguro, que allí no era el lugar para mí, que mi cuota ya había sido pagada y que no regresaría más. 

miércoles, 28 de octubre de 2015

Las Guerrillas de 1965


Escribe: Nelson Manrique  La republica.pe

Luego de la traumática experiencia de la barbarie senderista es complejo entender por qué los guerrilleros de 1965 gozaron de una amplia simpatía y por qué los militares que los combatieron y derrotaron decidieron amnistiarlos apenas cinco años después.
Para entenderlo, es necesario comprender la situación del Perú de los años 50. Entre 1930 y 1956 –con apenas un pequeño paréntesis democrático entre 1945 y 1948– el Perú vivió lo que Basadre denominó “el tercer militarismo”. La oligarquía había perdido legitimidad y se mantenía en el poder apoyándose en las Fuerzas Armadas y la represión, cerrando el paso a cualquier intento de transformación social. Los partidos populares estaban fuera de la ley y la censura y la autocensura generaba un ambiente cultural castrante y opresivo, vívidamente reconstruido en Conversación en La Catedral de Mario Vargas Llosa. Los países vecinos habían logrado modernizar sus estructuras sociales y políticas a través de los populismos: Getulio Vargas en Brasil, Perón en la Argentina, Lázaro Cárdenas en México, el Frente Popular de Gutiérrez Cerda en Chile, el MLR en Bolivia. Mientras tanto, el Perú permanecía estancado, con la vida política bloqueada.
Pero grandes transformaciones se agitaban en la profundo de la estructura social peruana. Estaba en curso una grave crisis agraria, producida en primer lugar por el crecimiento de la población rural y la falta de tierras. La Comisión de Reforma Agraria y Vivienda, creada por Manuel Prado y presidida por Pedro Beltrán en 1959, advirtió en su informe que toda la tierra disponible no alcanzaría sino para apenas un 25% del campesinado. Esto provocó dos procesos de consecuencias trascendentales: 1) la más grande movilización campesina desde Túpac Amaru II, entre los años 1956 y 1964, que alcanzó su culminación con la ocupación de cientos de haciendas en la sierra sur y la sierra central; y 2) la migración de millones de pobladores de la sierra a la costa y del campo a la ciudad, que cambio el rostro del país. 
La crisis involucró también a las modernas plantaciones capitalistas costeñas. Hacia 1950 estas aportaban alrededor de un 50% de las divisas que el país captaba por exportaciones, pero para 1969 este porcentaje había caído al 16%. Hasta fines de los años 50 la balanza comercial agrícola era favorable: por cada 100 dólares de productos agrícolas que se exportaban se gastaba solo 39 en importar alimentos. Pero para 1968 el saldo se volvió negativo; eran más los dólares que se gastaban en importar alimentos que los que ingresaban por las exportaciones agrícolas. El sistema terrateniente tradicional estaba condenado.
En las urbes surgían nuevos sectores sociales, que planteaban nuevas demandas. Un proceso de industrialización incipiente había fortalecido a un joven proletariado y la expansión del Estado provocó el crecimiento de sectores sociales medios, como los maestros y los bancarios, cuyos reclamos que se sumaban a los de los obreros y de los millones de migrantes que necesitaban vivienda y crearon las barriadas, que reclamaban servicios básicos: transporte, agua, luz, titulación.
Todo el país estaba movilizado en el campo y la ciudad y demandaba cambios. La nacionalización del petróleo era una bandera que levantaba hasta El Comercio. La necesidad de una reforma agraria, de modificar la distribución de la riqueza y modernizar el Estado eran comprendidos hasta por las Fuerzas Armadas, que habían creado el Centro de Altos Estudios Militares, y la Iglesia, en la que surgieron las comunidades cristianas de base, que darían lugar después a la creación de la Teología de la Liberación. Luego del triunfo de la Revolución Cubana, en 1959, hasta el gobierno norteamericano demandaba cambios estructurales en América Latina, a través de la Alianza para el Progreso, creada en 1961 para impedir que cundiera el mal ejemplo cubano. 
Solo se oponían a las inevitables transformaciones la oligarquía y los gamonales. Pero en 1956 el Apra abandonó definitivamente su línea antiimperialista y antioligárquica al formar la Convivencia, en alianza con Manuel Prado. En 1963 amplió esta alianza con la incorporación de la Unión Nacional Odriísta, el aparato político del tirano que había masacrado a los apristas una década antes, y desde el Parlamento se dedicó a bloquear sistemáticamente todas las reformas propuestas por el gobierno de Fernando Belaunde.
Así, dirigentes juveniles apristas radicalizados, en alianza con jóvenes marxistas provenientes de la vertiente del Partido Comunista, como Guillermo Lobatón Milla y Paul Escobar, se declararon marxistas, declararon que se proponían realizar una revolución y fundaron el MIR, cuyo comandante general, Luis de la Puente Uceda, cayó en combate el 23 de octubre de 1965, hace 50 años.

jueves, 18 de junio de 2015

Jorge Cuba Luque: “Actualmente escribo para acompañarme a mí mismo”


                               Jorge Cuba Luque reside desde hace 25 años en Francia. (Foto: cortesía del autor)

Conversamos con el escritor peruano Jorge Cuba Luque, quien reside en Francia y acaba de publicar una reedición de su cuentario Ladrón de libros, cuyas historias nos remontan al Perú de la década de los 80.

Por Jaime Cabrera Junco  www.leeporgusto.com
ecajun@gmail.com
 Jorge Cuba Luque (Lima, 1960) había publicado en 2002 Ladrón de libros, un cuentario en el que destaca el relato del mismo nombre, así como otro titulado Preguntas y respuestas. Campo Letrado ha reeditado recientemente este libro en una impecable edición que fue presentada hace poco en el Centro Cultural de España. Los cinco relatos que nos ofrece el narrador tienen en común la visión del Perú de la década del 80, donde la crisis económica y el surgimiento del terrorismo golpeaban al país y obligó a muchos a pensar en el exilio como una vía para huir de esta pesadilla. Sin embargo, este contexto es apenas el escenario, pues a su autor más que lo político le interesa detenerse en el recuerdo, en la añoranza que experimentan sus personajes, casi todos jóvenes, profesionales o con aspiraciones a serlo. El humor funciona como un disparador para poner en contraste este contexto social y político. Aunque las comparaciones resulten odiosas, estos personajes tienen un halo ribeyriano, pero solo eso. Cuba Luque tiene una prosa sencilla que fluye, atrapa y entretiene. Sus cuentos no tienen frases trascendentales, son más bien las situaciones anodinas las que nos muestran una lectura entre líneas de la vida, aunque lejos de todo drama es la ironía la que nos recuerda los matices que existen en nuestra propia existencia. Como es un escritor que radica en Francia y del cual se conoce poco en el Perú nos pareció más que necesario charlar con él para que más lectores puedan descubrirlo y conocer la visión de su obra y del quehacer literario.

Vives en Francia desde hace más de 20 años y has publicado ya tres libros. ¿Cómo asumes tu condición de escritor? Si bien tu obra no ha sido muy difundida en el Perú esto no implica un demérito. Es quizás una actitud de perfil bajo.
Son en realidad cuatro los libros que he publicado, dos de cuentos, Colmena 624, Ladrón de libros,  la novela Tres cosas hay en la vida,  los “recuerdos” Yo me acuerdo. En cuanto a mi condición de escritor, esta es algo íntimo, muy personal pero constante. Estoy fuera  de todo circuito literario, pero para mí es algo importante, esencial, como lector, como escritor. Esto tiene sus ventajas pues te permite escribir con una cierta libertad pero también con la desventaja de ser un perfecto desconocido que no logra que le publiquen ni un microrrelato. En el fondo, es lo que me conviene aunque el precio a pagar sea la poca difusión de mis libros, pero ahí entramos ya en otro terreno, el comercial, que no es lo mío.
Sin embargo has comentado últimamente algunos libros publicados en el Perú. ¿Hay una necesidad de estar de alguna forma, de no desarraigarse totalmente?
Sí, he comentado algunos libros, aunque aclaro que no soy crítico literario ni he estudiado literatura, lo hago como un lector para el que la literatura es algo muy importante, y por eso en mis comentarios suelo poner el acento en la calidad del lenguaje, en el dominio del idioma. A propósito de estos comentarios, me ha dejado perplejo la reacción de algunos jóvenes escritores frente a mis observaciones en las que he subrayado lo que para mí son notorias deficiencias en sus libros: ellos y sus friends  me han “apanado” en las redes sociales. No me esperaba tal intolerancia, tal falta de autocrítica.
Cuando dices que es una forma de estar, de no desarraigarse totalmente, es cierto, hay algo de eso. A veces lo siento como una necesidad, de participar en el intercambio intelectual.
Estudiaste Derecho en San Marcos y viajaste a París en 1989. Dices que te fuiste no porque querías hacerte escritor sino porque querías irte del Perú. Era un momento crítico en nuestro país, muchos querían huir de la crisis, del terrorismo. ¿Cómo ves esto ahora?
A fines de los 80 acababa de recibirme de abogado, trabajaba en una aerolínea (lo que me había permitido viajar ya varias veces al extranjero), y el Perú se venía abajo. El país parecía no tener futuro, en lo afectivo me sentía mal, así que eché mano de las facilidades que tenía para ir a Europa y simplemente me fui, no para “hacer carrera de escritor”.  Tal vez pude cambiar de nombre y enrolarme en la Légion Etrangère tras hacerme el tatuaje de un corazón acuchillado, o integrar  la tripulación de un barco ballenero al mando de un capitán pata de palo, pero opté banalmente por devenir en inmigrante, así que no me fui para ser escritor. Cuando evoco el tiempo aquel me viene la tristeza, ya no solo personal, sino por todo lo que entonces afectaba al Perú: la actitud infame del gobierno, el delirio criminal de Sendero Luminoso.
En tu obra está presente el recuerdo, aunque tus historias no tienen una mirada política, el contexto social y político aparecen como telón de fondo. ¿Hasta qué punto eres consciente de esto? Efectivamente, en mis cuentos, en mi novela, la política no es el tema central son el marco en el que los personajes se desenvuelven. Nunca he sido militante político pero, desde luego, como ciudadano tengo una visión política aunque la separo de lo que es mi creación literaria. Este tema lo tengo bastante claro, y no me plantea problemas al momento de elaborar mis ficciones.
 ¿Esta mirada hacia el pasado del Perú se ve influenciada por la distancia?
Hace veinticinco años que vivo fuera del Perú, y en todo este tiempo he hecho solo unas cuantas cortas visitas. Necesariamente, mi mirada del país no es la misma de quien la vive en él de manera permanente. De ahí quizás uno de los rasgos de mis temas literarios que observas: el recuerdo.  Aunque ese “recuerdo” no es meramente evocativo sino una forma de cuestionamiento, individual, social. En mi libro Yo me acuerdo, inspirado de Je me souviens del francés  Georges Perec, hago una lista de “recuerdos” generacionales… a lo mejor es una lista de cuestionamientos, de búsquedas.
 Sobre tu cuentario Ladrón de libros, hay algunas características que llaman la atención. Me quiero referir principalmente al humor y a esta mirada hacia la década de los 80 en el Perú, el momento de la crisis tanto política como económica. ¿Cómo así fuiste pergeñando estos cuentos y si acaso estos elementos fueron definiendo su selección para el libro?
Los relatos de Ladrón de libros  están ambientados, en efecto, los años 80, esa década, dolorosa, perdida, para el Perú. La idea del libro, como suele ocurrir con los libros de cuentos, surge con uno de ellos, con el primero que escribí, el que le da nombre al conjunto, pero ya antes de terminarlo me surgió la idea de hacer un conjunto de relatos relacionados todos,  de una manera u otra, con lo que la sociedad peruana vivía entonces: crisis, desesperanza.  Con el cuento Ladrón de libros intenté hacer un paralelo entre la vida de un joven estudiante peruano que en París va cayendo en una crisis social y personal, y su país, Perú, que va hundiéndose. Casi de inmediato me vinieron los temas de los otros  cuentos del libro, y opté por el tono narrativo del humor, de la ironía; opté por narrar situaciones dramáticas con el registro de un cierto humor.
En cuanto al relato que da nombre al libro hay algunos elementos que aparentemente podrían resultar autobiográficos. A riesgo de parecer un lector poco avisado me gustaría preguntarte, ¿cuál fue el origen del cuento Ladrón de libros?
No sé si me habrías hecho la pregunta  si el libro se hubiera titulado Soy un asesino, y uno de los cuentos habría empezado con algo así como “A mi primera víctima la maté de quince puñaladas…”. Recuerdo que una tarde, en un café de París, mostraba el texto de Ladrón… a un amigo, cuando de pronto se aparece un chico peruano, y se sienta con nosotros. Leía un pasaje del texto que dice algo así como “…llegué a París en  tren, desde Amsterdam…”. M e interrumpe, y me dice “Pero, Jorge, tú llegaste en avión desde Lima”.  Lo autobiográfico más allá de la curiosidad, no es solo lo que yo haya vivido o no, sino aquello de lo que fui testigo o me llamó la  atención  o me impresionó.  En todo caso, si no te respondo directamente es porque espero la prescripción. Cuando llegué a Francia descubrí la FNAC, una cadena de supermercados de “productos culturales:  LPs (luego reciclados en CDs), DVDs, ¡y millares de libros! Algo impresionante. Entonces no existían las alarmas electrónicas, y algunos amigos me contaron que unos de los deportes más practicados en París era el de ir a la FNAC y adquirir unos libros sin pasar por la caja. Había verdaderos expertos en ese arte.
¿Cómo es tu vida en Francia? Es común idealizar a la ciudad, pero ya el mismo Ribeyro se encargaba de desmitificarla o quitarle todo halo romántico. Mi vida en Francia tiene dos etapas. La primera, en París, desde 1989 hasta el año 2000, la segunda en el sur, donde vivo desde hace ya más de diez años en una pequeña ciudad llamada Montauban. La vida en París puede ser fascinante, es una linda ciudad, el paisaje urbano está lleno de referencias literarias, históricas, creo  que hay unos quinientos cines, el doble de teatros, todas las noches hay no sé cuántas conferencias de Historia, Literatura… En un primer momento uno está hipnotizado por la dinámica de la ciudad, más si uno está interesado por cuestiones artísticas en general. Pero poco a poco va imponiéndose lo material: en París el precio de la  vivienda  es carísimo, y todas esas salidas con amigos requieren tener un ingreso económico. Cuando uno es joven esas cosas se llevan deportivamente, pero el tiempo pasa, y París es como una bruja mala que puede llevarte a la perdición: hay escritores que no escriben, pintores que no pintan, que se dejan llevar por los encantos de la ciudad.
Creo que yo estaba cayendo en eso. Se me presentó la oportunidad de hacer un doctorado en la Universidad de Toulouse, y dejé París. Empecé a trabajar como profesor de español en las escuelas secundarias, vivo en un ambiente francés, totalmente distinto al que frecuentaba en París; esta etapa me ha permitido conocer mejor Francia y los franceses.  Y bueno, como en todas partes, uno tiene que ingeniársela para darse tiempo para poder escribir.
¿Participas de la vida cultural allá?
Desde que me instalé en Montauban dejé de frecuentar ambientes literarios, aunque desde hace tres o cuatro años voy a París con cierta regularidad, cuando me invitan a alguna actividad literaria. Hay una nueva generación de jóvenes escritores y estudiantes peruanos, muy dinámica y bien formada, que ha tomado la posta.  Estoy en contacto con algunos de ellos.
¿Tienes algún recuerdo con algún escritor peruano como Julio Ramón Ribeyro? 
En París tuve la ocasión de intercambiar algunas palabras con Ribeyro, cuando presentó La tentación del fracaso, y  me autografió un ejemplar (le había contado que  una vez, en Lima, le había pedido un autógrafo, pero que mi libro se la cayó de las manos y firmó  el libro de otro admirador); también a Vargas Llosa, Bryce, cuando han dado conferencias. En París el contacto con ellos es quizás más fácil. Pero te confieso que no me interesa demasiado eso de buscar escritores famosos.
¿Cuál es tu visión de lo que se produce literariamente ahora en el Perú?
Después de un buen tiempo leyendo sobre todo literatura francesa y anglosajona, debido a la falta de contacto con el ambiente literario peruano, estoy más o menos al tanto de lo que se escribe en el Perú, y he entablado intercambio muy cordial y fructífero con jóvenes escritores; todo esto gracias a las redes sociales. Aun así, más de la mitad de mi biblioteca es de libros en francés, y no pocos en inglés.
¿Qué proyectos literarios tienes? ¿Estás trabajando en algún libro?
Estoy terminando una novela, y me he enfrascado en un libro sobre fútbol.
¿Por qué escribes? ¿La escritura para ti es un goce, una liberación o ninguna de ellas?
La famosa pregunta…Creo que la respuesta cambia con el tiempo. Actualmente escribo para acompañarme a mí mismo con personajes que reemplazan a personas que jamás encontraré. Vivo de manera un poco aislada. Así que los personajes y sus peripecias llenan un poco mi mundo.

LOS CINCO LIBROS FAVORITOS DE JORGE CUBA LUQUE
  1. Les Misérables, de Víctor Hugo.
  2. The Call of the Wild, de Jack London.
  3. Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa.
  4. Illusions perdues, de Honoré de Balzac.
  5. The Plot Against America, de Philip Roth.

sábado, 23 de mayo de 2015

Ladrón de libros: humor en medio del caos


Comentamos el cuentario Ladrón de libros, del escritor peruano Jorge Cuba Luque que acaba de ser reeditado por Campo Letrado Editores.

Por Jaime Cabrera Junco

La lectura de Ladrón de libros, cuentario publicado por primera vez en 2002 y que Campo Letrado ha reeditado en una bella y cuidada edición, me resultó muy entretenida. La palabra entretenimiento, asociada últimamente a lo banal, debe ser considerada en este caso un mérito, pues Jorge Cuba Luque (Lima, 1960) nos presenta cinco relatos que fluyen sin baches gracias a su lenguaje sencillo y debido a que el autor matiza con eficacia el humor, la ironía y el suspenso. Todo esto enmarcado en un contexto histórico que actúa como un factor clave de la acción de los personajes.
¿Qué tienen en común los cinco relatos que componen este libro? Podríamos decir que la constante en estas historias es el afán de escapismo de sus protagonistas, todos ellos jóvenes y estudiantes que, quizás por eso mismo, son conscientes de la situación social y política que les rodea. Aun en el exilio los recuerdos de la patria siguen presentes. El Perú de los 80 e inicios de los 90 impulsa a los personajes a evadir a un país al borde del abismo. Esta situación aparece como telón de fondo y como una referencia para subrayar por qué estos hombres huyen o pretenden hacerlo. Sin embargo, no estamos ante un libro panfletario.
El cuento Ladrón de libros me atrapó y me llevó a imaginar las peripecias de este rebelde peruano que llega a París a seguir un postgrado de Derecho. Las aventuras de cómo inicia este temerario pasatiempo y a la par de sus aventuras sentimentales destilan humor fino, pero también allí, desde la lejanía, aun en la ciudad más literaria y romántica del mundo, aparece la imagen del Perú. Aunque algunas veces de manera involuntaria, el protagonista no deja de estar pendiente de lo que sucede en su país. ¿Estamos ante un simple y anodino ladrón de libros? ¿No ocurre nada más interesante? Aunque el título parece sugerirnos, el robo de libros no es lo fundamental. Otros temas que afloran en este relato son el amor, la soledad, la sensación de desamparo, pero que lejos de ser nostálgica o lastimera nos muestra por momentos a un ser cínico que aspira a vivir bien.
Junto a este relato destaca el último, titulado Preguntas y respuestas, que tiene una impronta ribeyriana que no revelaré para no arruinarle la gracia al lector. Este cuento de época nos remite a la década de los 80 en donde toda esperanza parece perdida excepto por un programa concurso de conocimientos emitido por la televisión que se vuelve como un salvavidas para salir a flote en un Perú en jaque por el terrorismo y la crisis económica.
Estos son los dos relatos que más disfruté de este libro que nos muestra a un autor que sin adornos ni lenguaje rebuscado sabe contar una historia. La lectura del libro ha sido un divertimento que vale la pena emprender para contrastar la mirada de nuestro país que hoy se jacta de su crecimiento económico.

Fuente: www.leeporgusto.com

domingo, 17 de mayo de 2015

¿Y ese par de piernas?


Por: Néstor Rubén Taype
El centro de Lima aún conservaba cierto orden antes de ser asaltada por los ambulantes. Existía una numerosa cantidad de agencias de viajes que tenían como punto medio la Plaza San Martin. El Jirón de la Unión y la avenida Colmena era transitada  por  muchos turistas que se hospedaban en el Crillón y el Bolívar, emblemáticos hoteles que  trasmitían progreso. El país había dejado atrás una prolongada dictadura y un engranaje político había trabajado exitosamente para su reencuentro esperado con la democracia. Los partidos políticos en su lucha por los votos en las nuevas elecciones estaban en pleno apogeo y un candidato ofrecía explícitamente el retorno de los medios expropiados por la dictadura a sus antiguos dueños. En ese entonces  trabajábamos para una prestigiosa línea de aviación nacional que había instalado sus oficinas de atención al público en el viejo hotel Bolívar.  
Alli  recibíamos diariamente la visita de los agentes de viajes y público en general.  Dentro de este ámbito aerocomercial existía una gran cantidad de personas que habían pasado buena parte de sus vidas en este negocio, como también bullía una nueva generación de jóvenes que ingresábamos por primera vez a la vertiginosa vida de los viajes y turismo. Éramos los veinteañeros de principios de los ochentas, muchachos que luego del fragor del trabajo salíamos a tropel como si fuera el recreo de la escuela rumbo a la diversión  a como dé lugar, tratando de aprovechar las horas que teníamos disponible hasta el día siguiente.  Queríamos disfrutar la vida como si esta se fuera acabar mañana mismo.   La convivencia con las agencias de viajes fue como una gran familia a pesar que esta se dividía entre las dos más grandes aerolíneas nacionales de aquella época según sus preferencias. De allí que nacen dentro de esta familiaridad muchísimas anécdotas  y algunas de ellas resultan  simplemente inolvidables. 
Recuerdo a Liza, una bella jovencita que parecía haber salido recién de la secundaria, haciendo sus pininos en una agencia de viajes que manejaba el  segmento de turismo receptivo. Su oficina se encontraba muy cerca de la nuestra y por esa razón de vez en cuando la teníamos visitándonos por razones de su trabajo. Un buen día nuestra amiga  tuvo un serio problema de conexión con un grupo de turistas americanos que se habían quedado varados en Lima, muy preocupada me llamó para decir que vendría a la oficina y buscar una solución. Aquella mañana se apareció estrenando uniforme, blusa y falda distribuidos en  colores de azul, blanco y rojo. A pesar de encontrarse muy contrariada por el problema surgido hizo esfuerzos para hablarme con la mayor  tranquilidad. Indudablemente pese a su juventud trasmitía la sensación que era una mujer de armas tomar. Hubiese deseado hacerle algún comentario sobre la nueva tenida en la que estaba enfundada y que lucia impresionante,  pero el momento no lo ameritaba ni tampoco su humor. La ganancia visual era imperdonable no hacerlo, así  que preferí guardarme mis flores y grabar en mi disco memorioso la imagen presente.
                   - Bueno amigo, ¿crees que tu jefe puede recibirme?

          - Si, él ya sabe, solo déjame avisarle a la secretaria que ya estás aquí.
Al regresar a mi escritorio ella me contaba con detalles todos los inconvenientes que estaba  teniendo y la presión constante de su gerente que llamaba desde su oficina central de Miami; de pronto aparecieron dos compañeros que haciéndome señas me llamaron.

         - Compadre dile a tu amiga que no sea mala compadre, que no sea mala, choche esa   minifalda está prohibida por el gobierno, dile que la vamos a denunciar por abusiva.
Sus palabras salieron casi susurrando y con una seriedad que parecía estar dando una mala noticia, el otro lo acompañaba con el mismo gesto adusto, todo era un ardid para husmear a la presa, tremendos tiburones que eran.
Entre tanto el tiempo seguía transcurriendo y nuestra adorable visita comenzaba a incomodarse. Se sentaba y se paraba continuamente y entre que leía la revista Tráfico para entretenerse, su rostro tomaba diferentes colores; de una palidez mortal pasaba a un rojo encendido de furia retenida, su cabello negro parecía más negro que de costumbre.

         - ¿A qué hora crees que me va a atender tu bendito jefe amigo?
Estábamos cerca de una hora de espera y el reciente y novísimo jefe de ventas no salía y la secretaria tampoco  la llamaba pese que yo había ingresado repetidamente a decirle que el caso de esta agencia era urgente.  Tan impaciente la veía que en algún momento me  imaginé que ya no resistiría más y se iba a ir directo a la oficina del jefe y después de patear la puerta le diría en su cara pelada por qué demonios no la atendía.  Después  pensé que con toda razón explotaría y se iría defraudada de mi poca ayuda, y diría que mi jefe era un tal por cual y que buscaría en el aeropuerto una mejor ayuda en la gerencia comercial. Sin embargo sacándome del escenario donde yo me encontraba, tenso y preocupado, me dijo – ¿y no me has comentado nada de mi nuevo uniforme? – yo sorprendido solo dije – oye esta chévere - Chévere era una estupidez con lo que le hubiera dicho realmente, pero no me dio tiempo a relajarme como ella sorpresivamente lo estaba. 
       
          - Préstame tu baño amigo porfa – me dijo

         -  Allí mismo - le dije, señalándole el lugar.

Dos compañeros que pasaban, al verla retirarse, se me acercaron a ametrallarme a preguntas sobre la “flaca” y decirme que casi todos los “patas” de reservas habían salido a ganarse.  A los pocos minutos ella  regresó  y me pidió que por favor vaya donde mi  jefe por última vez para saber si la recibiría o no.  Justamente en esos momentos llegó el mensajero de su agencia para decirle que su gerente urgía hablar con ella lo más antes posible. De pronto nuestro esperadísimo jefe que tenía un típico nombre ruso, salió por fin a decirle no sé qué cosa a la secretaria. Luego su vista se dirigió a mí y después a nuestra amiga, entonces haciendo un ademán con la cabeza me indicó que me acercara.

          - ¿Quién es ese par de piernas?  me dijo casi susurrando.

          - Alguien que te está esperando hace casi una hora.

          - ¿Y porque no me avisaste?

           - Claro que te avise, ella es de la agencia que tiene el problema del grupo de turistas   varados en Lima – le volví a recalcar.

          - Sí, pero no me dijiste que…..

          - Estoy escuchando todo chicos – dijo la secretaria

          - Ok, dile que pase, ¿cómo se llama?

          - Liza, se llama Liza y es de la agencia, bueno, aquí lo dice en su carta, te lo dejo.
El jefe llamó a mi anexo a darme las indicaciones respectivas de cómo se arreglaría el problema del grupo y los gastos que la empresa iba a cubrir.
Finalmente nuestra amiga salió muy contenta y satisfecha por las atenciones brindadas.  Me dio las gracias por la ayuda prestada y fue hacia las escaleras para retirarse, pero se detuvo y regresó.

         - Oye amigo – me dijo - tus "patas" son unos sapasos, y tu jefe también, bye,bye.

domingo, 26 de abril de 2015

Brindis, bromas y bramidos: “Frigoríficos” (I)

 
                                         
                                    MARICONADA DE ALTO VUELO
                                                               Fernando Morote
 
Cambio de actitud según traspongo los límites de la frontera. Me mantengo silencioso y circunspecto mientras recorro cielo extranjero. Pero cuando siento que estoy en casa se me suelta la lengua, hablo con elocuencia, dialogo espontáneamente y silbo canciones.
Ha pasado mucho tiempo de la primera vez que subí a un avión. Tenía 29 años de edad y desde niño alimenté la idea de que ese día, no bien cerraran la compuerta para iniciar el despegue, me daría un ataque o sufriría un ahogo. Cuando avisté, maletín en mano, el aparato estacionado en la pista de aterrizaje, sin saber el motivo escuché una voz interna:
—Si crees tanto en mí —como dices—, entonces sube al avión y confía en lo que yo puedo hacer por ti.
Las aeromozas fueron desde el principio un aliciente y un consuelo preciosos. Con la forma graciosa en que hablaban y se paseaban de un lado a otro del pasillo, sirviendo y atendiendo a los pasajeros, me transmitieron una inigualable sensación de serenidad. Algunas eran tan amables que terminé embrujado con su magia. Todo el trayecto me sentí sostenido a 5,000 metros de altura por la mano de Dios.
Esta tarde mi compañero de asiento –un cincuentón cuya fisonomía puede resumirse en una fusión entre Pedro Picapiedra y Pablo Mármol- viene completamente borracho.
—¿Sabe cuál fue la orden de mi jefe anoche a último momento en la oficina?
Observando su aspecto –sudado, despeinado, mal trajeado-, constato con gratitud que no necesito embriagarme para disfrutar el viaje. O esconderme de él.
Le devuelvo una mirada que no admite contradicción: “no tengo idea”.
—Anda mañana urgente a Tacna, haz una investigación y evacúame un informe de la situación.
—Interesante —respondo con voz seria, para seguirle la corriente.
—Entonces vine hasta acá en el primer vuelo del día…
—Qué bueno —apunto.
—Hice la investigación, como me pidió y….
—Evacuó el informe.
—¡Exacto, amigo! ¡Qué inteligente es usted! ¡Evacué! ¡Pero no fue un informe! ¡Jajaja! ¿Comprende? ¡Jajaja! ¿Ah?
Parece que está intentando hacer un chiste.
—Claro, muy ingenioso. Su jefe debe sentirse muy afortunado.
—Es un pobre diablo.
Dicho esto entre babas, y después de hacer tronar una matraca de eructos, se queda súbitamente dormido. Aprovecho la oportunidad de mirar el firmamento a través de la ventanilla. De manera natural viene a mi mente el poema genial de Arturo Corcuera: “Nubes, nubes, nubes/a estas alturas de mi vida”. Perfecta descripción de mi estado emocional actual.
De pronto noto que el ambiente de la cabina empieza a enrarecerse. ¿Pérdida de presurización? No me digas eso, por favor. Los ductos de aire acondicionado despiden un humo ralo que poco a poco se hace más denso. Los desplazamientos de las azafatas se tornan algo atribulados. Pese a su particular belleza, ciertos gestos de preocupación no pueden ser disimulados.
Alargo mi cabeza para ver por el pasillo. Luego volteo para mirar hacia atrás. Me levanto un poco para echar un vistazo adelante. Otros pasajeros comienzan a inquietarse. El humo que sale del sistema de ventilación impregna prácticamente toda la cabina. Se parece bastante al efecto de una bomba lacrimógena.
—¿Qué pasa? —pregunto a una de las aeromozas—. ¿Sucede algo malo?
Ella se limita a sonreír. El 50% de su sueldo consiste en eso.
Ahora empieza a sonar un timbre desesperante, agudo, que hiere los tímpanos y crispa los nervios. Evidentemente los primeros signos de que algo realmente no funciona bien. Indago por la ventana. Trato de descubrir un ala rota o un motor incendiado. Dos azafatas vienen directo hacia mí. Se detienen justo una fila antes de la mía. Les piden a los pasajeros que abandonen sus asientos porque interrumpen el paso hacia una de las puertas de emergencia. “¡Dios!”, me digo para adentro. Al mismo tiempo veo a una señora abrir el compartimiento de equipajes para sacar un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús. Mis ojos empiezan a ponerse vidriosos. Entonces el capitán entra en acción. Por el altavoz explica que hay un desperfecto en una de las turbinas y pide calma. Termina su alocución agregando que existe una seria posibilidad de efectuar un aterrizaje de emergencia, con lo que su solicitud de calma se traduce en ataques de pánico entre algunos pasajeros.
Sobrevolamos el Océano Pacífico.
—¿A cuánto estamos del aeropuerto más cercano? —pregunto a otra de las azafatas.
—Media hora, señor.
Hago mis números. Saco mis conclusiones. Eso significa que lo más probable es que el aterrizaje forzoso sea en el agua. “¿Dónde está la maldita cartilla de emergencia ahora?”, me reprocho. Quizás la he perdido o traspapelado en el mar de revistas, cuadernos y libros que cargo conmigo para relajarme durante las turbulencias.
El avión vuela inclinado y lleno de humo por dentro. Se ha formado un improvisado grupo de oración alrededor del Sagrado Corazón de Jesús en medio del pasillo. Mientras, ensayo una posible posición para recibir el impacto. Algo recuerdo de las instrucciones de las aeromozas. O de algún experto hablando en la televisión después de una tragedia aérea. Porque el discurso de las sobrecargo nunca es tan específico ni sombrío. Me tiemblan las piernas, me castañetean los dientes, pienso en mi familia. Imagino un desenlace fatal. Trato de distraerme concentrando mi atención en resolver un crucigrama. No puedo resistir más la tensión y me levanto para ir al baño. Todos están tan ocupados que nadie me detiene. Compruebo por millonésima vez que no puedo orinar en los aviones. Y menos si se están cayendo. Soy un meón eminentemente doméstico.
La voz del capitán irrumpe nuevamente en el aire. Esta vez trae mejores noticias en un tono de voz más confiado. Pese a la seria falla técnica, el aparato no ha perdido tanto combustible y conserva suficiente gasolina para llegar al aeropuerto de origen. En cinco minutos podríamos recibir la autorización para aterrizar. Con la vejiga hinchada, corro a mi asiento y me ajusto el cinturón de seguridad.
Abajo se ven ya las luces de los vehículos. La pista de aterrizaje está invadida de ambulancias, camiones de bomberos y autos de la policía. Cuando las ruedas del aparato tocan tierra, el rebote despierta de una sacudida a mi ebrio compañero de asiento.
Lo veo tan tranquilo que pienso: es infundado mi temor a la muerte. Temer a la muerte es como temer al nacimiento, al crecimiento; a la naturaleza, pues. La muerte –esto lo digo sin indolencia- es la cosa más natural del mundo. Sin embargo, quisiera encontrar algún lugar lejano donde no existiera la muerte; sólo la mía. Para que nadie llore, para que nadie finja.
 
Fuente: periodicoirreverentes.org

domingo, 12 de abril de 2015

" LA COCINA DEL INFIERNO" de Fernando Morote.

Entrevista de  Néstor Rubén Taype.

Fernando Morote, residente en la ciudad de Nueva York es autor de "Poesía Metal-Mecánica" (1994), "Los quehaceres de un zángano" (2009), "Polvos ilegales, agarres malditos" (2011), "Brindis, bromas y bramidos" (2013)  nos sorprende esta vez con una nueva producción literaria, “La cocina del infierno”. Ni bien nos enteramos por las redes sociales de la novedad, fuimos en su búsqueda vía telefónica para que nos brinde mayor información sobre esta nueva publicación. Aquí la entrevista.

Fernando hola, acabamos de leer por Facebook de tu nueva publicación “La cocina del infierno” ¿podrías darnos más detalles al respecto y cuando estará disponible para los lectores?

Por supuesto. El libro acaba de subirse a la plataforma de Amazon y está disponible en versión impresa y en Kindle. Es un conjunto de 3 relatos largos cuyos temas giran en torno al circuito de la inmigración. Empieza en Lima con un grupo de jóvenes enfrentado a la frustrante y desesperante realidad de un país en manos de gobernantes que no piensan en el progreso ni el desarrollo de nadie sino que contribuyen a aumentar el clima de asfixia existencial y alimentan el deseo de fuga masiva. Algunos de ellos abandonan el barco y en el extranjero intentan recomponer sus vidas,  estableciéndose con sus familias, pero en ese proceso se enfrentan a nuevos y quizás más duros desafíos. Años más tarde regresan a la patria y descubren que su experiencia como exiliados voluntarios les ofrece el privilegio de contribuir desde su posición al desarrollo de la comunidad en que crecieron.
Cada relato está escrito en un tono y con una intensidad diferente. La voz del narrador también cambia. Intento combinar el drama con el sarcasmo y el humor.

 -En estas historias nos hablas sobre la vida del inmigrante y acaso también del famoso sueño americano, que a veces suele tornarse en pesadilla. ¿Cómo la pasan tus personajes en esta lucha?

El segundo relato, “La cocina del infierno”, sustenta la teoría de que el sueño americano es una mentira. De ahí el título. Si alguna vez fue cierto, para el personaje de la historia se esfumó, quedando en el recuerdo de otras épocas vividas por otras personas. Las condiciones actuales, con la escalada de restricciones y represiones, le dejan un margen cada vez más estrecho de realización. Sin embargo, como en todas las situaciones de crisis, aprende que tiene frente a sí un cúmulo de nuevas e insospechadas posibilidades.

-Fernando, sabemos nosotros como inmigrantes que la rutina de vida aquí en este país es terriblemente fuerte, el trabajo está siempre en primer, segundo y tercer lugar de prioridad; cuéntanos un poco  ¿cómo haces para conseguir los espacios disponibles para escribir y no perderse en el intento con éxito?.

Escribir es un lujo por el que hay que pagar. Tengo que robar tiempo para hacerlo. Antes pensaba que lo ideal para mí sería dedicarme sólo a eso. Pero ahora creo que sería muy aburrido y tampoco podría mantener a mi familia. Necesito un poco -a veces bastante- de caos para ponerme en acción. Escribo, corrijo y repaso en las luces rojas, en los estacionamientos de los 7-11, mientras espero a mis clientes en los edificios (trabajo como supervisor de una compañía de limpieza). Luego en casa me las arreglo para poner en orden lo producido durante el marasmo del día.

-Como es tu cercanía  con las redes sociales, que no existían en los noventas, con  una relación “sui generis” de estar cerca de todos y la vez tan lejos. Un mundo virtual en la que nos enteramos de todo y casi de todos. Quizás algún amigo tuyo que no te ve por años, diga al ver esta noticia “manya, el flaco todavía escribe…y vive en Nueva York”  Un medio por el que recibimos  noticias malas y buenas y que muchas veces minimizan nuestros sentimientos. ¿Has pensado escribir algo sobre la convivencia que tenemos con las redes sociales, con este medio fabuloso que es el internet?

Uso mucho las redes sociales. Son una excelente herramienta para difundir mi trabajo. Comparto en ellas mis cuentos y artículos que se publican en diferentes revistas digitales. Durante un año se publicó en el Periódico Irreverentes de Madrid, por capítulos semanales, mi novela “Polvos ilegales, agarres malditos”. Luego me enteré de que varios lectores que seguían el texto por la red lo consiguieron en una librería de Lima. Incluso supe de alguien que lo compró en una librería de Long Island, donde yo vivo. ¿Cómo llegó ahí el libro? No tengo idea. Fue una sorpresa.

De hecho, es una alegría saber, por los comentarios dejados en las publicaciones, que tengo lectores –algunos de ellos muy entusiastas- en diferentes países. Sin dejar de mencionar, naturalmente, la facilidad de poder conectarme regularmente con el resto de mi familia en Perú y Chile y reencontrar en distintas partes del mundo amigos con quienes había perdido comunicación por años.
Además tengo en carpeta un nuevo libro que incluirá un relato sobre las actividades de un grupo de escritores conectados al mundo a través de la internet. Una posibilidad que hace unos años era imposible de concebir, ahora se ha vuelto realidad gracias a la tecnología. Pero el espíritu humano, así como ciertas mentes brillantes, siguen cerrados. Un grupo de talentosos autores, ignorados por el sistema editorial tradicional, encuentran el modo de compartir su trabajo con un público ávido de nuevas y frescas propuestas, huyendo de lo convencional y de lo intelectualmente aceptado. Será sin duda una sátira, un vehículo para reírme de mí mismo y de mis fantasías como escritor.

-Fernando agradecemos el tiempo que nos has dispensado para nuestro blog, ¿deseas agregar algo más?

Ha sido un placer. Muchas gracias por tu interés, lo aprecio de corazón. Con el apoyo de un amigo, otro escritor peruano, Arturo Ruiz-Sánchez, estamos planeando presentar “La cocina del infierno” en la biblioteca de Corona, Queens durante el próximo mes de Julio. Mientras tanto si alguno de los lectores de tu blog desea adquirir un ejemplar, lo pueden encontrar aquí:
http://www.amazon.com/cocina-del-infierno-Relatos-inh%C3%B3spito/dp/1511643633/ref=sr_1_1?s=books&ie=UTF8&qid=1428867079&sr=1-1&keywords=la+cocina+del+infierno+fernando+morote
 

 
 




Fernando Morote. Piura, Perú-1962. Escritor y periodista. Autor de “Poesía Metal-Mecánica”, “Los quehaceres de un zángano”, “Polvos ilegales, agarres malditos” y “Brindis, bromas y bramidos”. Actualmente vive en Nueva York.