¡En el aire!

¡En el aire!


por
Lenin Solano Ambía
Eran casi las nueve de la mañana del día lunes 15 de julio de 1974 cuando Christine Chubbuck* ingresó al canal 40 para realizar su conocido programa Suncoast digest. Llevaba un vestido blanco, de pechera negra, y un bolso en donde guardaba sus características marionetas, las cuales en ciertas ocasiones mostraba estando al aire para animar sus entrevistas o comentarios. Lo que más destacaba en ella era su largo cabello lacio y negro que casi le llegaba a la cintura.
Faltaba media hora para el inicio de la jornada y el invitado de aquella mañana ya había llegado. Christine se acercó al director de prensa y le informó que realizaría algunos cambios en el programa. Mike Simmons la conocía desde hacía mucho tiempo y no dudó de su propuesta, Christine era toda una profesional, de manera que cualquier sugerencia, cambio o variación muy difícilmente podría ser objeto de crítica. Además, no quería prohibirle nada, ya que en el último programa del viernes habían tenido una seria discusión debido a que Mike eliminó una de las historias de Christine para colocar una noticia relacionada con un tiroteo. La cadena televisiva tenía las cosas muy claras: lo que más llamaba la atención de la gente eran los sufrimientos y muertes, y había que darle al público lo que tanto le gustaba.
Christine se sentó frente a la máquina de escribir y en diez minutos redactó el guion para aquel programa del lunes. Una vez terminado se acercó al invitado, quien había venido acompañado de su esposa. Les dio algunas indicaciones y luego pasó a la mesa de presentación. Colocó su bolso de marionetas con sumo cuidado bajo el pupitre y empezó a ultimar detalles para el inicio del programa. Faltaban diez minutos.
Empezaremos con tres noticias nacionales y luego seguiremos con una noticia local. La más sonada este fin de semana fue la del tiroteo en el restaurante. ¿Tenemos imágenes, verdad?
Obtuvo una respuesta afirmativa de la camarógrafa.
Bien, quiero que mientras relate la información sobre el tiroteo muestres las imágenes. De esa manera podré trasladarme luego al plató y empezaremos con la entrevista de esta mañana.
Todos acataron las decisiones e innovaciones que ella había hecho. Sentía que a sus 29 años, en cierta manera, había triunfado, pero la verdad de las cosas era que no se sentía feliz.
Ese vestido te queda muy bien, Christine.
Deja de decir estupideces, Jean.
Lo que más le disgustaba eran los elogios. No soportaba ni los de su familia. En ese momento, Christine empezó a pensar en su madre, quien seguramente ya tendría la televisión encendida para ver su programa. Le había gustado mucho el café cortado y las tostadas que ella le había preparado esa mañana. Sintió nostalgia y quiso salir del estudio, subir a su Volkswagen amarillo y volver a casa para abrazar a su madre. ¿Qué le diría si volvía tan temprano a casa?
¡En el aire en un minuto!
Pero sabía que eso no era posible. La maquilladora le dio los últimos retoques y se retiró apresuradamente. Christine acomodó su largo cabello suelto e intentó mostrar su mejor sonrisa mientras cogía con firmeza el guion que acababa de redactar.
5, 4, 3,…
Christine Chubbuck miró fijamente a la cámara. Estaba lista para su último programa.

******
Saliste de su casa con la poca dignidad que te quedaba y solo rompiste en llanto cuando subiste a tu Volkswagen amarillo. Le habías preparado esa torta de cumpleaños con tanto amor y por un momento imaginaste que ese día le insinuarías que llevabas mucho tiempo enamorada de él. Pero grande fue tu sorpresa cuando al llegar a la casa de George Peter Ryan, compañero tuyo del canal 40, lo encontraste acompañado de Andrea Kirby, la bella reportera deportiva y además amiga tuya. Estando en la puerta tuviste un mal presentimiento al ver que Andrea también había salido a recibirte como si se tratase de su propia casa. Estando dentro, las cosas se pusieron peores. Viste los arrumacos, los besuqueos y las caricias de una pareja que a leguas se notaba que estaba completamente enamorada.
¿Cómo pude ser tan estúpida?
En el amor siempre lo fuiste y nunca te percataste de que esas miradas y sonrisas entre ellos en el canal no eran gratuitas. No dejaste que partieran la torta ni mucho menos probaste el champán que te ofrecieron, simplemente cantaste el Happy birthday y saliste como alma que lleva el diablo.
Lo bueno es que jamás se dio cuenta de que me moría de amor por él.
Y así se hubiese dado cuenta, ¿qué importaba?, si tú ni siquiera le interesabas.
Condujiste un par de kilómetros y luego te detuviste porque las lágrimas te habían nublado la vista y corrías el riesgo de sufrir un accidente o de atropellar a alguien. ¿Qué dirías si un policía se aproximaba en ese momento?
Tengo casi treinta años y aún no sé lo que es sentir a un hombre. ¿De qué me sirve la virginidad ahora?
Lo único que habías sentido dentro de tu vagina eran los instrumentos que el médico te insertó para extirparte el ovario derecho, el cual tenías dañado.
Su fecundidad no ha quedado comprometida, pero si quiere tener un hijo debe hacerlo como máximo en los próximos dos años.
Y esa depresión te llevó al siquiatra, pero luego te recuperaste al pensar que George te daría el amor y la dicha de sentir el placer y el deseo de estar con un hombre y ser madre.
Te miraste en el espejo y viste que el maquillaje se te había corrido y te había dejado horrible. ¿Es que acaso realmente lo eras? Te mirabas fijamente e intentabas explicarte por qué no tenías a un hombre a tu lado. Por qué en toda tu existencia solo habías tenido dos citas y por qué ninguna de esas dos citas intentó llevarte a la cama. ¿Eras fea? Pero luego de que te limpiaste el maquillaje, observaste que no era así, que tu largo cabello negro te daba una apariencia sensual y que tu figura no tenía nada que envidiarle a las demás. ¿Qué le faltaba a Christine Chubbuck para ser una mujer común y corriente?
Vaya que del cielo se están escapando los ángeles y ahora andan por Ohio.
Cierra la boca, imbécil.
¿Era eso? ¿Tu carácter?
Jamás habías soportado los piropos, los afectos ni las caricias. Detestabas todo lo que tenía que ver con el amor demostrado y, sin embargo, ahora lo querías con tantas ansias. ¿Qué palabras te hubiera gustado escuchar de un hombre?
Sepa usted que aquí en el hospital no tenemos dinero para pagar a una animadora que se encargue de los niños que padecen de enfermedades mentales.
No se preocupe, el dinero es lo que menos me importa, lo hago porque quiero colaborar.
Eras una buena mujer, Christine, y por eso entregaste mucho de tu tiempo y tu esfuerzo para entretener a los niños con múltiples enfermedades en el Hospital Sarasota Memorial. Para ello, fabricaste unas marionetas que te quedaron divinas, como si una verdadera artista las hubiera hecho. Y tus progresos continuaron a pasos agigantados. Al poco tiempo entraste a trabajar al canal 40 y a dirigir tu propio programa en donde también tus marionetas fueron la sensación, pues las mostrabas para entretener al público de la misma manera como lo hacías con los niños. Tenías menos de treinta años y lo tenías todo, Christine; todo menos amor.
¿Tal vez por eso tomaste las pastillas e intentaste suicidarte a tus veintiséis años? Tu madre se percató a tiempo y el lavado gástrico seguido de una dolorosa recuperación te hizo lamentarte y arrepentirte de ese intento de suicidio. Juraste que si alguna vez querías volver a intentarlo lo harías con métodos más efectivos y no con una agonía lenta y dolorosa.
Te volviste a mirar en el espejo retrovisor y ya más calmada te diste cuenta de que de nada te serviría seguir llorando. Habías perdido a George, aunque realmente nunca lo habías tenido, y seguías y seguirías tan sola como siempre. Te daba cólera que la gente se apiadase de ti, pero más cólera te dio que tú sintieses pena de ti misma.
Ya debería acostumbrarme…
Volviste a encender el Volkswagen amarillo y lo pusiste en marcha luego de respirar hondo y pasarte una mano por los ojos. ¡Qué importaba un hombre Christine! Era mejor seguir con el trabajo, pues profesionalmente te iba muy bien. Y diciéndote esto recordaste que debías ir a entrevistar al sheriff porque uno de los futuros temas de tu programa sería el suicidio y la sociedad americana. Te percataste de que al lado del asiento estaba la corbata envuelta que le ibas a regalar a George. Apretaste el acelerador y dejaste caer el regalo por la ventanilla mientras te dirigías a la oficina del sheriff para continuar con tu trabajo.
******
Habían pasado cinco minutos desde el inicio del programa y Christine se desenvolvía con la seguridad característica de siempre ante la pantalla. Dio a conocer tres noticias nacionales a la par que revisaba su improvisado guion escrito aquella misma mañana. Detestaba que todo el mundo le diga que había triunfado siendo tan joven, ya que ella misma, en lugar de verse como una triunfadora, se concebía como una carnicera. Cada día era lo mismo; no hacía lo que le gustaba, sino lo que el canal 40 exigía y lo que este quería era llenar de sangre la pantalla para que el público morboso y hambriento de desgracias continuara enganchado a su televisor. Christine ahora era parte de ese mundo horrible y, aunque le desagradaba su trabajo, no podía evitar sonreír y mostrarse segura ante la cámara.
Miró al invitado que esperaba en el plató y le dio lástima que hubiera venido al programa, pues no lo entrevistaría.
Ahora pasaremos a las noticias locales. Este fin de semana uno de los restaurantes de la ciudad fue escenario de un tiroteo.
Hizo la seña para que las imágenes fueran reproducidas, pero Jean Reed, la operaria de cámara, le informó que el video se había atascado y que sería imposible reproducirlo. Habían pasado siete minutos y cuarenta y ocho segundos desde que comenzó el programa.
Christine sonrió ante esta adversidad y continuó ejecutando su improvisado guion con una ligeramente temblorosa mano izquierda. Su mano derecha se deslizó lentamente hacia su bolso de marionetas que tenía bajo el escritorio.
Para continuar con la política del canal 40, de mostrarles lo último en sangre y entrañas, en vivo y en directo, y a todo color, están a punto de presenciar una gran primicia: un intento de suicidio.
Christine logró deslizar el cierre de su bolso y apoderarse de la calibre 38 que tenía escondida. Siempre pensó que la forma más segura de matarse era con un balazo en la sien, como muchas películas habían mostrado, pero aquella entrevista con el sheriff la hizo cambiar de idea.
Los suicidas siempre creen que la forma de morir más segura, rápida e indolora es la de darse un balazo en la sien, pero esto no es del todo cierto. Muchas veces la bala se desvía por la fuerza del disparo, o porque el suicida no sostuvo bien el arma, o la mano le temblaba un segundo antes de su decisión final. Entonces es en ese momento que podría empezar su verdadero sufrimiento si es que la bala perfora la cabeza dañándola pero no produciéndole la muerte instantánea que tanto deseaba, sino prolongando su agonía por horas o incluso días. Lo peor de todo es que hay gente que logra salvarse, pero queda inutilizada para siempre.
¿Es que acaso existe alguna forma efectiva?
Tal vez no efectiva, pero sí eficiente. Una calibre 38 con las balas perforadas en la punta para que produjese más daño y la muerte sea segura. Y no cometer el error de apuntarse en la sien, sino en la parte trasera de la cabeza para que la bala atraviese en su totalidad el cerebro.
Y era una 38 la que Christine tenía entre las manos. Procedió a apuntarse en la parte trasera de la oreja derecha como lo había indicado el sheriff en aquella entrevista. En pocos segundos solo pudo pensar en su madre a quien le pedía perdón por todo el sufrimiento que le causaría. Además, estaba segura de que pasaría a la historia por ser la primera persona en suicidarse en el aire. A pesar de querer calmar el temblor de la mano, no pudo evitarlo, así que decidió no pensar más y, antes de que se arrepintiese, decidió tirar del gatillo.
Todo fue como en cámara lenta. El disparo entró con gran velocidad y una nube de humo le cubrió el rostro. La fuerza del disparo hizo que el cabello se le agitase hacia un lado y por unos segundos su rostro quedó frente a la cámara expresando el dolor y el sufrimiento de haber acabado con su vida de una manera tan dramática. Luego, el cuerpo de Christine cayó pesadamente al suelo.
La sorpresa fue general. El invitado salió huyendo del plató mientras que Jean Reed, la operaria de cámara, no sabía si se trataba de una broma pesada como protesta contra la política del canal 40. El director se apresuró a ir al escenario, no sin antes oscurecer la imagen para evitar que el televidente siga viendo ese espectáculo atroz. Rogaba que todo se hubiese tratado de una broma y esperaba encontrar a Christine con un ataque de risa por haber pegado un inmenso susto a todo el Estado en general. Pero amarga fue su confirmación al ver que el cuerpo de Christine temblaba notoriamente con los ojos desorbitados y que una gran cantidad de sangre le salía de la nariz y de la boca.
En pocos segundos el canal se llenó de curiosos, periodistas y muchos paramédicos, quienes llegaron alertados por las llamadas de los televidentes que habían presenciado la desgarradora escena. Los teléfonos del canal no paraban de sonar y el grupo de trabajo de Christine rompía en llanto, preguntas y reproches por no haber sospechado la tragedia ni haberla podido evitar.
Pero el sheriff se equivocó: Christine fue trasladada aún con vida al Hospital Sarasota Memorial donde ella había prestado servicios con sus marionetas para los niños con problemas mentales. ¿Qué había pasado? ¿Es que la temblorosa mano de Christine había cometido el mismo error que la mayoría de suicidas que no aciertan a atravesarse el cerebro, sino que se hacen un gran daño que, en vez de una rápida muerte, les produce una prolongada agonía que finalmente culmina en el deceso a causa del ahogamiento con su propia sangre? ¿Es que Christine quedaría convertida en un despojo humano luego de que los médicos le salvasen la vida y le extrajesen aquella bala que no había servido para lograr su objetivo final? Los especialistas la operaron durante muchas horas y Christine podía sentir todo el dolor que le había causado su insensatez. Pero la convicción de querer morir la fue venciendo y sus fuerzas la fueron abandonando. Christine Chubbuck estuvo viva catorce horas más de las que había previsto y estuvo a punto de escuchar el reloj que anunciaba la medianoche, pero la vida se le apagó lentamente poco después de las once de la noche de ese inolvidable 15 de julio de 1974.
No se equivocó al pensar que causaría un daño inmenso. Durante muchas semanas fue objeto de noticia e incluso de un juicio por parte de su familia al canal 40. La familia conocía la política del canal y estaba segura de que por dinero y rating serían capaces de mostrar nuevamente el desgarrador video. El juicio concluyó a favor de la familia. El canal, con mucho pesar, se vio obligado a entregar las tres cintas en donde constaba el registro amargo de cómo se extinguía una vida; pero tenía la esperanza de que algún televidente hubiese grabado el programa. Con el transcurrir de los años comprobarían que no fue así.
Christine partió con toda la inocencia y la soledad de no haber sentido el amor de un hombre. Su madre ordenó que su cuerpo fuese incinerado, pues no quería que su hija formase parte de un pedazo de tierra. El 18 de julio de 1974, con una gran asistencia de público, Christine partió al compás del viento del golfo de México. Ya no se sentía sola, ahora era parte del mundo. Ahora sí tenía sentido la frase que escuchó por tanto tiempo…
Tres, dos, uno… ¡En el aire!
¡Ahora verdaderamente estaba plenamente en él!

París, 20 de octubre de 2011

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