miércoles, 25 de diciembre de 2013

Ya pe’ Cojín


Por: Néstor Rubén Taype
Rodó como ruedan los troncos en el agua dando vueltas hasta terminar en la orilla hecho una masa de arena, las olas lo habían revolcado tal como él  lo quería. Levantó la mirada para vernos donde estábamos.
- Oe  ya pe’  carajo falta una más, no se hagan los cojudos -  gritó.
Nos acercamos riéndonos y nuevamente lo tomamos de los brazos y piernas el “loco” Lucho y yo, estuvimos quietos esperando una buena ola y  tiramos a cojín con todas nuestras fuerzas, quien cayó nuevamente como un saco de arena contra la ola. Nos quedamos vigilándolo porque la marea estaba un poco alta y temíamos que esta lo jalara para adentro.
– Ya pe’ que chucha,  no hay que movernos pa’ tazarlo – dijo Lucho.

La ola felizmente lo sacó nuevamente a la orilla y moviéndose como un lobo marino,  se arrastró hasta donde el agua apenas besaba la arena. Se quedó allí mirando la playa haciendo cerritos de arena. De vez en cuando nos llamaba, señalando las chicas que pasaban, haciendo gestos con sus manos tratando de  decirnos que las fulanas tenían buen trasero o buenos pechos. Conocí a Cojín cuando teníamos doce años más o menos, estábamos peloteando en la pista, previo calentamiento para jugar al fulbito. Esperábamos a los demás amigos que habíamos llamado  y comenzar. Cuando terminó toda la ceremonia de escoger a la gente y en qué lado jugaríamos (porque es así,  el fulbito tiene sus reglas que todo el mundo respeta, aunque no haya arbitro) uno de ellos me dijo que si quería tener a cojín para nosotros, le dije que sí.
Váyanse a la mierda – fue su respuesta.

Yo no entendía la razón, por lo demás no hice ningún caso y comenzamos a jugar como si nada. Cuando terminó el partido nos fuimos todos al jardín del frente a tomar agua de la manguera, no había cosa más deliciosa que tomar esa bendita agua sin parar.  Pregunté la razón por la que cojín se había molestado, entonces uno de ellos dijo – ese huevón no le gusta jugar de “camote”  quiere que lo cuenten y por eso se fue a la “J” allá los malosos  si lo hacen.
Vivíamos en una recién estrenada urbanización a fines de los sesentas, en la que cada cadena de edificios estaba señalada por letras. Una noche mientras jugábamos bolero (aquellos juegos perdidos de la época) con la gente del barrio, escuchamos una bronca en el grupo que estaba al lado nuestro. Cojín estaba sentado en una de las bancas que eran una suerte de adoquines de concreto que adornaban el parque, de pronto lo vimos caer por al piso. Corrimos a ver qué estaba pasando, aun en el piso cojín puteaba y pedía que lo levantaran. Estaban jugando “cachito” (dados) y al parecer alguien no quiso perder.
 – Cojo pendejeo quieres ganar con trafa – se escuchó.

-Ahora nos agarramos huevón, me empujaste desprevenido – un padrino – dijo – escoge el tuyo cabrón  le dijo a su contendor, mientras lo ayudaban a ponerse de pie.
Fueron para el jardín, al sitio donde había suficiente pasto, cojín se acomodó dejando sus muletas a un lado, como ya era su costumbre y la única manera que podía pelear. El otro se sentó a su costado al igual que cojín, así con los torsos frente a frente se miraron y acomodaron.
– Jura por tu madre que no vas a usar las piernas para pelear contra cojín – le dijo uno de los padrinos - ya lo juro pe’ carajo – respondió.
Ambos tenían las manos hacia atrás tomados por los padrinos, quienes contaron al unísono, ¡uno, dos, tres, ya!
Inmediatamente se cruzaron a golpes mientras mucha gente se arremolinó alrededor de ellos. Las luces del jardín parecían iluminarse más alumbrando las figuras de dos cuerpos que se revolcaban jadeantes sin darse tregua. La figura de San Martin de Porres, una estatua de un metro de alto, refugiado en su gruta e iluminado por un par de fluorescentes, era un espectador silencioso de aquel evento. De pronto se vio que Cojín tomaba una de sus piernas y se lo lanzó contra su oponente, éste pegó un grito y dando un salto se puso de pie y vociferando una serie de insultos pateó ferozmente a Cojín, hasta que finalmente los padrinos corrieron a protegerlo.  No era la primera vez que Jacinto a quien le decían Cojín, terminaba quebrando las reglas en una pelea, afectado por la polio, usaba unos fierros en las piernas que eran una suerte de soporte, pero que él utilizaba como un arma de defensa cuando creía que era oportuno y claro que hacía daño, pero Jacinto era básicamente un incorregible picón.  
Sin duda era Cojín un personaje del barrio por muchas razones, primero que nunca se sintió un minusválido, ni un disminuido para nada. Era atrevido y malcriado para pedir las cosas, además pagaba por cualquier servicio y no rogaba para que aceptaran. Ir a la playa por ejemplo era una de las cosas que le encantaba y previamente hacia todos los arreglos para su estadía. Pagaba para que lo movilicen si había que caminar mucho, entonces lo colocaban en una tabla con ruedas que era la precursora del skate moderno de ahora. Ya en la playa pagaba para que lo tiren al agua contra las olas. Un sol era el costo por tres tiradas, pero tenía que pagar a dos personas. Plata era lo único que jamás le faltaba, lo conseguía pidiendo limosna en los mercados del centro de Lima y a donde algunas veces me lo encontré.
-Circula pe’ carajo, puta no me mires que estoy chambeando pe’ huevón – Decía a media voz.

Cojín vivió su adolescencia sin reparo, nada impedía que se divierta como cualquier otro y ante alguna imposibilidad siempre tenía una salida. Su asistencia al conocido prostíbulo “La Nene” era siempre con mucha bulla.
-¡Hoy me toca cachar carajo! ¿a ver quién viene conmigo?
Los ayayeros abundaban porque él pagaba la entrada y la coima para que les permitieran ingresar por ser menores de edad. Los fines de semana era lo que más caro le salía. Debía tener gente  que lo lleve a su casa después de la borrachera que se iba a pegar y el gasto era doble, uno solo no podía dejarlo en su casa.
-Te pago adelantado por dos, tu consigue el otro, no falles huevón me buscas en el jardín de la “K” como a las dos de la mañana, no te olvides de recogerme y dejarme en mi“jato”.

Fallarle era sinónimo  de mucho riesgo, cualquiera de los malandros y achorados de la zona, con quienes Cojín se llevaba bien, podía caerle encima y dejarle unos buenos recuerdos. En los setentas, cuando andábamos por los quince años, llegó la novedad de la marihuana al barrio, traída por los maleados de la quinta zona. Después de un partido de fulbito uno de ellos repartió los puchitos a toda la gente indicando que eran muestras gratis – pa’ que conozcan la vida cabrones- había dicho.  Esa misma noche Cojín se fumó una buena cantidad de tronchos, entonces el asunto término como un loco agarrando a muletazos a todo aquel que tenía cerca. La gente lo dejo solo en el jardín de la “J” no le pegaron, pero una vez dormido se cuadraron frente a él  como una suerte de pelotón de fusilamiento y miccionaron sobre su cuerpo. Días después ya repuesto de tremenda malanoche juró nunca más meterse un troncho, ni reclamó el reguero de orines que le dieron. El trato común de Cojín era despectivo, arrochador, otros dirían “creido”  y como no, vanidoso. Era aliancista a morir, cuando ganaba su equipo invitaba trago y cuando perdía, no aparecía por el barrio durante varios días.
Cuando pasamos la adolescencia Cojín había cambiado un poco, trabajaba como recepcionista en una zapatería del mercado del barrio, otras veces lo hacía en una notaría del centro de Lima, llevando papelería dentro de las oficinas. Un buen día me dijo que se iría a la Argentina con unos amigos a buscar nuevos horizontes y así fue, Cojín desapareció del barrio por una buena cantidad de años. La historia quedo siempre allí, a la pregunta sobre él,  – ¿Oe  como era el cojo, verdad que….?  Antes de terminar la frase llegaba la inmisericorde respuesta de siempre – ese cojo era un conchasumadre -. Cojín nunca permitió que lo compadecieran ni que lo miren con lástima por arrastrar muletas, tampoco consiguió mayores simpatías, solo quería ser como cualquier otro.

domingo, 24 de noviembre de 2013

!..Corre Nelson corre!


Por: Néstor Rubén Taype
Quien no ha visto en las mañanas a mucha gente correr sin importar muchas veces la lluvia, la nieve o el calor, estos personajes apasionados cumplen religiosamente su rutina. Hay algunos que hasta podemos identificarlos y reconocerlos por que los vemos continuamente y a veces extrañados nos preguntamos ¿qué pasó con la señora que esta mañana no la vimos, si esta es su hora acostumbrada?
Este deporte no es excluyente y no necesariamente el que corre es una persona atlética y de músculos depurados ni nada parecido. Corren gorditos, flaquitos, bajitos y altos sin que para esto tengan que reunir ninguna condición especial.

Pero también hay otras razones que el ser humano común y corriente corre, por ejemplo corremos para alcanzar el bus, para llegar temprano al trabajo y marcar tarjeta. Se corre si se olvido algo en casa o salimos corriendo de ella después de una bronca con la señora. Bajamos corriendo por las escaleras para dejar la bolsa de basura antes que pase el camión recolector, luego subimos lentamente, tomando algunos espacios de descanso, descubriendo con cierto malestar que estamos fuera de forma.
También hemos visto memorables carreras en el cine y la televisión, quien puede olvidar al doctor Richard Kimble (encarnado por el actor Harrison Ford) en la película “El Fugitivo” corriendo y huyendo del acoso del inspector Gerard (Tommy Lee Jones)
Ver a un jovencito y desconocido actor llamado Michael Douglas fungiendo de detective, corriendo siempre tras los pillos por las calles de San Francisco, en la serie del mismo nombre en los setentas.
Y no solo se corre en las calles como lo hicieron los personajes anteriores, sino también en plena selva, la que pudimos ver en la película “Apocalypto” dirigida por Mel Gibson; en que el héroe de la cinta huye salvando pantanos, ríos, trampas y animales salvajes, incluyendo una altísima y bella catarata, de donde sin más opción de huir de sus captores, salta.
Finalmente como olvidar la memorable carrera de Forrest Gump y ante la pregunta de los periodistas al protagonista ¿Why did you run across the United States? Él respondió – “I just felt like running”


Corremos por diversas razones y hay para todos los gustos, pero, para averiguar más de este deporte decidimos buscar a un amigo nuestro, Nelson Cabrejos, cultor de esta disciplina, quien es un técnico y supervisor de planta de una importante compañía en la ciudad de Kearny, donde reside. Fuimos en su búsqueda para preguntarle ¿Nelson y tú porque corres? En principio él nos invitó a conversar sobre el tema corriendo juntos (no pues, no seas malo, no hubiera llegado ni a los quince minutos trotando) Así que le propuse esperarlo mejor al final de su rutina, en el lugar que me indicara dentro del parque de Kearny. Así a los pocos minutos apareció él trotando los metros finales de su rutina, enfundado en una tenida especial para estas faenas y acompañado de un pañuelo amarrado a su cabeza.
Sin más preámbulos nos saludamos y nos lanzamos con la pregunta de rigor.
¿Por qué corro?  pues porque es una disciplina que siempre me gustó y que sirve para eliminar el stress y aliviar tensiones de esta manera tan simple. Después de correr uno se siente relajado, cuerpo, alma y mente, así como lo escuchas, sin que quiera parecer un filósofo ni nada parecido. En otras palabras te sientes bien y bacán pues.
Tienes poco más de una década viviendo en este país  ¿Comenzaste a correr recién aquí?
No para nada, ya lo hacía en Perú, es una práctica que realizo desde ya hace varios años. Si me preguntas como comenzó todo, te diría que quizás se debió a la exigencia de mi profesor de Educación Física en la escuela. El “profe” era súper exigente, así que antes de echarnos a correr, previamente había que hacer las famosas planchas, ranas y estiramiento de músculos, luego a correr por tiempo o números de vueltas que nos daba el profesor. Cuando terminé   la secundaria yo sentía que algo faltaba para estar bien, entonces me di cuenta que esas carreras y las prácticas que teníamos en Educación Física, era lo que me faltaba. Allí comenzó mi afición por este deporte.
La gente puede pensar que se puede correr cuando uno quiere o quizás alguien lo haga motivado por esta nota y se lance a correr sin ningún sentido. ¿Cómo y cuándo corres tú?
Corro los fines de semana, puedo hacerlo el sábado y domingo, puede que no pueda los dos días por alguna razón insalvable, pero religiosamente debo de hacerlo siquiera una vez por semana. Además el tiempo mínimo por el que salgo a correr es por una hora.
También, como lo exige este tipo de disciplina, cumplo con los requerimientos del caso, como hacer el calentamiento previo antes de correr, para evitarme algún tipo de relajamiento de los músculos.

No eres solamente el corredor que vemos siempre por nuestras calles como tantos, sino que eres un asiduo concurrente a los eventos de este tipo en otras ciudades ¿Cuéntanos un poco más de esto?
Estoy inscrito en una página del internet en la que recibo información sobre las fechas que se realizan ciertas competencias en diversas ciudades de Nueva Jersey y Nueva York. Veo las que están cercanas a mi ciudad y también los que son afines a las carreras que realizo (las hay de diversos tipos) además que estén dentro de las millas del rango de mi competencia. He podido participar en ciudades como Morristown, Englishtown, Lyndhurst y el Bronx entre muchas otras.

¿Tienes alguna suerte de hermandad o círculo de amigos que practican tu afición?
Pues fíjate que no, en esto si puede parecer una afición solitaria, los hispanos no somos muy aficionados a estas prácticas. ¿Qué si he invitado a amigos? Por supuesto y han participado conmigo como pueden ver en las fotos, pero el asunto no pega, se entusiasman un poco y después nada. Pero la invitación esta allí abierta a todos los amigos los “patas” que quisieran contagiarse conmigo y “zambullirse” en las aguas de este deporte.
Veo en las fotografías muchísima participación de gente involucrada con este deporte, y que tienen además que saltar y cruzar pistas llenas de barro ¿Puedes ampliarnos un poco el panorama de estas carreras?
Por supuesto, esta actividad te brinda también satisfacciones como el entretenimiento y la diversión, entre otras cosas. Por ejemplo en las carreras con obstáculos, en las que hay que saltar líneas de fuego y campos barrosos, trepar bloques de madera, cruzar charcos de agua y luego la satisfacción de llegar a la meta habiendo vencido todos los obstáculos, y especialmente haberte divertido, gozado y vivido el momento.

¿Qué recomendaciones les darías a las personas que quisieran empezar con esta disciplina y que se sientan motivados a enfundarse en un buzo y en un par de zapatillas y empezar a correr? Primeramente les diría que correr no es necesariamente para bajar de peso como muchos piensan, nada que ver, pueden haber muchas otras buenas razones para hacerlo. Pueden ver en el internet mucha información al respecto, especialmente para los que se inician, siguiendo las recomendaciones para no maltratarse y conseguir una rutina uniforme de acuerdo a sus posibilidades. Poco a poco irán aprendiendo cual es su resistencia, las millas adecuadas para ellos y el tiempo que pueden invertir en esta faena.

Mi estimado Nelson, (con quien caminamos todo el tiempo de la entrevista alrededor del parque)
¿Puedes decirnos si alguna vez corriste mucho, pero por otras razones, como escaparte del colegio, o persiguiendo a un amigo de lo ajeno?

Jamás me escapé del colegio, podría jurarlo, testigos mis amigos, jajaja, bueno en serio nunca lo hice. Pero si recuerdo una palomillada, esas travesuras de chibolos, tan conocida como tocar los timbres de las casas y luego escondernos. Sin embargo cometíamos un error, que era tocar las puertas de las mismas casas todo el tiempo. Entonces una vez, seguramente el dueño de casa ya advertido por la misma rutina de siempre, nos esperó.
Me tocó el turno y me acerqué sigilosamente a la puerta ante la mirada atenta de mis compañeros, oprimí el botón y el timbrazo hecho a chillar, en ese mismo momento inesperadamente la puerta se abrió y apareció el dueño con un perrazo negro que se nos tiró encima.
No recuerdo haber corrido tan rápido como aquella oportunidad, sentía sus ladridos en mis oídos y parecía que sus patas chocaban con mis talones, de todos los amigos el bendito perro me escogió para corretearme. Terminé escondido en un jardín después de haber corrido no sé cuantas cuadras, sin más ruido de los que hacia los latidos de mi corazón.
Fue una carrera para no olvidarla nunca – le comento, sin evitar sonreir – también le agradezco el tiempo que nos entregó en esta entrevista. 

Texto original, 04-11-2012




viernes, 8 de noviembre de 2013

¿Feliz Sábado?


Por: Néstor Rubén Taype
Desde muy pequeño conocí el día sábado como un día muy “especial” Al principio me resultaba soportable pero mientras fui creciendo se fue tornando insoportable. La verdad que no entiendo por qué. Yo veía a otros niños felices pero en mi caso no pasaba eso. Solo sabía que la ceremonia comenzaría temprano y acabaría tarde,  muy tarde, después de más de cuatro horas. Así con todo no podía decir nada y menos negarme a asistir. 

Conforme crecía iba dándome cuenta que esa iglesia no era de otros, mis amigos asistían a una diferente y cuando alguna vez les dije que la mía se llamaba así, por primera vez sentí que esa palabra que surgió después de dar a conocer mis creencias, era como un insulto “evangelista” – me dijeron  - Pregunté en mi casa si eso era un insulto o una grosería porque me lo decían en son de burla y de una manera ofensiva. Ya adolescente las cosas se comenzaron a complicar debido a que iba entendiendo que esta religión guardaba el día sábado de una manera radical.  Según los predicadores de turno que me tocaba escuchar  decían igual que mi madre, que los diez mandamientos que me enseñaban en la escuela no valía porque era una ley hecha por los hombres. Que el sábado era el día santo que había que guardar, ley impuesta por el Dios de Moisés. Los sábados no se prendía el televisor,  no se escuchaba música ni la radio, tampoco podía asistir a las fiestas y si lo hacía no debería bailar. El rock era cosa de pecado y había que alejarse del mundo y refugiarse en la palabra de Dios, la biblia. Recuerdo haberle preguntado a mi madre quien creo esta  Iglesia, quien la fundó, era una incógnita que debía aclarar,  sabía que existían una serie de iglesias de diferentes denominaciones. Ciertamente después un hermano de la iglesia me explicó cómo se originó y donde nació esta religión, en esos años no había internet como ahora.

Nunca entendí a la Iglesia Adventista y me fue muy difícil seguir asistiendo solo por darle gusto y no causarle dolor a mi madre. Había varias cosas que no comprendía y por consiguiente menos obedecerlas. A pesar de todo si conocí a muchos pastores o predicadores que venían a mi casa y no dudaba de su honestidad. Cuando me tocó bautizarme (solo por darle gusto a mi madre) me hicieron varias preguntas, pero una de ellas me llamó la atención; era en relación a la señora Elena de White, quien se autodenominaba profetiza y la pluma inspirada de Dios. Me preguntaron si yo creía que era ella una profeta, yo dije que si aunque en realidad nunca me convenció que lo fuera, ella ni ningún otro. Simplemente yo no creía, ni creo que Dios le hable a alguien. Como en toda comunidad, escuché buenos sermones llenos de mucho calor, amor y sentimiento, con buenos consejos que llegaban al alma. Pero también otros dogmáticos, casi que rayaban con el sectarismo o fariseísmo. Escuchaba horrores de la fiesta de Halloween y de muchas otras cosas que me parecían forzadas, sin sentido. Con toda esta influencia cuando me casé  por la iglesia católica hizo que no bautizara a mis hijos, pero ellos optaron por la iglesia romana. Ya adulto siempre que podía iba a una iglesia Adventista, más que por fe, por los recuerdos que me traía de mi madre. Entraba y me parecía verla cantando sus himnos favoritos, abriendo su biblia y trabajando por su iglesia, repartiendo sus folletos, tocando puertas, predicando ese evangelio que para ella era su vida.  Hoy, habiendo pasado más de medio siglo de vida me deleito con los recuerdos de mi madre, de su iglesia que a pesar de un mundo que se renueva y se reinventa día a día, no ha desaparecido. Con la facilidad como se consigue información ahora, uno se puede enterar de lo que ocurre en cualquier parte del mundo en contados segundos. Vivo en los Estados Unidos y veo que la fiesta de Halloween es una tradición en este país como lo es en el nuestro el Inti Raymi. Que no tiene ninguna connotación maléfica como nos contaban a nosotros de niños, una fiesta nacional que congrega a las familias, al barrio, a la comunidad. Una fiesta que ellos la entienden bien y que las copias que se hacen en otros países como el nuestro, son simplemente payasadas y falta de identidad, donde esta celebración no tiene ninguna trascendencia y menos importancia, en otras palabras una tremenda huachafería. Cuando le decía a mi madre que la señora de White no me convencía de que fuera un profeta, que me parecía más bien una extravagancia como la que hay en muchas religiones, ella se molestaba. El tiempo nos da la razón, luego de leer interminables artículos sobre ella hay suficientes argumentos para descalificarla como tal. No cuestionamos su dedicación y su liderazgo para el desarrollo de la Iglesia Adventista, de su visión para la creación de muchos hospitales en este país, hoy reconocidos por el gobierno americano; pero de allí a reconocerla como que sus libros hayan sido escritos por inspiración divina y sus conversaciones con Dios, hay mucha distancia. En muchos casos sus textos eran tomados de diferentes autores como médicos e investigadores de aquella época y que simplemente obvió colocar los créditos como se estila ahora. 

En fin no creo que nada de esto haga que las personas abandonen esta iglesia, pero es para que muchos jóvenes como yo lo fui, puedan tomar su decisión que el mundo es ancho y ajeno y hay espacio para todos. Darse cuenta que cuando crees estar sobrando en algún lugar, es mejor irse y escoger otra opción, aun en contra de los padres. Nunca me sentí cómodo en la iglesia de mi madre y todo el tiempo me sentí muy presionado y cuando le fallaba me venía una tremenda depresión. Cuando deje de asistir finalmente sentí un gran alivio no estar “allí” no más prohibiciones, no más sentimientos de culpabilidad, no más miedos. Quizás se pregunten a que religión pertenezco ahora, pues a ninguna en especial, pero me siento algo cercano a la Católica por ese sentido de modernizarse y acoplarse a los nuevos tiempos. Por lo demás el asunto de la religión es una cuestión de fe, se cree y punto, no más preguntas; pero cuando las tienes y no te satisfacen entonces es tiempo de salir.

lunes, 9 de septiembre de 2013

¡En el aire!

¡En el aire!


por
Lenin Solano Ambía
Eran casi las nueve de la mañana del día lunes 15 de julio de 1974 cuando Christine Chubbuck* ingresó al canal 40 para realizar su conocido programa Suncoast digest. Llevaba un vestido blanco, de pechera negra, y un bolso en donde guardaba sus características marionetas, las cuales en ciertas ocasiones mostraba estando al aire para animar sus entrevistas o comentarios. Lo que más destacaba en ella era su largo cabello lacio y negro que casi le llegaba a la cintura.
Faltaba media hora para el inicio de la jornada y el invitado de aquella mañana ya había llegado. Christine se acercó al director de prensa y le informó que realizaría algunos cambios en el programa. Mike Simmons la conocía desde hacía mucho tiempo y no dudó de su propuesta, Christine era toda una profesional, de manera que cualquier sugerencia, cambio o variación muy difícilmente podría ser objeto de crítica. Además, no quería prohibirle nada, ya que en el último programa del viernes habían tenido una seria discusión debido a que Mike eliminó una de las historias de Christine para colocar una noticia relacionada con un tiroteo. La cadena televisiva tenía las cosas muy claras: lo que más llamaba la atención de la gente eran los sufrimientos y muertes, y había que darle al público lo que tanto le gustaba.
Christine se sentó frente a la máquina de escribir y en diez minutos redactó el guion para aquel programa del lunes. Una vez terminado se acercó al invitado, quien había venido acompañado de su esposa. Les dio algunas indicaciones y luego pasó a la mesa de presentación. Colocó su bolso de marionetas con sumo cuidado bajo el pupitre y empezó a ultimar detalles para el inicio del programa. Faltaban diez minutos.
Empezaremos con tres noticias nacionales y luego seguiremos con una noticia local. La más sonada este fin de semana fue la del tiroteo en el restaurante. ¿Tenemos imágenes, verdad?
Obtuvo una respuesta afirmativa de la camarógrafa.
Bien, quiero que mientras relate la información sobre el tiroteo muestres las imágenes. De esa manera podré trasladarme luego al plató y empezaremos con la entrevista de esta mañana.
Todos acataron las decisiones e innovaciones que ella había hecho. Sentía que a sus 29 años, en cierta manera, había triunfado, pero la verdad de las cosas era que no se sentía feliz.
Ese vestido te queda muy bien, Christine.
Deja de decir estupideces, Jean.
Lo que más le disgustaba eran los elogios. No soportaba ni los de su familia. En ese momento, Christine empezó a pensar en su madre, quien seguramente ya tendría la televisión encendida para ver su programa. Le había gustado mucho el café cortado y las tostadas que ella le había preparado esa mañana. Sintió nostalgia y quiso salir del estudio, subir a su Volkswagen amarillo y volver a casa para abrazar a su madre. ¿Qué le diría si volvía tan temprano a casa?
¡En el aire en un minuto!
Pero sabía que eso no era posible. La maquilladora le dio los últimos retoques y se retiró apresuradamente. Christine acomodó su largo cabello suelto e intentó mostrar su mejor sonrisa mientras cogía con firmeza el guion que acababa de redactar.
5, 4, 3,…
Christine Chubbuck miró fijamente a la cámara. Estaba lista para su último programa.

******
Saliste de su casa con la poca dignidad que te quedaba y solo rompiste en llanto cuando subiste a tu Volkswagen amarillo. Le habías preparado esa torta de cumpleaños con tanto amor y por un momento imaginaste que ese día le insinuarías que llevabas mucho tiempo enamorada de él. Pero grande fue tu sorpresa cuando al llegar a la casa de George Peter Ryan, compañero tuyo del canal 40, lo encontraste acompañado de Andrea Kirby, la bella reportera deportiva y además amiga tuya. Estando en la puerta tuviste un mal presentimiento al ver que Andrea también había salido a recibirte como si se tratase de su propia casa. Estando dentro, las cosas se pusieron peores. Viste los arrumacos, los besuqueos y las caricias de una pareja que a leguas se notaba que estaba completamente enamorada.
¿Cómo pude ser tan estúpida?
En el amor siempre lo fuiste y nunca te percataste de que esas miradas y sonrisas entre ellos en el canal no eran gratuitas. No dejaste que partieran la torta ni mucho menos probaste el champán que te ofrecieron, simplemente cantaste el Happy birthday y saliste como alma que lleva el diablo.
Lo bueno es que jamás se dio cuenta de que me moría de amor por él.
Y así se hubiese dado cuenta, ¿qué importaba?, si tú ni siquiera le interesabas.
Condujiste un par de kilómetros y luego te detuviste porque las lágrimas te habían nublado la vista y corrías el riesgo de sufrir un accidente o de atropellar a alguien. ¿Qué dirías si un policía se aproximaba en ese momento?
Tengo casi treinta años y aún no sé lo que es sentir a un hombre. ¿De qué me sirve la virginidad ahora?
Lo único que habías sentido dentro de tu vagina eran los instrumentos que el médico te insertó para extirparte el ovario derecho, el cual tenías dañado.
Su fecundidad no ha quedado comprometida, pero si quiere tener un hijo debe hacerlo como máximo en los próximos dos años.
Y esa depresión te llevó al siquiatra, pero luego te recuperaste al pensar que George te daría el amor y la dicha de sentir el placer y el deseo de estar con un hombre y ser madre.
Te miraste en el espejo y viste que el maquillaje se te había corrido y te había dejado horrible. ¿Es que acaso realmente lo eras? Te mirabas fijamente e intentabas explicarte por qué no tenías a un hombre a tu lado. Por qué en toda tu existencia solo habías tenido dos citas y por qué ninguna de esas dos citas intentó llevarte a la cama. ¿Eras fea? Pero luego de que te limpiaste el maquillaje, observaste que no era así, que tu largo cabello negro te daba una apariencia sensual y que tu figura no tenía nada que envidiarle a las demás. ¿Qué le faltaba a Christine Chubbuck para ser una mujer común y corriente?
Vaya que del cielo se están escapando los ángeles y ahora andan por Ohio.
Cierra la boca, imbécil.
¿Era eso? ¿Tu carácter?
Jamás habías soportado los piropos, los afectos ni las caricias. Detestabas todo lo que tenía que ver con el amor demostrado y, sin embargo, ahora lo querías con tantas ansias. ¿Qué palabras te hubiera gustado escuchar de un hombre?
Sepa usted que aquí en el hospital no tenemos dinero para pagar a una animadora que se encargue de los niños que padecen de enfermedades mentales.
No se preocupe, el dinero es lo que menos me importa, lo hago porque quiero colaborar.
Eras una buena mujer, Christine, y por eso entregaste mucho de tu tiempo y tu esfuerzo para entretener a los niños con múltiples enfermedades en el Hospital Sarasota Memorial. Para ello, fabricaste unas marionetas que te quedaron divinas, como si una verdadera artista las hubiera hecho. Y tus progresos continuaron a pasos agigantados. Al poco tiempo entraste a trabajar al canal 40 y a dirigir tu propio programa en donde también tus marionetas fueron la sensación, pues las mostrabas para entretener al público de la misma manera como lo hacías con los niños. Tenías menos de treinta años y lo tenías todo, Christine; todo menos amor.
¿Tal vez por eso tomaste las pastillas e intentaste suicidarte a tus veintiséis años? Tu madre se percató a tiempo y el lavado gástrico seguido de una dolorosa recuperación te hizo lamentarte y arrepentirte de ese intento de suicidio. Juraste que si alguna vez querías volver a intentarlo lo harías con métodos más efectivos y no con una agonía lenta y dolorosa.
Te volviste a mirar en el espejo retrovisor y ya más calmada te diste cuenta de que de nada te serviría seguir llorando. Habías perdido a George, aunque realmente nunca lo habías tenido, y seguías y seguirías tan sola como siempre. Te daba cólera que la gente se apiadase de ti, pero más cólera te dio que tú sintieses pena de ti misma.
Ya debería acostumbrarme…
Volviste a encender el Volkswagen amarillo y lo pusiste en marcha luego de respirar hondo y pasarte una mano por los ojos. ¡Qué importaba un hombre Christine! Era mejor seguir con el trabajo, pues profesionalmente te iba muy bien. Y diciéndote esto recordaste que debías ir a entrevistar al sheriff porque uno de los futuros temas de tu programa sería el suicidio y la sociedad americana. Te percataste de que al lado del asiento estaba la corbata envuelta que le ibas a regalar a George. Apretaste el acelerador y dejaste caer el regalo por la ventanilla mientras te dirigías a la oficina del sheriff para continuar con tu trabajo.
******
Habían pasado cinco minutos desde el inicio del programa y Christine se desenvolvía con la seguridad característica de siempre ante la pantalla. Dio a conocer tres noticias nacionales a la par que revisaba su improvisado guion escrito aquella misma mañana. Detestaba que todo el mundo le diga que había triunfado siendo tan joven, ya que ella misma, en lugar de verse como una triunfadora, se concebía como una carnicera. Cada día era lo mismo; no hacía lo que le gustaba, sino lo que el canal 40 exigía y lo que este quería era llenar de sangre la pantalla para que el público morboso y hambriento de desgracias continuara enganchado a su televisor. Christine ahora era parte de ese mundo horrible y, aunque le desagradaba su trabajo, no podía evitar sonreír y mostrarse segura ante la cámara.
Miró al invitado que esperaba en el plató y le dio lástima que hubiera venido al programa, pues no lo entrevistaría.
Ahora pasaremos a las noticias locales. Este fin de semana uno de los restaurantes de la ciudad fue escenario de un tiroteo.
Hizo la seña para que las imágenes fueran reproducidas, pero Jean Reed, la operaria de cámara, le informó que el video se había atascado y que sería imposible reproducirlo. Habían pasado siete minutos y cuarenta y ocho segundos desde que comenzó el programa.
Christine sonrió ante esta adversidad y continuó ejecutando su improvisado guion con una ligeramente temblorosa mano izquierda. Su mano derecha se deslizó lentamente hacia su bolso de marionetas que tenía bajo el escritorio.
Para continuar con la política del canal 40, de mostrarles lo último en sangre y entrañas, en vivo y en directo, y a todo color, están a punto de presenciar una gran primicia: un intento de suicidio.
Christine logró deslizar el cierre de su bolso y apoderarse de la calibre 38 que tenía escondida. Siempre pensó que la forma más segura de matarse era con un balazo en la sien, como muchas películas habían mostrado, pero aquella entrevista con el sheriff la hizo cambiar de idea.
Los suicidas siempre creen que la forma de morir más segura, rápida e indolora es la de darse un balazo en la sien, pero esto no es del todo cierto. Muchas veces la bala se desvía por la fuerza del disparo, o porque el suicida no sostuvo bien el arma, o la mano le temblaba un segundo antes de su decisión final. Entonces es en ese momento que podría empezar su verdadero sufrimiento si es que la bala perfora la cabeza dañándola pero no produciéndole la muerte instantánea que tanto deseaba, sino prolongando su agonía por horas o incluso días. Lo peor de todo es que hay gente que logra salvarse, pero queda inutilizada para siempre.
¿Es que acaso existe alguna forma efectiva?
Tal vez no efectiva, pero sí eficiente. Una calibre 38 con las balas perforadas en la punta para que produjese más daño y la muerte sea segura. Y no cometer el error de apuntarse en la sien, sino en la parte trasera de la cabeza para que la bala atraviese en su totalidad el cerebro.
Y era una 38 la que Christine tenía entre las manos. Procedió a apuntarse en la parte trasera de la oreja derecha como lo había indicado el sheriff en aquella entrevista. En pocos segundos solo pudo pensar en su madre a quien le pedía perdón por todo el sufrimiento que le causaría. Además, estaba segura de que pasaría a la historia por ser la primera persona en suicidarse en el aire. A pesar de querer calmar el temblor de la mano, no pudo evitarlo, así que decidió no pensar más y, antes de que se arrepintiese, decidió tirar del gatillo.
Todo fue como en cámara lenta. El disparo entró con gran velocidad y una nube de humo le cubrió el rostro. La fuerza del disparo hizo que el cabello se le agitase hacia un lado y por unos segundos su rostro quedó frente a la cámara expresando el dolor y el sufrimiento de haber acabado con su vida de una manera tan dramática. Luego, el cuerpo de Christine cayó pesadamente al suelo.
La sorpresa fue general. El invitado salió huyendo del plató mientras que Jean Reed, la operaria de cámara, no sabía si se trataba de una broma pesada como protesta contra la política del canal 40. El director se apresuró a ir al escenario, no sin antes oscurecer la imagen para evitar que el televidente siga viendo ese espectáculo atroz. Rogaba que todo se hubiese tratado de una broma y esperaba encontrar a Christine con un ataque de risa por haber pegado un inmenso susto a todo el Estado en general. Pero amarga fue su confirmación al ver que el cuerpo de Christine temblaba notoriamente con los ojos desorbitados y que una gran cantidad de sangre le salía de la nariz y de la boca.
En pocos segundos el canal se llenó de curiosos, periodistas y muchos paramédicos, quienes llegaron alertados por las llamadas de los televidentes que habían presenciado la desgarradora escena. Los teléfonos del canal no paraban de sonar y el grupo de trabajo de Christine rompía en llanto, preguntas y reproches por no haber sospechado la tragedia ni haberla podido evitar.
Pero el sheriff se equivocó: Christine fue trasladada aún con vida al Hospital Sarasota Memorial donde ella había prestado servicios con sus marionetas para los niños con problemas mentales. ¿Qué había pasado? ¿Es que la temblorosa mano de Christine había cometido el mismo error que la mayoría de suicidas que no aciertan a atravesarse el cerebro, sino que se hacen un gran daño que, en vez de una rápida muerte, les produce una prolongada agonía que finalmente culmina en el deceso a causa del ahogamiento con su propia sangre? ¿Es que Christine quedaría convertida en un despojo humano luego de que los médicos le salvasen la vida y le extrajesen aquella bala que no había servido para lograr su objetivo final? Los especialistas la operaron durante muchas horas y Christine podía sentir todo el dolor que le había causado su insensatez. Pero la convicción de querer morir la fue venciendo y sus fuerzas la fueron abandonando. Christine Chubbuck estuvo viva catorce horas más de las que había previsto y estuvo a punto de escuchar el reloj que anunciaba la medianoche, pero la vida se le apagó lentamente poco después de las once de la noche de ese inolvidable 15 de julio de 1974.
No se equivocó al pensar que causaría un daño inmenso. Durante muchas semanas fue objeto de noticia e incluso de un juicio por parte de su familia al canal 40. La familia conocía la política del canal y estaba segura de que por dinero y rating serían capaces de mostrar nuevamente el desgarrador video. El juicio concluyó a favor de la familia. El canal, con mucho pesar, se vio obligado a entregar las tres cintas en donde constaba el registro amargo de cómo se extinguía una vida; pero tenía la esperanza de que algún televidente hubiese grabado el programa. Con el transcurrir de los años comprobarían que no fue así.
Christine partió con toda la inocencia y la soledad de no haber sentido el amor de un hombre. Su madre ordenó que su cuerpo fuese incinerado, pues no quería que su hija formase parte de un pedazo de tierra. El 18 de julio de 1974, con una gran asistencia de público, Christine partió al compás del viento del golfo de México. Ya no se sentía sola, ahora era parte del mundo. Ahora sí tenía sentido la frase que escuchó por tanto tiempo…
Tres, dos, uno… ¡En el aire!
¡Ahora verdaderamente estaba plenamente en él!

París, 20 de octubre de 2011

domingo, 1 de septiembre de 2013

El poeta peruano Héctor Rosas Padilla entrevistado por la cadena Univisión



El poeta peruano Héctor Rosas Padilla fue entrevistado por la cadena Univisión a raíz de la publicación de su ensayo “La educación y los hispanos en los Estados Unidos de América” publicado por Palibrio.  El autor a desarrollado un estudio muy amplio del problema de la educación de los hispanos y el papel que juegan los padres en este propósito. Se puede encontrar un análisis bien documentado con estadísticas y referencias de otros estudiosos. Por su importancia y ser un tema tan actual y mencionado muchas veces por el presidente Obama en sus alocuciones, es que este ensayo cobra mayor importancia especialmente por haber sido escrito por un hispano. De allí que se hace imprescindible tenerlo como un libro de cabecera  de las familias que se interesan por la educación de sus hijos. Univisión con gran acierto invitó a nuestro connacional  a sus estudios para conocer más de esta publicación.





HÉCTOR ROSAS PADILLA nació en Cochahuasí, Cañete, Perú, en 1951. Estudió periodismo en la Universidad de San Marcos de Lima. En el ejercicio de su profesión ha entrevistado a diversas personalidades mundiales, entre ellos a Raúl Castro (hermano de Fidel Castro), a músicos como Santana y Emilio Estefan, a la cantante Gloria Estefan y al ex presidente de Nicaragua, Arnoldo Alemán. En el año 2009, Rosas Padilla publicó el poemario CUADERNO DE SAN FRANCISCO. Es colaborador de revistas de California y de algunos países centroamericanos con ensayos y poemas.
Héctor Rosas Padilla radica en el estado de California, pero él no olvida sus raíces y siempre colabora con publicaciones peruanas como la revista literaria
SOL & NIEBLA que dirige el poeta y periodista Juan Carlos Lázaro. Poemas suyos figuran en varias antologías poéticas mundiales, realizadas en España y Massachusetts.
La fotografía es otra de sus pasiones a la cual considera más que un hobby. Su fotografía "The Wedding is a Headache" obtuvo el primer puesto en el concurso mundial realizado por THE INTERNATIONAL LIBRARY OF PHOTOGRAFY de EE.UU.




martes, 13 de agosto de 2013

Juan Carlos Tafur: La religión clausura puertas a la inteligencia.

Juan Carlos Tafur es peridodista, psicólogo clínico y uno de los ateos más conocidos del medio. En una conversación por de más interesante con Libre pensador, nos dejó una importante lección de vida gracias a su filosofía nutrida, escencialmente, por la escuela psicoanalítica de Freud.

Por @RicardoMayta  www.larepublica.pe

¿Por qué Juan Carlos Tafur no es una persona religiosa?
Porque las explicaciones que la religión me daba cuando niño fueros sustituidas por explicaciones más eficaces de lo que ocurría en la realidad, en la vida cotidiana, y que me las daba la ciencia, la experiencia o el conocimiento secular.
Frente a eso, a pesar de que hay una predisposición psicológica a creer en una determinada religión, preferí ir en contra de ella y apuntar más a la búsqueda de algo más racional y objetivo, contra algo que yo considero que es psicológicamente una tendencia a ser religioso, aparte de la formación que yo recibí en colegios religiosos.
Mi descreencia fue un proceso paulatino, que se consolidó en tiempos universitarios, y partir de allí, es casi una convicción plena. Tendría que ocurrir algo extraordinario; ser testigo directo de un milagro o algo de esa magnitud, que lo dudo, para que yo revierta mi convicción actual: algo fuera de la naturaleza, del tiempo y el espacio presentes.
¿Qué aspectos negativos se hallan en la religión desde el punto de vista de la psicología?
La religión clausura puertas a la inteligencia humana; ofrece salidas y explicaciones muy fáciles y amparadas en necesidades más psicológicas que racionales. En esa medida, (la religión) es aceptada por esa razón.
Psicológicamente hay una predisposición a sustituir al padre que superamos, en algún momento de nuestra infancia, por este dios que nos protege permanentemente, pero esas necesidades psicológicas no tienen sustento racional, por no decir científico. Y cuando eso ocurre, a la gente se le clausura toda posibilidad de conocer la realidad fuera de estas artimañas filosóficas, como son las que ofrece la religión.
Basta un análisis muy objetivo al pensamiento religioso para darse cuenta de que se sustenta claramente en dogmas, prejuicios, “verdades” sin ninguna verificación. Es un círculo vicioso en términos conceptuales.
Fuera del ámbito de los creyentes, nadie podría decir que la religión es un pensamiento logrado o una filosofía siquiera; a pesar de que en el caso cristiano, ha habido intentos por darle un carácter filosófico, sin éxito. No hay forma, no es posible, no se sustenta.
Para mí es mucha más rica la experiencia, más sentida, más multidimensional, cuando uno recorre los caminos de una visión laica, atea, científica, objetiva, racional, fuera de los cánones religiosos. “Mi vida ha ganado en intensidad cuando he dejado de creer en cualquier dios o religión”.
Entonces, estás de acuerdo con aquella postura freudiana que revela rasgos de dependencia psicológica con la pertenencia a una región.
Sí. Estamos en un estado en el cual las religiones alivian la ansiedad psicológica que genera el lanzamiento –que nos hacen en algún momento de nuestras vidas– a la realidad. Luego de la salida de lo materno-paterno-infantil para enfrentarnos a esa realidad, nos sentimos minusválidos en temas psicológicos. Pero esa ayuda humana no es construida racionalmente, sino que uno se fabrica ciertos instrumentos creyendo que los recibe mágicamente, como nos hace creer la religión. Pero la realidad, es un bastón que no existe, un bastón imaginario, que nos sostiene psicológicamente, pero que no se sustenta en la realidad.
Y yo sí creo en lo que postula Freud, a quien he leído y sigo durante mucho tiempo, que la religión surge de ahí, de esa experiencia psicológica fallida que el ser humano necesita, con una urgencia, reparar.
Yo aspiro a que, en algún momento, la civilización supere, como ocurrió antes, a los mitos, que fueron sustituidos a su vez por las religiones más organizadas. Y, ojalá, en algún momento, un pensamiento laico se imponga; la humanidad ganaría mucho, en términos de convivencia, de tolerancia –ya que, de por sí, las religiones son la principal causa de violencia en el mundo– ganaría en riqueza de la realidad; ella se apreciaría de mejor forma.
Para las personas que nos hemos desprendido de las creencias religiosas, ¿de dónde nace la moral?
Nace de tus propias convicciones. Finalmente, la moral es una costumbre de conducir tu conducta de acuerdo a un ideal. En el caso de las personas religiosas, por lo general, está vinculado a un juicio moral extra mundano, más allá de realidad actual.
En el caso de las personas ateas, vamos construyendo nuestra moral de acuerdo a nuestros propios ideales, así sean estos cambiantes. Es difícil desprenderse de la moral cristiana imperante, pero al final, la moral humana transcurre a pesar de la religión, no gracias a ella.
Ese “no matar” es parte de los principios básicos de la convivencia humana; respetar la libertad y los derechos del prójimo como quiero que me los respeten a mí; no invadir los ámbitos personales de las otras personas. Construir una vida propia, en base a todo eso, es más simple aún; no seguir los normas de los Diez Mandamientos, ni alguna interpretación talmúdica de la realidad.
¿Qué consecuencias genera en el ser humano el saber que no hay una vida después de la muerte?
Yo creo que a algunas personas les afecta pensarlo. A mí, personalmente, me produce una enorme libertad el saber que el día que me muera, desaparezco, que soy finito, que no me prolongo, y por ende, no debo establecerme con aquellos que me sucedan, en términos familiares, mis hijos, mi esposa. Ni siquiera como una hipoteca moral, respecto de que yo los esté vigilando o que esté en algún lugar omnipresente. Yo creo que eso es una omnipotencia falsa, quimérica, que la religión le otorga al ser humano para que se sienta, en algo, Dios. Eso de que uno es eterno, en el fondo responde a una pretensión narcisista.
Yo creo que las personas ateas son mucho más sencillas, menos grandilocuentes –en términos anímicos y psicológicos– y en esa medida, yo me atrevería a decir que deberían transmitir una serenidad mayor. Yo siento, por lo menos, que mi ateísmo lo llevo de manera personal, individual y tranquila. Yo creo que el ateísmo auténtico es aquel se lleva individualmente, sin hacer gala o exhibición ostentosa de su militancia.
¿Qué autor o filósofo recomienda leer a los seguidores de Libre pensador?
Yo soy freudiano. Soy lector del psicoanálisis, lo he ejercido además, ya que soy psicólogo clínico, y para mí la opción psicoanalítica de ver al fenómeno religioso me parece la más acertada. Recomendaría, además, por un efecto liberador, a Christopher Hitchens, pero como fundamento científico y racional, creo que Sigmund Freud, a pesar de haber transcurrido casi un siglo de publicada su obra, sigue siendo vigente.

sábado, 6 de julio de 2013

Choro Plantado

Nunca había escuchado la frase “choro plantado” hasta que un día o mejor dicho una madrugada, descubrimos que nos había robado. Quien haya pasado esta experiencia es realmente traumática. Esto nos ocurrió en el año noventa y seis, cuando retornamos después de algunos años a la vieja casa de una  urbanización conocida en el Cercado de Lima. Luego de enrolarnos al sistema de cable, en algún momento falló la trasmisión. Conversando con un conocido del barrio, este nos recomendó a un fulano, a quien yo conocí muy jovencito y que ahora era ya un joven adulto, para que nos repare y arregle el problema del cable.
Así nos evitaría la molestia de llamar al técnico que venía con cita, y tomaría algunos días. Este enano, no llegaba del metro sesenta, llegó a casa y después de ver por donde pasaba el cable al televisor, subió al techo del cuarto piso para hacer los arreglos respectivos. Y verdad, arregló el asunto, y cobró por su chamba (de paso ya había zapeado lo que se tenía en casa y lo “huevo“ que resultaba entrar) Bien al día siguiente nomas, en plena madrugada nos visitaron los amigos de lo ajeno. Nuestro pequeño hijo se levantó para ir al baño, dándose tremenda sorpresa de encontrar la puerta abierta de par en par.
Entró a nuestro cuarto gritando que nos habían robado. La salida más cercana a la calle estaba como a un minuto de la casa y por allí corrimos a ver. Encontramos a una señora (siempre hay alguien observando) quien nos dijo que vio a dos muchachos con “cosas” que escondían en los jardines vecinos. Así pudimos encontrar el microondas, la bicicleta, el betamax y el nintendo(el antecesor del play station). Nuestro recién estrenado televisor llamado Panablack, comprado hacia una semana y el equipo de estéreo con los Cd’s de música de la nueva ola, nunca los recuperamos. Hicimos la denuncia respectiva en la comisaria del lugar, soñando con recuperar lo perdido. ¿Cómo ocurrió el robo? Nos habían cortado los fierros de la ventana y luego los doblaron, igualmente cortaron las lunas y ya estaban dentro.
¿Por qué nos escogieron a nosotros? porque recibieron el “dataso” del enano maldito que me recomendó el vecino, un tipo que en su adolescencia fue un fumón y ahora jugaba al arrepentido en su nueva chamba de guardián de autos por las noches. Yo había regresado al barrio donde me crie después de más de siete años y no estaba al tanto de la gente. Luego de las averiguaciones del caso, resultó que el enano era un ex – choro que pasó algún tiempo en Maranguita(lugar donde sirve de cárcel a los delincuentes menores de edad) Cuando le reclamé al pata ex fumón, me dijo – pucha yo no sabía - ya de hecho no había nada que decir.
El ex-fumonsito este, era esposo de una amiga muy querida, ambos del barrio y que conociamos desde la escuela, y él se presentaba como un tipo “recuperado” y “cristiano” pero con mucha pena confirmaria algo tarde, que era parte del "equipo" de "choros" del barrio. Mencioné anteriormente que cuando salí a ver por donde se fueron los choros, encontré una señora que me aviso como escondían las cosas los delincuentes. Bien esta señora muy valiente, le increpó al guachimán que cuidaba los chalets que circundaban los edificios. Y le decía en su cara – tu, estabas conversando con esos muchachos, sabiendo que eran rateros ¿qué cosa hablabas con ellos? seguramente negociando ¿verdad? El maldito guachimán negaba todo – yo no conversaba nada señora, le ha parecido a usted. ¿Por qué no los detuviste cuando salían? Le pregunté y él – nada choche, nada, yo no vi nada, la ñora está mal. Finalmente atando cabos, llegamos a la conclusión que el barrio se había convertido en una tierra de nadie. La linda y hermosa urbanización, testigo de nuestra niñez y adolescencia, era ahora en una selva llena de delincuentes que hacían lo que les daba la gana.
El gobierno del “chino” había habilitado un edificio para las familias que fueron desalojadas de una zona de barrios altos (viejas viviendas que fueron demolidas por su construcción ya venida a menos) y llegaron a vivir al costado de la urbanización. Desde su llegada se incrementaron notablemente los robos. Pero, la red tejida por la mafia imperante, involucraba a los guachimanes de la zona, los cuidadores de autos (ex fumones y “choros plantados”) que servían de dateros y campanas para los frecuentes robos. El método usado, el mismo: enviar a su gente a reparar cables o haciendo de gasfiteros, para saber que “tanto” tiene cada “jato” y de allí pasar el “dato” a su gente. Todos involucrados, todos se ganaban alguito, un método exitoso para ellos, hicieron su agosto los recién llegados, a un barrio en que la mayoría era gente trabajadora que se ganaba sus cobres con mucho esfuerzo.
Nosotros no teníamos como probar esto, tenía hijos pequeños y temíamos por ellos, después de tres meses terribles nos mudamos y dejamos la pesadilla atrás. Han pasado quince años de esa horrible experiencia, hoy vivimos en el extranjero y vemos como se ha desarrollado el crimen y el robo. Cuando vemos por televisión los asaltos y crímenes de los llamados “marcas” nos preguntamos ¿quiénes son los que le proporcionan los datos? ¿Tienen ellos tanta habilidad de saber cuánto recibe cada persona cuando retira dinero en un banco? no pues de hecho que no. Vimos en la televisión, como en un edificio con vigilantes y todo, robaron en un decimo piso a un conocido ex narrador de noticias. ¿Y qué pasó con los huachimanes? que con sus cuadernitos apuntan quien entra y quién sale. ¡Ya chochera habla pues!

domingo, 16 de junio de 2013

Más tarde o más temprano


Por: Néstor Rubén Taype
¿Mami, porque no tocas la puerta?  Estela se quedó de una pieza, impresionada sorprendida ante el espectáculo que sus ojos  veían. Nunca en su vida imaginó ver a su pequeña,  a su nena y engreída hija, en aquella escena que solo se ven en las películas, en la televisión, en esos melodramas hechos por algún guionista pervertido.
Como de costumbre salió esa mañana a trabajar como ejecutiva en un centro comercial.  Aquel día la empresa había programado la refacción de las oficinas y los trabajadores llegarían poco más de la una de la tarde, razón por la cual le dijeron que podía retirarse a esa hora. Tomó de muy buena gana la noticia y pensaba en aprovechar el día con su hija, como almorzar juntas, pero no en casa sino en el restaurante que ella eligiera.
Subió a su auto  y partió rumbo al hogar. El verano ya asomaba después de una primavera lluviosa muy propia de Nueva York, el sol  se mostraba inclemente con sus rayos, encendiéndolo todo, calles, parques, avenidas, voluntades y sentimientos.
Iba dejando una  larguísima estela verde de arboles y vegetación donde las casas estaban a muchos metros de distancia entre ellas. El auto devoraba rápidamente la enorme autopista que la llevaría a otra ciudad tan diferente a la que dejaba.  Así  tomó la salida  hacia la derecha y subiendo ya podía observar el barrio donde vivía, lleno de edificios, semáforos, calles llenas de transeúntes que obligaban a disminuir la velocidad.  
A los pocos minutos llegó a casa y parqueó en el lugar de siempre.
Afuera el calor seguía siendo  insoportable, se quedó en el auto recordando cómo había pasado el tiempo para aquella chica que laboraba con mucha dedicación en una  agencia de viajes y ahora estaba muy lejos de su país viviendo otra realidad. Atrás quedaron los viajes de trabajo y placer a los diferentes lugares, los traslados al aeropuerto, a los hoteles, los circuitos turísticos, esa etapa que a ella le seguía pareciendo maravillosa.
Habían transcurrido quince años desde su arribo a este país y cinco desde que se separó de su siempre complicado y controvertido marido.
Fugaces fueron algunos amoríos después de su divorcio, pero la vida le había dado un punto y coma bastante prolongado en el amor, extrañaba una caricia masculina sobre sus manos, un hombro solidario y fraterno en la que dejase recaer su cabeza, descansar y compartir preocupaciones, deseos si,  esos deseos. Criada en una familia muy  conservadora se avergonzaba de sentir lo que su cuerpo le estaba insinuando.  
Stop, stop - repitió – Estela, ya esta bueno – se dijo. Bajó del auto y camino apuradamente hacia la puerta. Después de introducir la llave, esta no lograba abrirse – otra vez esta cosa que no funciona – dijo-  volvió a intentar pero  nada – siempre digo que voy a pedirle a la dueña que me arregle esta bendita puerta y se me pasa, ay Dios – Después de varios intentos por fin cedió e ingresó apuradamente, tiró la cartera sobre el sofá de la sala y se encaminó hacia la cocina, se sirvió un jugo de naranja que le pareció incomparablemente delicioso. Se extrañó que su hija no saliera a recibirla, a pesar que había hecho suficiente ruido, supuestamente ya debería estar en la casa.
La hora que marcaba el microondas decía dos de la tarde.
Cuando estaba acercándose a su cuarto escuchó un leve gemido y se detuvo, ¿hay alguien en mi cuarto? Se preguntó. Nuevamente se dejó escuchar otro más, eran quejidos muy leves, no quiso pensar eso que se le vino inmediatamente a la cabeza y abrió la puerta. Su cama lucia un celeste claro, el color de sus sabanas, el cubrecama descansaba en el suelo.
La foto colgada en su cuarto que graficaba el inolvidable viaje a Rio de Janeiro con sus amigas, era también mudo testigo de lo que sucedía en la habitación. La radio encendida, se escuchaba casi musitando a Franco de Vita cantar  "..Y te dado todo lo que tengo, hasta quedar en deuda conmigo mismo… y todavía preguntas si te quiero…”
Estaba a punto de decir algo, cuando su hija le repitió nuevamente ¿mami, acaso no sabes tocar la puerta?   Su pequeña, que en realidad ya no lo era sino más bien una hermosa joven de dieciocho años, había estado sentada en los muslos del muchacho, pero, ante la imprevista aparición de su madre, se acomodó automáticamente al borde de la cama, quieta y desnuda. Ante este movimiento instintivo, dejó al joven descubierto y con el arma en ristre, quien inmediatamente cogió una almohada para cubrir lo más notorio que su cuerpo mostraba. Había transcurrido unos segundos desde que ingresó a la habitación y su cabeza era un remolino de sentimientos, le provocó ir encima de ellos y  desfogar su ira, su frustración.
Dentro de ese desconcierto que la abrumaba sintió cierta tranquilidad al haber visto que el joven tenía puesto un preservativo de color verde limón.  ¿Mami, puedes salir y dejarnos solos por favor?  Estela no respondió y mirando fijamente al muchacho le dijo – quiero a tus padres mañana mismo aquí en mi casa, o de lo contrario yo voy a la tuya.
No pudo ignorar lo que su hija le pidió, ¿qué salga de mi propia habitación, que se habrá creído? dijo. La frase le había llegado al corazón, atravesándoselo. Buscó la mirada de su hija, pero ella solo miraba a su acompañante. Sintió que ya no tenía nada que hacer allí, había que salir inmediatamente. – Eres menor de edad, no te olvides, tus padres mañana – le volvió a decir y salió finalmente de la habitación, de su habitación. 
Caminando muy lentamente llegó hasta su jardín interior y se sentó en uno de los sillones. Los ojos se le inundaron de lágrimas y con mucha rabia aceptó que ya no podía evitarlo.  Se dio cuenta que ella estaba esperando que su hija fuera exactamente igual que ella, que llegó virgen al matrimonio.
Las comparaciones estaban por demás, su hija estaba en un país desarrollado no solo económicamente, sino con un sistema de vida que ella no podía controlar. Libertad sexual, y vaya que las chicas se lo tomaban muy en serio. Recordaba que a los veintidós años en una fiesta familiar mientras bailaba el tema “Sexo” un rock noventero del grupo chileno “Los Prisioneros” su madre la sorprendió, y le dio  tremenda golpiza. – ¿Para qué me cuidaste tanto mami, de que sirvió esa moral barata y cucufata que seguramente me limitó tanta diversión? seguía hablando consigo misma – el único error de mi hija ha sido hacer el amor en mi cama ¿por qué demonios no lo hizo en su cuarto? Y yo pensando que mi princesa no pasaba de besos y abrazos, vaya que la ingenuidad se me desborda por los poros.
Hizo esfuerzos por pensar y razonar como una madre moderna que no puede escandalizarse con estas cosas que suelen ocurrir en las mejores familias. Se arrepentía de no haberle preguntado por su primera vez, de no haber estado a la par con la modernidad, por sentir “vergüenza” de tocar esos “temas” Luego sin poder evitarlo recordó la imagen del jovenzuelo desnudo y le pareció una belleza aquella irreverente  erección, el preservativo verde lo imaginó fosforescente, como las espadas de las guerras de las galaxias. Luego se sintió abochornada, nuevamente incomoda – que tonterías se me vienen a la cabeza –  dijo. Cerró los ojos para ver si el sueño podría apaciguar sus calores, pero, una coqueta sonrisa apareció en sus labios.