lunes, 23 de julio de 2012

"Fiebre" Ganador de El Cuento de las 1,000 Palabras de Caretas.


Fuente: www.caretas.com.pe
El Viejo Asakabi mascó el sabor del té que contaminaba sus pensamientos aquella tarde, y demoró su mirada en las flores del ajo encadenadas a la hierba irregular. Debía llevar el agua a su choza, donde su mujer lo esperaba, y acercarle el pocillo con arroz a la boca. Ella era más vieja que él y se había vuelto una mujer inútil. Ya ni siquiera podía juntar las ramas de los árboles vencidos por la muerte, ni encender una hoguera que los mantuviera calientes por la noche. Permanecía postrada sobre unas esteras desde hacía un año, y unas llagas purpúreas decoraban su lengua. Con lo cual no podía hablar, y el viejo Asakabi se sentía muy solo, a pesar de la persistencia del canto del cuco.

Aquella tarde las fuerzas lo abandonaban y una sensación de frío le acariciaba el cuerpo entero con finos dedos. Tanteó su frente y sintió brasas. Pero debía ir por agua para tomar el té y asearse.
Mientras observaba las flores del ajo recordó cuando el pueblo resplandecía, como ahora lo hacía la ciénaga de junto a su choza, aunque el día no fuera especialmente soleado. Recordó la juventud de su mujer; la imaginó cortando crisantemos prematuros, que abrían su olor durante la noche y perfumaban los sueños. Ahora su pueblo era el pellejo sediento de un animal que se negaba a morir en medio del desierto.
Un silencio más perfecto ni en la cima del Kurobane, se dijo. Aunque quizá me haya quedado sordo, pues el cuco... Sin embargo, el peso de los cántaros que balanceaba en sus hombros lo venció, y el agua buscó a la tierra y pronto desapareció en ella. ¡No respetas las canas de este viejo!, dijo, agitando un puño contra el cielo. Giró sobre su pie izquierdo, resignado a tener que regresar al río, pero el fango que se había formado y la torpeza de sus movimientos lo hicieron resbalar. Sus débiles músculos cedieron y empezó a derrumbarse sobre su espalda, muy lentamente: era como la flor de un duraznero que nadie ve caer en el bosque. Entonces, sintió que su hijo se acercaba, velozmente, hacia él, como si siempre hubiera sabido que en ese preciso instante iba a caer.
—¡Una carpa, papá! ¡Picó una carpa colorada!
Asakabi se había adormecido bajo la sombra del árbol. Vio la enorme silueta del pez haciendo ochos bajo la túnica del río, aún antes de despertar por completo. El sol está tan vertical que no dejaría escama sin encender, había pensado mientras frotaba sus ojos. Parecía que bajo el agua era de noche, y el pez simulaba una antorcha de papel de seda con que jugaba una diosa submarina. La vara de bambú de su hijo se encorvaba peligrosamente; soltó la suya y anudó sus brazos al pecho de Senju, justo cuando parecía que el pez lo iba a lanzar a la corriente. Lo mantuvo aferrado a sí, mientras los pies de ambos se fijaban en las penúltimas piedras de la ribera. El más pequeño descuido los hubiera condenado a caer al agua y se hubieran ahogado irremediablemente. Asakabi no era precisamente un buen nadador y le temía al agua, aunque jamás se lo había confesado a su hijo. Por eso nunca se internaba en el gran lago situado detrás de las montañas a pescar en barca, como lo hacían todos en la provincia.
La ribera iba adelgazando cada vez más y las piedras se hacían redondas y resbalosas. Le susurró a Senju que olvidara al pez, que mañana lo volverían a intentar y traerían una vara larga para apalearlo de lejos. Pero las manos del niño parecían no entender; a pesar de la aspereza del bambú y los esfuerzos del animal por librarse, Senju forzaba sus manos con necedad, aunque esto lo lastimara y le hiciera llorar. Asakabi intuyó las lágrimas de su hijo; sintió un orgullo afilado que hizo trizas sus temores en un instante, y deseó que Senju siguiera luchando, aunque sus manos empezaran a descarnarse.
Todavía ensimismado, pensó en el bello animal ya terminada la batalla; creyó verlo estremeciéndose sobre la hierba, mudo, pero no silencioso, paladeando su ahogo con las branquias abiertas como dos sombrillas escarlatas, mientras no se desvestía de su resplandor ni aún después de varios días. ¿Era posible llevarlo en el mismo bambú con que lo habían pescado y mostrárselo, satisfechos, a su esposa?
Pero, entonces, el pez se sumergió en el aire; se tomó nítido por unos instantes para los ojos de Asakabi y de su hijo. Era cierto: las escamas resplandecieron como un cuchillo que aún no ha conocido a su víctima. La cola del pez remó en dirección contraria, y antes de volver al agua los salpicó con una lluvia invisible que consteló sus ropas.
Y eso fue todo.
Luego, el cordel se quebró, como si siempre hubiese sido de arena.
A pesar de seguir cayendo, el viejo Asakabi sintió el abrazo de Senju.
—Senju, hijo, cuánto tiempo...
La mano del hijo le cubrió la frente, y advirtió la fiebre. Y su mano se convirtió en nieve y le alivió un poco. Pareció reconocerse en los ojos de su padre y volver a un tiempo imposible, en el cual padre e hijo tienen la misma edad, y pueden pensar al unísono y ser la misma persona.
—Has crecido, Senju... te pareces tanto a mí.
Senju cerró los ojos; fue como cuando un río cierra los ojos y ya no es más el cielo. Al viejo le llegó la imagen intacta de una tarde de pesca, cuando ya todo andaba cerca.
—¿Recuerdas esa carpa que casi atrapamos, hijo? Es decir, tú solamente... Debió habérsela comido un oso, río arriba, ¿verdad, hijo? ¿Verdad...?
Senju no respondió. El viejo quiso aferrarse a sus brazos, pero cayó de todas formas. Mientras caía se iba deshaciendo como polen atrapado en la luz de una ventana. Si no las hormigas habrían enterrado su cuerpo junto a las flores del ajo que no volvería a ver jamás. (Por: Cristhian Briceño)



Primer Premio.- Cristhian Briceño se inspiró en la forma de poesía tradicional nipona ‘haiku’ para crear el cuento “Fiebre”. Admira a Kobayashi Issa y Oshima Ryota.

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