domingo, 24 de junio de 2012

JOVEN PERUANA ES ACEPTADA EN SEIS UNIVERSIDADES DE E.U.A



Por: Héctor Rosas Padilla

Por su alto rendimiento durante los años que estudió la secundaria, la joven peruana Stefany Acosta ha sido aceptada en seis universidades de los Estados Unidos de América, entre las cuales figura la famosa Universidad de Davis.
Stefany, quien estudió la secundaria en la Clayton Valley High School de la ciudad de Concord, California, se graduó recientemente con honores, y entre los importantes reconocimientos que mereció, por su gran dedicación a los estudios, destaca un diploma firmado por el Presidente Barack Obama. Es la segunda vez que recibe un diploma procedente de la Casa Blanca.
Su puntaje es de 4.67, mucho más del 4.00 que equivale a una A, y un poco menos del 5.00 que es lo máximo que se puede obtener en una escuela de E.U.A.
Pero no debe sorprender que esta joven peruana se haya graduado con honores. Ella, desde antes de llegar a este país, cuando vivía en Lima, ya era una chica que empezaba a descollar en la escuela. Fue la mejor alumna de su salón cuando estuvo en el tercer año de primaria.
Una vez aquí, en California, se hizo el propósito de seguir “dándole duro” a los estudios, para llegar a tener una profesión y retribuir, de esta manera, los esfuerzos de sus padres para que ella vaya a la escuela y nada le faltara. Los resultados por su espíritu de superación han sido muchos. Habla tres idiomas: español, inglés y el francés. Asimismo, las paredes de su dormitorio están cubiertas con los diplomas que fue recibiendo mientras estudió la secundaria. A estos premios hay que agregar que está en la lista del CALIFORNIA SCHOLARSHIP FEDERATIONS.
Stefany tiene 17 años y es hija de Jorge y Jeny Acosta, originararios de la provincia de Rodríguez de Mendoza, departamento de Amazonas. Su gran sueño es estudiar medicina en University of California, San Francisco (UCSF). Pero antes, ella tiene que hacer su bachillerato, durante cuatro años, en una de las seis universidades que están prestas a recibirla como alumna.
Al preguntarle a esta joven peruana cómo hizo para obtener ese puntaje de 4.67, su respuesta fue: “porque llevé cursos extras que son bien difíciles, cursos a nivel de college. Porque estoy convencida que querer es poder. Y porque conté con la ayuda de mis padres en todo sentido”.
¡La participación de los padres en la educación de los hijos! Muy interesante lo que me dijo esta futura doctora. No quiero terminar esta nota periodística sin antes reproducir párrafos de uno de los ensayos, sobre este tema, que figura en mi libro La educación de los hispanos en los Estados Unidos de América, publicado en Lima por la editorial SOL&NIEBLA.

“La Educación de los niños debe empezar en el hogar y continuar en la escuela, o sea que los padres deben ser los primeros maestros y no los vecinos o los compañeros mayores de nuestros hijos, mucho menos esa caja de imágenes y sonidos llamado televisión.
No se debe procrear un hijo para que sea uno más en el hogar o una estadística en la sociedad, sino para que participe en el progreso de la familia y la comunidad y, de esta manera. Justifique su existencia. Y esto es casi seguro que se logrará con una buena educación impartida en la casa y en la escuela.
Por esta razón es muy importante que los padres desempeñen, lo mejor posible y a la medida de sus posibilidades, su papel de primeros maestros.
“La responsabilidad directa de los padres, durante los primeros años de la escolaridad, es una de las herramientas más eficaces con las que cuenta el director”, asegura Casey Carter en su libro NO HAY EXCUSAS.
Pero no pensemos que hay que ir desatendiéndonos de ellos a medida que vayan teniendo más edad; al contrario, es cuando debemos estar más presentes en sus vidas. Y es cuando debemos estar más en contacto con sus escuelas y colaborar con sus maestros, ya que si les damos una mano a éstos, sus logros serán mayores.
Los estudiantes no solamente tienen un mejor rendimiento, sino que hay más posibilidades que concluyan la escuela secundaria y piensen en la universidad cuando los progenitores están atentos a su educación. Estas posibilidades disminuyen cuando los padres sólo viven para el trabajo, dejando únicamente a las escuelas que realicen su difícil tarea.
La educación de los hijos debe ser la mayor preocupación de los jefes de familia. Pero parece que esto no se está teniendo muy en cuenta en nuestros días, porque cada día es mayor el número de muchachos que al no encontrar en sus hogares interés por su educación, dejan a un lado los estudios.
Una cantidad de estudios muestran que la participación de la familia juega un papel decisivo en el éxito o fracaso de los estudiantes. Sin embargo, hay quienes no piensan así, por ejemplo, Casey Carter. Él sostiene que “la baja participación de los padres no es una excusa para el mal desempeño académico… Lo cierto es que una escuela no puede mejorar mediante la simple participación de los padres en el sistema educativo”.
Definitivamente no estamos de acuerdo en este aspecto con el citado autor. La realidad demuestra otra cosa. Si queremos que los niños lleguen a tener una excelente educación, es necesario que los padres, así no tengan una buena preparación académica, traten de alguna forma de ser sus primeros maestros. Hay muchas maneras de ayudarlos. Y si queremos que nuestros jóvenes vean en los estudios la llave del éxito es necesario que los hogares sean las primeras escuelas. De no ser así, los hombres del mañana se encontrarán en cada esquina con otro tipo de escuelas y otra clase de maestros que les hablarán de todo, menos de superación personal”.


HÉCTOR ROSAS PADILLA (Cañete, 1951). Estudió periodismo en la Universidad de San Marcos de Lima. Es autor del poemario CUADERNO DE SAN FRANCISCO (2009), y del libro de ensayos LA EDUCACIÓN Y LOS HISPANOS EN LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA (2010).
Es miembro del comité editorial de la revista literaria peruana SOL & NIEBLA que dirige el poeta Juan Carlos Lázaro. Actualmente radica en California.

miércoles, 20 de junio de 2012

Munich


Nos dio las ocho de la noche y tal como habíamos acordado estábamos los tres marcando nuestras tarjetas saliendo juntos con rumbo a tomar unas “chelas” en el Múnich. Este conocido bar se encontraba en la calle Belén, muy cerca de la Plaza San Martín, donde estaba la Oficina de Pasajes y Reservaciones de Faucett.
Luego de salir muy apuraditos cruzamos la avenida Colmena, la pollería Branza y después el cine Colón, camino a lugar comprometido.
Llegamos y bajamos las escaleras estrechas de este bar hasta llegar a una de las mesas en la que nos acomodamos. En aquella época el Múnich era un lugar muy frecuentado por  muchísimos turistas que paseaban por el centro de Lima, especialmente los mochileros.
Ya sentados los tres nos miramos y empezamos a sacar cuentas de cuánto dinero teníamos, luego de contar el sencillo hicimos el cálculo que nos alcanzaría para una rueda de chops por lo menos.
Un mozo muy solícito se acercó a tomar nota de nuestro pedido imaginando quizás que aquellos tres jovencitos que no pasaban de los veinte años y vestidos correctamente con terno azul y camisa blanca, podrían dejarle una buena propina.
Julito con mucha cortesía pidió tres chops para la mesa indicándole que posteriormente haría el pedido de la comida.
La primera rueda se evaporó en un minuto y sirvió solamente para calmar algo de nuestra desesperada sed por probar aquella cerveza, dícese alemana.
Terminada la cortísima ronda nuevamente pedimos la segunda, seguíamos conversando de todo y aunque sabíamos que ya estábamos en deuda y volando con la cuenta, nadie tocaba el tema y continuamos con la fiesta; al fondo escuchábamos al pianista tocando un conocido bolero de la época.
Mientras seguíamos pidiendo más del bendito licor, nuestra preocupación iba en aumento, como también iba en aumento nuestro estado etílico, el que terminó finalmente por imponerse.
De pronto Julito se puso de pie y nos dijo – muchachos me disculpan un momento por favor- porque así era Julito siempre cortés y muy atento.
Nosotros pensamos que iría al baño pero él se acercó al pianista y desde nuestra mesa vimos que conversaban, entonces  levantó la voz y dijo - maestro en re-mayor por favor.
Luego de una excelente introducción por parte del pianista Julito comenzó a cantar... “Clavel marchito del ensueño……… que me enseñaste a querer, dile a quien fuera tu dueño……..”  Escuchamos entusiasmados el bellísimo vals de la guardia vieja tan bien interpretado por nuestro amigo.
Seguidamente continuó con otro vals y remató con la marinera  "Adiós San Miguel de Piura" entonces la pista de baile era un loquerío los mochileros con sus parejas bailaban como podían y nosotros igual saltando con ellos.
Regresamos a nuestra mesa y celebramos la buena voz de Julio, un muchacho que a esa edad lejos de ligarse al rock de moda, prefería cantar los viejos valses limeños.
De pronto interrumpió nuestra mesa un caballero ya entrado en tragos y en años, quien luego de saludarnos le pidió a Julio que le interpretara el vals “ El Espejo de mi Vida”
Éste se acercó nuevamente al maestro y luego de ponerse de acuerdo en la nota, interpretó el vals con mucha emoción y sentimiento.
Aplaudimos a rabiar como todos lo hicieron, Julio regresó con nosotros pero acompañado de una tremenda fuente de lomito al jugo con sus respectivos panes, delicia que terminamos en minutos.
Nos dieron como las tres de la mañana cuando apareció nuevamente el caballero ebrio que pidió el vals. Entonces nos dijo para nuestra sorpresa algo así como –jovencitos todo está pagado - Oscar y yo nos miramos felices de la noticia, pero no esperábamos que Julito dijera - no señor, por favor no se moleste fíjese que no es para tanto. Allí se nos fue la borrachera y lo mirábamos desconcertados, finalmente muy formal Julito aceptó la cortesía del caballero ebrio y a nosotros nos regresó la borrachera de alegría.
Salimos muy mareados y nos detuvimos en la esquina para contar nuestras monedas pero a esa hora ya no había micros, no recordamos como llegamos a casa, pero llegamos.



miércoles, 6 de junio de 2012

¿Yo Te Pego?




Salimos con un grupo de compañeros a tomar el refrigerio, esta media hora nos servía como un catalizador de las tensiones del duro trabajo que realizábamos en una factoría. Se aprovechaba este espacio para conversar algo de las historias de nuestras vidas, todos teníamos siempre algo que contar. Alguien comentó sobre el llamado bullyng que estaba pasando su hijo en una de las escuelas del estado de Nueva Jersey.
Entonces José, un cincuentón en aquel entonces dijo recordar su experiencia en Lima cuando estudiaba la primaria y pasó momentos difíciles con un “matoncito” que estaba convirtiendo sus días en una pesadilla. De pronto sin proponérselo había comenzado a contar su historia frente a nosotros, un auditorio improvisado pero al parecer muy interesado que le prestaba la más absoluta atención.
“Sonó el timbre del recreo y fui al kiosco de la escuela a comprar algo para mitigar el hambre. No podía evitar que los nervios asomaran inmediatamente después de tener en mis manos lo que pretendía ser mi refrigerio, sabía que salir al patio del colegio la pesadilla comenzaría en cualquier momento. Entonces caminé muy despacio rumbo al pequeño jardín ubicado cerca de la biblioteca cuyo cerco de ladrillos nos servía de asiento. Nunca pretendí esconderme simplemente esperaba resignado a la humillación y matonería de aquel alumno que hacía gala de fuerza y poderío contra mí. Habían pasado algunos minutos del recreo cuando alguien posó su mano sobre mi hombro y me dio un jalón para que volteara.
– Hey chibolo ¿yo te pego?
Me quedé callado, de pronto se puso frente a mí dándome un empujón sobre mi pecho  repitiéndome la misma pregunta. Yo quedé nuevamente en silencio provocando que mi agresor  me tomara el cuello y me llevara contra la pared esperando mi respuesta. Sin mayores recursos para defenderme le respondí lo que él esperaba.
-Sí, tú me pegas.
Luego de soltarme se hecho a reír con su compañero diciendo que últimamente me estaba poniendo difícil. Antes de retirarse me pidió que le “invitara” el pan con jamón  al que apenas le había pegado un mordisco, luego de tomarlo se fue riendo a carcajadas. Cursaba el cuarto año de primaria y con mis diez años a cuestas sabia que esto era un drama que se tornaba insoportable. En casa ya comenzaban a hacerme preguntas por mi brusco cambio de actitud y las prolongadas encerronas en mi cuarto; el bajo rendimiento en las clases también comenzaba a hacerse evidente. Solo, postrado en mí cama pensaba como demonios iba hacer para salir de aquella pesadilla que a mi edad estaba resultando traumática. Como todo niño difícilmente contamos nuestras cosas por muchas razones, vergüenza, temor, inseguridad o todas estas cosas juntas que terminan por atarnos. Un día las cosas empeoraron pues el matoncito  por divertirse conmigo me rodeo con un grupo de sus amigos durante el recreo, y comenzó a dárselas de boxeador  haciendo amagues sobre mi rostro hasta que uno de ellos me impactó en el pómulo dejándome  una pequeña hinchazón. Cuando llegué a casa mi madre me encontró llorando, entonces  preguntó si  había peleado y le dije que sí, cuando quiso saber  quién ganó le respondí que no sabía porque nos separaron muy rápido. Para mi sorpresa me dijo que si un día yo llegaba después de una pelea  y le decía que había perdido, ella me daría una golpiza encima. Pasé una semana muy tranquila sin el acoso del matoncito quien había sido suspendido de la escuela luego de agarrarse a golpes con un alumno en plena clase, su ausencia  me permitió disfrutar en algo mis abrumados recreos. Un domingo mientras caminaba a mi cuarto después de darle las buenas noches a mi madre pensaba como haría para encarar la situación al día siguiente, sabía que él regresaría y lo tendría nuevamente frente a mí burlándose otra vez; no supe la respuesta pero tenía fe que esa sería la última vez. El timbre sonó y me hizo saltar de mi asiento como nunca, guardé mis cosas tan lentamente como pude y salí contando los pasos, hoy no compraría nada. Uno de mis compañeros de clase me dijo que tenía unas revistas del Hombre Araña  para leerlos en el jardín de la biblioteca. Parecía que no ocurriría nada y estábamos los dos cómodamente sentados cuando de pronto apareció el maldito. Era chato, tenía como trece años, estaba en quinto año y tenía la misma talla que la mía. No levanté la vista sino que mire sus viejos y despintados zapatos negros amarrados con unos pasadores deshilachados que a duras penas sobrevivían.
De un golpe con su mano me hizo volar la revista, se inclinó y acercó su rostro frente al mío haciendo  la acostumbrada pregunta de rigor  - Hey chibolo ¿yo te pego?  No le respondí y sin mediar ninguna otra advertencia más sentí un brusco empujón, mientras que mi espalda se iba inclinando comencé a levantar la vista y vi su uniforme color caqui, una vieja correa  sostenía su pantalón,  pude apreciar su corbata que era similar a una pita sucia ajustándole el cuello de la vieja camisa y finalmente observar esa sonrisa burlona, esa mueca en el labio derecho que tanto odiaba. Caí de espaldas como un viejo costal pero la humedad del jardín hizo que amortiguara el golpe pues pudo haber sido peor. Me senté inmediatamente y me di cuenta que algo extraño ocurría, mi vista no veía al resto, solo a él, al maldito “chato”, a los demás los ocultaba una suerte de neblina.  En esos segundos pensé en mi viejita, qué mierda le inventaría ahora que estaba enterrado de barro hasta la cabeza, de seguro no me creería y vendría hasta el colegio para averiguarlo. Me puse de pie mientras que él se reía frente a mí, entonces me dije, lo menos que se puede imaginar este enano es que me defienda.  Salí corriendo del jardín, salté al muro para tomar viada y de allí me lancé hacia él cayendo ambos pesadamente.
Antes que pudiera levantarse rápidamente me monté sobre su pecho, ahora estaba su rostro frente a mi muy cerca de mis manos y sin pensarlo más comencé a golpear y golpear con todas mis fuerzas, en un momento sentía que mis puños se resbalaban sobre su cara, pero igual seguía dando golpes, pegando, sacándome de encima seguramente mis temores, mis miedos, mi honda timidez.  De pronto me sentí en el aire, en vilo y no escuchaba ruidos  solo oía los latidos de mi corazón, uno de los brigadieres me tenía en sus brazos mientras me pedía que me tranquilizara, me dijo – suave chibolo ya lo cagaste al “chato” de mierda. Me hizo sentar en el muro del jardín, sentí mis manos húmedas, manchadas de sangre, allí sentí como el despertar de un sueño y el griterío de los alumnos explotó en mis oídos.  A él se lo llevaron sus amigos, los míos me dijeron que lo había molido a golpes y se había ido sangrando profusamente de la nariz.  Igual terminé en la Dirección de la escuela pero el testimonio del  brigadier valió mucho para que la suspensión se evitara;  habían llamado a mi madre que al verme no pudo ocultar una maliciosa sonrisa de aprobación, se lo habían contado todo”    
Cuando terminó de contar la historia lo aplaudimos entusiastamente. De pronto apareció el supervisor diciendo que nos habíamos tomado diez minutos más de la media hora del refrigerio. Entre bromas regresamos apurados a nuestra rutina de siempre.