miércoles, 18 de mayo de 2011

¡....Pasa Tío!


¡Hey Chino bájate el volumen, aquí dice el tío que se esta quedando sordo! Mi hijo que estaba a mi lado sonrío y luego hecho una carcajada diciéndome - Uy papá te dijeron tío.
Esa tarde salimos a ver la película Jumanji y tomamos un microbus de nuestro selvático transito de Lima. El micro era mediano y cuando subimos se escuchaba una chicha muy de moda, la bulla era ensordecedora. Al momento de pagar le pedí al “palanca” muy amablemente que bajara un poco su volumen y él muy cachondo dijo lo que dijo.
Tenia yo cuarenta y dos años y me sentía un muchachón no se me cruzaba por la cabeza estar ya maduro o algo mas que adulto, aun veía lejos esa posibilidad.
Había escuchado la palabra “Tío” en los setentas cuando un chofer que hacia servicio a la empresa donde trabajábamos era llamado así frecuentemente por algunas personas. Él era ya un cincuentón, entonces a mi se me ocurrió llamarlo de la misma forma.
Para sorpresa mía este señor me “choteo” me dijo – mire jovencito no le acepto que usted me diga tío por que no es usted mi sobrino – yo quede algo avergonzado y me dio ganas de decirle  por que el chibolo que nos trae los periódicos todos los días y que no es su familia, si le acepta que le diga tío, pero me quede callado.
Entendí una cosa, a pesar que el señor Gaviria, como se apellidaba este caballero, era un criollazo, el decidía quien o quienes podían decirle este adjetivo y precisamente yo no era uno de ellos.
Volviendo al tema de mi reciente nombramiento de “Tío” me hicieron recordar los dolorosos versos de Vallejo “Ay golpes en la vida tan fuertes yo no sé……....."
Luego solté una carcajada riéndome de la ridícula comparación, de mi propia tragedia, de ese soberano up-grade a Tío que me habían hecho así a capela, sin anestesia.
Así paso el tiempo y de los cuarenta  pasé a los cincuenta y tantos, que me gustaría que fuera así pues sin-cuenta pero imposible, el tiempo, es el tiempo. El termino “Tío” me llegó varias veces y yo también al igual que el señor Gaviria de los años setentas, he practicado esa suerte de “discriminación” de aceptar o no el susodicho adjetivo a cualquier persona.
El lugar donde trabajamos esta lleno de muchos latinos y entre ellos peruanos quienes nos gastamos bromas que solo nosotros entendemos, así llegó uno de ellos quien es algo gordito para su edad y ademas con una calvicie prematura, pero muy bromista y chacotero. Es una costumbre que muchos peruanos mantenemos a pesar de los años vividos en un país de cultura diferente como es los Estados Unidos.
Apareció como siempre saludando, muy locuaz como es su característica soltando una que otra broma, cuando de pronto uno de los muchachos peruanos muy jovencito le descolgó una frase a viva voz desde allá del fondo donde empacaba sus cajas:
…… ¡Hola Tío!
Definitivamente era la primera vez que este cristiano recibía en sus oídos esta frase así soltada por el chiquillo impertinente e irreverente quien sonriente lo seguía mirando.
Entonces observé como su pálido rostro cambiaba de color y en esos diminutos segundos que se quedó paralizado no pudo decir palabra alguna.
Veía yo al toro astado herido por las banderillas de la vida lanzada por un atrevido banderillero y que luchaba por no recibir la estocada final; también veía a un Héctor herido por Aquiles quien ya se preparaba para el golpe de muerte.
De pronto soltó una frase salida desde muy dentro un grito hepático que sonó así…
¡…..Calla Pirañita!
Todos nos quedamos callados esperando hasta donde llegaría la escena final de este inesperado acto de la vida.
Para sorpresa de la audiencia el asunto quedó allí y seguimos conversando de otras cosas. Al cabo de unos minutos nuestro protagonista se estaba despidiendo con su conocida amabilidad luego de terminada su cháchara con nosotros. De pronto cuando ya estaba cerrando la puerta se escuchó otra vez la voz del irreverente muchacho quien nuevamente muy suelto de huesos le gritó……… ¡Chau Tío,…….Tío y picón!

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