LA TIA BERSA


Fotografía de Pedro M. Martínez - Revista Almiar
Por: Néstor Rubén Taype

Once y media de la noche, la casa de la tía Betsabé más la llamamos Bersa, así le decía papá. Está sentada escuchando lo que conversamos con el primo Nicasio, con el primo Jorge, con la prima Rosa, ella siempre callada como mi padre. A veces hace un gesto como aceptando el comentario luego prosigue con su tristeza andina.
Siempre iba a casa desde que tengo uso de razón, siempre a ver a papá todos decíamos que venía sólo por propina. Conversaban mucho se reían pero nadie entendía nada, ni siquiera mamá; hablan diferente quechua que nosotros los ancashinos - decía mi madre. Muy tarde supimos del verdadero amor a su hermano nos siguió visitando después que murió papá, recién entendíamos su tremendo silencio, su prolongadísima mudez, siempre callando.
Ahora estábamos allí visitándola en su modesta casa de Ciudad de Dios rodeada de sus hijos, no de todos, son nueve los que tiene y hay algunos ausentes.

¡Ya pues tía salud! - le digo,
- Salud sobrino - me dice.
- Salud tía, pero una sonrisita pues tía - ella hace una mueca.
- Todavía hay dolor hijo todavía me duele el corazón.
Su acento serrano que de pequeño me incomodaba, ahora me fascinaba, el acento de la tierra, de la sierra, las erres nada perdió la tía Bersa.
– Mamá - le dice uno de mis primos:
- Un salucito mamita tienes que estar caliente, con los huesos sueltos mamá ya viene, ya viene.
- Anda viejita un salucito más, todo, todo, así, así ¡Bravo Bravo! – Celebramos al unísono.
Ya son cerca de las doce tocan la puerta.
-Ya está aquí, ya mamá prepárate – dice uno de los primos.
Abre la puerta y aparece un señor bajito, cobrizo.
- Adelante paisano asiento, usted aquí y el arpa puede dejarlo allá - Hacen un brindis. -Hay que calentarse las manos paisano - dice mi primo otra vez.
El músico toma el arpa, se acomoda, toca las cuerdas varias veces.
-Vamos a tener que afinarla un poquito pues – dice el arpista
Mi tía espera tranquila como sabiendo cual es el ritual, ella sabe, ella espera.
- Ven mamá, llamen a Rosa que deje de cocinar – dice el primo Nicasio.
Rosa viene se para junto a mi tía, el arpista las mira y comienza a rasgar el arpa que me suena como a un yaraví, un triste, no es nada de eso, ellas comienzan a cantar en quechua, en esa lengua milenaria desconocida para mí. Entonces recuerdo la melodía, es una suerte de lamento, ciertamente muy triste. Vi una vez llorar a mi padre, cuando por casualidad vimos en televisión un especial filmado por cineastas alemanes sobre Casire, la tierra de papá. Casire, pueblito dentro de Pausa, provincia de Paucar del Sara-Sara, departamento de Ayacucho. El video mostraba las costumbres del lugar y una de ellas era la despedida a jóvenes que partían a la capital. Eran despedidos por sus esposas, madres y hermanas que sumidas en ese canto de llanto y dolor, o dolor de llanto, les decían adiós a sus seres queridos, el adiós a la tierra, a la pachamama, a la Virgen de las Nieves, patrona del pueblo. Entonces recordé a papá y me contagié de esa pena, de esa nostalgia que él sintió aquel día que partió a los diecisiete años de su tierra y a la que nunca más regresó. La canción era una remembranza para no olvidar el día que salieron de su pueblo. La tía se sentó esperando que el ritual siguiera. El arpista comenzó a bordonear y sonaba un festivo huayno, mi primo se acercó a la tía, ella se puso de pie, siempre seria y comenzó a bailar, ora suave, ora más rápido. Mi tía baila lindo igual que mis primos, todos ellos pasaron a bailar con la tía, ella no sonreía pero yo sabía que estaba alegre. Luego me tocó bailar e hice esfuerzos por hacerlo bien, recién la tía sonrió.
Me detuve, la abracé y los dos reímos  - ya aprenderás hijitu - me dijo.

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